6. El hacha en la raíz
1. La máxima autoridad religiosa de Israel era el sumo sacerdote. Desde el Templo de Jerusalén, controlaba todo el sistema teocrático que vinculaba estrechamente a la religión con la política. Del sumo sacerdote dependía el personal del templo, formado fundamentalmente por los sacerdotes y los levitas. Si en algún momento histórico los sumos sacerdotes representaron los sentimientos religiosos del pueblo de Israel, en tiempos de Jesús esta institución estaba totalmente corrompida. El sumo sacerdote no era más que un colaborador del imperio romano y el máximo representante de un sistema religioso basado en rigurosas leyes y prohibiciones, obteniendo por esto grandes beneficios económicos. A los pocos años de nacer Jesús, era sumo sacerdote Anás. En el cargo le sucedieron sus cinco hijos y, finalmente, su yerno José Caifás.
2. Un profeta no es un adivinador del futuro. Es un cuestionador del presente. El profeta nace fuera de la institución o, precisamente por serlo, va quedando cada vez más al margen de ella. La institución representa la ley, la norma, la seguridad, el poder. El profeta representa el riesgo, la audacia, la libertad, la imaginación. Para cualquier institución, religiosa, política, social o cultural, siempre resultan peligrosos los profetas. En todos los tiempos y en todas las culturas existe el conflicto institución-profetismo.
3. La palabra fariseo quiere decir “separado”. Los fariseos no eran sacerdotes. Formaban un movimiento laico dirigido por los letrados y los escribas. Su práctica religiosa estaba centrada obsesivamente en el estricto cumplimiento de la Ley y, por esto, despreciaban al pueblo, que no compartía ni entendía su rigor legalista, y se separaban de él.
4. La cólera de Dios es un tema bíblico del que hablaron la mayoría de los profetas. No se trata de una ira caprichosa ni arbitraria, ni tampoco de una forma de venganza pasional que Dios toma contra los que le ofenden “personalmente”. Cuando los profetas hablan de la cólera de Dios se refieren especialmente al día en que Dios agote su paciencia frente a los opresores e intervenga de una vez, con todo su poder, en favor de los oprimidos. Tampoco debe entenderse que el Dios del Antiguo Testamento sea un Dios vengativo y colérico superado por el Dios de Jesús, sólo amor y misericordia. Los textos del Nuevo Testamento, tanto en los evangelios como en otros libros, recogen el tema de la cólera de Dios (Romanos 2, 5-8; Apocalipsis 6, 12-17), del mismo modo que los antiguos profetas hablaron también de la ternura ilimitada de Dios (Éxodo 34, 6-7; Isaías 49, 13-16).
Mateo 3,7-12; Lucas 3,7-20; Juan 1,19-28.
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