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Un tal Jesús

26. En casa del publicano

1. El publicano o recaudador de impuestos, además de ser aborrecido por el pueblo, era un ciudadano proscrito civilmente. Su testimonio no tenía ningún valor jurídico y de alguna forma se le equiparaba al esclavo, por la inferioridad en la que se encontraba ante el resto de sus compatriotas. Como “pecador”, se le rechazaba moralmente y esto llegaba al extremo de que el dinero proveniente de las cajas del cobro de impuestos no podía aceptarse como limosna para los pobres por considerarlo dinero injusto. El desprecio popular se extendía también a la familia de los publicanos.

2. Entre los orientales, comer con una persona en la misma mesa es muestra de respeto, de fraternidad y de perdón. Compartir la mesa era compartir la vida. Que Jesús no sólo se relacionara con publicanos, sino que compartiera con ellos la mesa resultó un gran escándalo. Al escándalo moral se unía el escándalo político por ser los publicanos colaboradores de Roma. Las comidas de Jesús con “publicanos y pecadores” tuvieron también significación teológica. En los evangelios son presentadas como una anticipación del banquete final del mundo, en el que Dios sentará a su mesa en los primeros puestos a los que los “buenos” rechazaron como los últimos.

3. Separarse de los pecadores era el máximo deber de un hombre que quisiera agradar a Dios. La religión que practicaban los piadosos en tiempo de Jesús sostenía que Dios rechazaba al pecador y sólo lo acogía si se arrepentía y cambiaba de conducta. Sólo entonces, el pecador era objeto del amor de Dios: cuando se transformaba en justo. Jesús revolucionó esta arraigada idea religiosa proclamando, con palabras y acciones que para Dios no cuenta la moral, que Dios demuestra un amor especial a los considerados inmorales. Esta idea era escandalosa, representaba la disolución de toda “moral”. Hasta el final de su vida Jesús fue acusado por las personas decentes de una conducta inmoral, porque “bebía y comía con publicanos y pecadores”.

Mateo 9,10-13; Marcos 2,15-17; Lucas 5,28-32.

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Agosto 2006