36. Tan pequeño como mingo
1. En el ambiente en que vivió Jesús, los niños valían muy poco y las niñas aún menos. De las niñas se decía que eran “un tesoro ilusorio”. Los hijos se consideraban como una bendición de Dios, pero su importancia no era real hasta que no llegaban a la mayoría de edad. Desde el punto de vista de las leyes y de las obligaciones y derechos religiosos, el poco valor de los pequeños se describía incluyendo a los niños en esta fórmula, habitual en los escritos de la época: “sordomudos, idiotas y menores de edad”. También aparecían citados junto a los ancianos, enfermos, esclavos, mujeres, tullidos, homosexuales y ciegos. Al igual que Jesús tuvo una actitud auténticamente revolucionaria con las mujeres, su actitud con los niños resultó sorprendente en su sociedad y en su tiempo. Los hizo destinatarios privilegiados del Reino de Dios en cuanto niños, dando a entender que los pequeños están más cerca de Dios que los adultos. Para él tuvieron valor no por lo que iban a ser de mayores, sino por lo que ya eran. La actitud de Jesús no tiene precedente en las tradiciones de sus antepasados.
2. Cuando Jesús habló a los adultos y les dijo que para entrar en el Reino de Dios tenían que hacerse como niños, no se estaba refiriendo a recobrar la pureza de los niños, entendiendo la pureza como castidad. La idea de que el niño es más puro que el adulto era ajena al pensamiento israelita. Jesús se refería a la actitud de confianza que se debe tener ante Dios, que es Padre.
Mateo 19,13-15; Marcos 10,13-16; Lucas 18,15-17.
Mateo 18,1-5; Marcos 9,33-37; Lucas 9,46-48.
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