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Un tal Jesús

44. La vendedora de higos

1. El evangelio relata el caso de una mujer curada por Jesús a la que llama “hemorroísa”. Los males de esta mujer eran la menorragia: una menstruación irregular, que le hacía padecer un continuo flujo de sangre. Aparte de las incomodidades y debilitamiento que produce una dolencia así, esta mujer era permanentemente “impura”, ya que durante los días de su menstruación cualquier mujer era considerada impura (Levítico 15, 19-30). El caso de esta mujer era de extrema marginación social: por ser mujer, por su enfermedad, por su esterilidad y por su soledad.

2. En las leyes civiles y religiosas y en las costumbres de Israel, la mujer era considerada como un ser inferior al hombre. Las leyes civiles la asimilaban al esclavo y al niño menor de edad ya que, como ellos, debía tener a un varón como dueño. Su testimonio no era válido en un juicio, pues se la consideraba mentirosa. En el plano religioso también estaba marginada. No podía leer las Escrituras en la sinagoga, no bendecía la mesa. El mismo lenguaje era discriminador: las palabras hebreas “piadoso”, “justo” y “santo” no tienen femenino. Se suponía que una mujer nunca podía ser lo que estas palabras indican. Existía una oración que se recomendaba rezar todos los días a los varones: “Alabado sea Dios por no haberme hecho mujer”. La exclusión de la mujer de la vida social era mucho mayor entre las clases altas y en las ciudades grandes, que en el campo y pue¬blos pequeños. La escasa importancia que se daba a la mujer se le concedía exclusivamente por su habilidad en los oficios de la casa. Se la apreciaba fundamentalmente por su fecundidad. Una mujer incapaz de tener hijos apenas valía nada. En este contexto, se apreciaba más dar a luz un varón que una niña. El nacimiento de una niña producía en ocasiones indiferencia o tristeza: “Desdichado aquel cuyos hijos son niñas”, afirmaba un dicho popular.

3. En la balanza de Dios no existe diferencia de sexos. Hombre y mujer valen lo mismo. El evangelio es feminista al reivindicar la igualdad fundamental de la mujer respecto al hombre y la igual dignidad de ambos ante Dios (Gálatas 3, 28). Este fue uno de los aspectos más revolucionarios del mensaje de Jesús. Sólo teniendo en cuenta el arraigado machismo de la sociedad de su tiempo se logra dimensionar la sorpresa que tuvo que causar la actitud de Jesús hacia las mujeres.

Mateo 9,18-26; Marcos 5,21-43; Lucas 8,40-56.

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Agosto 2006