46. El ayuno que Dios quiere
1. En Israel, la penitencia de ayunar aparece como una forma de humillación del hombre ante Dios. Se practicaba para dar más eficacia a la oración, en momentos de peligro o de prueba. Había días de ayuno, en los que la ley religiosa determinaba que todo el pueblo debía abstenerse de comer, en recuerdo de grandes calamidades nacionales o para pedir la ayuda divina. También se podía ayunar por devoción personal. En tiempos de Jesús, se había ido dando cada vez una mayor importancia a esta práctica. Los fariseos tenían costumbre de ayunar dos veces por semana, los lunes y los jueves. Juan el Bautista, por sus orígenes esenios, inculcaría seguramente en sus discípulos la necesidad del ayuno.
El ayuno, como otras devociones religiosas, fue criticado duramente por los profetas de Israel. Había llegado a convertirse en una especie de chantaje espiritual por el que los hombres injustos pensaban ganarse el favor de Dios, olvidando lo esencial de la actitud religiosa: la justicia. Con el culto, con incienso y oraciones, con duras penitencias, buscaban hacer méritos ante Dios y así salvarse. Los profetas clamaron contra esta caricatura de Dios y de la religión y dejaron bien claro cuál era “el ayuno que Dios quiere”: liberar a los oprimidos, compartir el pan, abrir las puertas de las cárceles (Isaías 58, 1-12). Jesús consagró definitivamente el mensaje de los profetas. En la primera comunidad cristiana se aceptó la práctica del ayuno como una preparación para la elección de los dirigentes de la Iglesia (Hechos 13, 2-3), pero en ninguna de las cartas de los apóstoles se menciona el ayuno.
2. Jesús fue un hombre alegre, a quien los que ayunaban acusaron de borracho y de glotón (Mateo 7, 33-34). Y comparó varias veces el Reino de Dios con un banquete, con una boda, con una fiesta. Ninguna de las prácticas tradicionales de penitencia de algunos grupos cristianos tiene sus raíces en Jesús de Nazaret.
Mateo 9, 14-17; Marcos 2,18-22 y 4,26-29; Lucas 5,33-39.
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