54. La cabeza del profeta
1. En la época de los reyes, unos mil años antes de Jesús, surgió en Israel la cárcel como institución. En general, servían como calabozos dependencias que estaban dentro de los mismos palacios de los reyes o jefes de la ciudad. En tiempos de Jesús se podían hacer visitas a los presos. Éstos estaban generalmente encadenados y como castigo se les aplicaba, entre otras medidas, el cepo en los pies. Juan el Bautista sufrió la cárcel durante algunos meses en las mazmorras del palacio que Herodes tenía en Maqueronte, cerca del Mar Muerto.
2. Herodes el Grande, padre de Herodes Antipas, no tenía sangre judía. Era hijo de un idumeo y de una mujer descendiente de un jeque árabe. Las costumbres de su corte estaban influenciadas, más que por la estricta moral judía, por costumbres extranjeras y helenísticas. Herodes el Grande se casó diez veces y llegó a tener nueve esposas a la vez. Celebraba orgías donde el lujo de los vestidos y el derroche en las comidas eran famosos en los países vecinos. Era aficionado a luchas de fieras, teatro y juegos de gimnasia. La corte de su hijo Herodes Antipas, el rey de Galilea en tiempos de Jesús, cultivó también este estilo de vida. En Maqueronte, fortaleza y palacio a la vez, se celebraban a menudo grandes francachelas. El cumpleaños de Herodes era ocasión anual para ellas.
3. Herodes Antipas fue un hombre políticamente corrupto. Sus costumbres personales no fueron tampoco ejemplares. Por ambición de poder se casó con una hija de Aretas IV, rey árabe. Después, en un viaje que hizo a Roma, se hizo amante de Herodías, casada con Filipo, uno de sus hermanastros, y repudió a la hija de Aretas. Esto provocó una guerra entre el rey árabe y el rey galileo, en la que parece que Antipas resultó vencedor. Desde entonces, Herodes vivió con Herodías, que se trajo con ella a su hija Salomé. La oposición que Juan manifestó ante la unión adúltera de Herodes y la denuncia que hizo siempre de los crímenes y abusos del rey, le enemistaron con esta mujer, que fue la que en último término decidió la muerte del gran profeta del Jordán.
4. La más antigua tradición cristiana abre espacio a la desobediencia civil cuando se trata de elegir entre la ley de Dios y una ley injusta (Hechos 5, 27-29). Hasta nuestros días ha llegado este clamor profético de rebelión en las últimas palabras que pronunció en su catedral el arzobispo mártir de San Salvador, Oscar Romero: “Ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: ¡No matar! Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios”.
Mateo 14,3-12; Marcos 6,17-29.
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