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Un tal Jesús

66. Con el poder de Belcebú

1. En tiempos de Jesús, todas las enfermedades ante las que la gente se sentía especialmente impotente incrementaban las creencias en el poder de los demonios. Para enfrentarse a estos malos espíritus se hacían exorcismos, con oraciones, gestos o invocaciones, tratando de conjurar al diablo y hacerle salir del cuerpo del enfermo. Como se creía que se estaba luchando directamente con el maligno, a menudo se usaban métodos de gran crueldad.

2. Los sordomudos debieron ser abundantes en Israel, ya que el libro del Levítico da una ley especial acerca de estos enfermos. Contra ellos era prohibido lanzar una maldición: como no oían, quedarían sin defensa ante a ella (Levítico 19, 14). Como con otras muchas enfermedades, se atribuía ésta al demonio y a espíritus malignos. Y se creía que en los tiempos mesiánicos las orejas cerradas se abrirían y las lenguas mudas se desatarían (Isaías 32, 1-4).

3. Los evangelios hablan de Satanás (el Adversario), uno de los nombres del diablo, al que también se llama Luzbel o Belcebú. Pero lo hacen cuando tienen que dar cuenta de hechos negativos no queridos por Dios y para los que no encuentran explicación.

4. Los evangelios insistieron, usando un lenguaje simbólico, en que Jesús tenía todo poder sobre el diablo. En muchas tradiciones religiosas existe la idea de que hay dos grandes divinidades: una buena -Dios- y otra mala -el Diablo-, con poderes parecidos, aunque con intenciones opuestas. Jesús, sin embargo, habló de un único Dios que es Padre y ama a los seres humanos. Y precisamente por la libertad que mostró ante la creencia en el ilimitado poder del diablo, los sacerdotes lo acusaron de estar endemoniado.

La fe en el demonio ha sido nefasta. Ha sembrado el terror, ha hecho creer que los seres humanos son como un juguete que se disputan entre sí ángeles buenos y malos, hasta que gana el más fuerte. Horribles frutos de la fe en el diablo fueron las persecuciones contra endemoniados y brujas organizadas por la Inquisición. Desde el siglo XI hasta el XVI se extendieron como la peste por toda Europa, causando millones de víctimas. La mayoría eran pobres mujeres campesinas que por ser o muy feas o muy bonitas, muy alegres o muy silenciosas, eran acusadas de estar poseídas por el demonio, despojadas de sus bienes, torturadas y quemadas. La caza de brujas es uno de los capítulos más tenebrosos de la historia del cristianismo.

Mateo 12,22-29; Marcos 3,20-26; Lucas 11,14-23.

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Agosto 2006