67. El bastón del Mesías
1. La ciudad de Cesarea de Filipo fue fundada por Filipo, hijo de Herodes el Grande y hermanastro del rey Herodes Antipas, unos tres años antes de nacer Jesús. Filipo heredó las dotes de constructor de su padre. A la ciudad le puso por nombre Cesarea en honor de César Augusto, el emperador que entonces gobernaba en Roma. La ciudad estaba situada muy al norte, en la frontera con Siria. En Cesarea nace el río Jordán, que desde allí baja y atraviesa toda la tierra de Israel. Cesarea de Filipo se llama actualmente Banias.
2. Los recabitas eran un grupo de israelitas que, desde hacía siglos y por fidelidad a sus principios religiosos, vivían como pastores, rechazando la vida de agricultores sedentarios. No tomaban vino, eran muy celosos de sus tradiciones y sólo entraban en las ciudades de paso y en momentos muy especiales. Representaban la oposición a la civilización urbana y el recuerdo de la vieja tradición religiosa del desierto, cuando Israel era un pueblo errante (Jeremías 35, 1-19).
3. Los evangelios sitúan en Cesarea de Filipo la aceptación por Jesús de su misión de Mesías. Hasta ese momento, Jesús, impulsado por el ejemplo de Juan el Bautista y apoyado por sus discípulos, se había presentado ante sus compatriotas como un profeta. Como profeta hablaba y actuaba, sintiéndose heredero de la tradición de Israel. En Cesarea, Jesús dio un nuevo paso. La libertad con la que interpretaba la Ley y con la que se presentaba como emisario del Reino de Dios que iba a cambiar la historia, le acercaron cada vez más a la conciencia de ser el Mesías. Como es imposible determinar un lugar y un momento concreto para ese salto en la evolución de su conciencia, los evangelistas lo situaron en el relato de Cesarea.
4. Cuando Jesús habla de la cruz, de su futura pasión, de su muerte, no se trata de una “profecía” en el sentido más limitado de esta palabra, como si Jesús fuera un adivinador de su propio futuro. Si así se entendiera, el final dramático que tuvo su vida, no sería un hecho histórico. Todo habría estado predeterminado desde fuera y sabido desde un principio. Lo que estas palabras de Jesús indicaron fue que, a partir de un cierto momento de su actividad pública, él empezó a contar con la posibilidad de una muerte violenta. Había violado la ley del sábado -quicio del sistema- y esto era suficiente motivo para ser condenado a muerte. Había sido acusado por los sacerdotes de estar endemoniado, y esto también estaba penado con la muerte. Se había enfrentado a las autoridades, a los terratenientes. Se había relacionado con gente despreciada en la sociedad y les había abierto los ojos sobre su condición de marginados. Se había juntado con quienes eran considerados como subversivos, los zelotes. Estaba poniendo en pie un movimiento popu¬lar. Los jefes religiosos y las autoridades políticas lo consideraron, con creciente preocupación, como un elemento peligroso. Por todo esto, Jesús podía imaginar, casi con certeza, que le matarían, como habían matado a los profetas.
Mateo 16,13-24; Marcos 8,27-33; Lucas 9,18-22.
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