70. Con las lámparas encendidas
1. En Israel las bodas eran fiestas de gran alegría. Duraban ordinariamente siete días y aunque las costumbres variaban en muchos detalles de región a región, había siempre un momento culminante, el encuentro de los novios. En la tarde del primer día de la fiesta llevaban a la novia a la casa de los padres del novio, donde generalmente se celebraba el banquete y donde se preparaba el cuarto a los nuevos esposos. El novio salía al encuentro de la novia con un turbante especial que le había confeccionado su madre: la «corona». Le acompañaban sus amigos y era costumbre que un grupo de mu¬chachas saliera a su encuentro con cánticos y antorchas, para reunirse después todos en la casa donde se celebraría la fiesta. La novia aparecía ante su futuro esposo con el pelo suelto, cubierta con velos y muy adornada. A la mañana siguiente, vestida de blanco y enjoyada, ocupaba el lugar de honor, pero con el rostro aún velado. A los pies de la pareja se arrojaban semillas y se esparcían perfumes. Los novios salían de la fiesta para consumar el matrimonio. Después regresaban a la fiesta, y sólo entonces la novia aparecía sin velo ante los invitados. Era costumbre que hombres y mujeres bailaran y comieran separados.
2. La llamada «parábola de las diez vírgenes» sólo la recoge el evangelio de Mateo. Con ella, el evangelista quiso hacer una catequesis sobre la vigilancia. Corrían tiempos difíciles y a la hora final nadie debía sentirse seguro, todos debían tener aceite de repuesto, estar preparados y no dormirse. En el texto de Mateo, la parábola termina dramáticamente con la puerta cerrada, para marcar la seriedad del tema. Pero el Dios del que habló Jesús es un Dios alegre, que prepara un banquete de bodas para el fin de los tiempos, que abre las puertas y comprende las debilidades humanas, un Dios “más grande que nuestro corazón” (1 Juan 3, 20).
Mateo 25,1-13
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