73. La muerte del viejo avaro
1. La figura del gran propietario, del terrateniente que acumula sin cesar riquezas, que tiene amplios graneros y vive de sus rentas sin trabajar, era muy común en tiempos de Jesús, especialmente en la región galilea. En la fosa superior del Jordán, en las orillas del lago y en gran parte de las montañas de Galilea, las tierras cultivables eran en estos tiempos extensos latifundios. La dominación romana trajo para Israel, entre otras cosas, una transformación radical en la tenencia de la tierra. Hasta entonces, existía ésta en dos formas: el latifundio -que estaba en expansión- y la propiedad comunal, compuesta por lotes y trabajada en cooperativas o familiarmente. Pero el cobro de impuestos ordenado por los romanos contribuyó al progresivo empobrecimiento y endeudamiento de los campesinos, lo que obligó a muchos a la venta forzosa de sus tierras y aceleró aún más el proceso de concentración de la tierra en latifundios. Estos terminaron por imponerse, entre otras cosas porque eran mucho más rentables.
2. Es posible que los lectores recuerden, al leer este episodio, una escena semejante de la película “Zorba el griego”, de Michel Cacooyanis, basada en la novela del genial Nikos Kazantzakis. No es una casualidad ni un plagio. Quiere ser el homenaje modestísimo de los autores a quien tanto les inspiró mientras escribían los muchos capítulos de este relato. A Nikos, griego universal, apasionado cristiano, compañero durante meses desde sus inolvidables páginas sobre Jesús de Nazaret, nuestra gratitud, seguros de que él lee la historia del Moreno con sonrisa cómplice. ¡Fgaristó, Nikos!
Lucas 12,13-21
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