INICIO POR QUE PANAMA PROFUNDO BOLETIN IMÁGENES PUBLICA LO TUYO
SUSCRIPCION
 
CONTACTO
Un tal Jesús

78. Un samaritano sin fe

1. Jerusalén, como capital del país, era el centro del comercio. A pesar de esto, las comunicaciones con otras ciudades no eran nada buenas. De Jericó estaba separada por 27 kilómetros de ca¬mino de bajada, a lo largo del desierto de Judea. La ruta de Jerusalén a Jericó era muy usada por los galileos, que la empleaban cuando querían evitar el paso por tierras de Samaria. En este camino, y en todas las peladas montañas de Judea, había muchas cuevas y escondrijos, lugares propicios para la actividad de los salteadores. El bandolerismo era en tiempos de Jesús muy frecuente. Las autoridades trataban de controlarlo, pero no era fácil. A veces, los romanos se vengaban de los ataques de los ladrones a sus caravanas, saqueando las aldeas vecinas. En Jerusalén existía un tribunal especial para juzgar los casos de pillaje y para organizar medidas policiales contra los asaltantes de caminos. Actual¬mente, el camino que va de Jerusalén a Jericó es, como era entonces, impresionante por su desnudez. Está flanqueado por montañas grises y áridas. En uno de los recodos de la ruta, una pequeña capilla, llamada del Buen Samaritano, recuerda la parábola de Jesús.

2. Los sacerdotes debían acudir por turnos al Templo de Jerusalén para ofrecer allí el sacrificio, que consistía en sangre de animales, incienso y oraciones. La clase sacerdotal era una casta podero¬sa, con muchos privilegios, dinero y prestigio social.

3. Por debajo de los sacerdotes en el servicio del Templo de Jerusalén se encontraban los levitas. No eran sacerdotes ni podían ofrecer sacrificios, ya que, como a los laicos, se les prohibía acercarse al altar. Se encargaban de la música del Templo. Cantaban en el coro y tocaban los ins¬trumentos en los actos de culto. Otros actuaban como sacristanes: ayudaban a los sacerdotes a revestirse para las ceremonias, lleva¬ban los libros santos, limpiaban el Templo. Algunos, con formación en las Escrituras, actuaban como catequistas. Otros trabaja¬ban como policías del Templo. En tiempos de Jesús había unos 10 mil levitas. Para sacerdotes y levitas, el Templo, su servicio, su esplendor, era el valor primero, la principal obligación religiosa. Las leyes de la pureza ritual les prohibían acer¬carse a los cadáveres.

4. Al emplear a un samaritano como tercer personaje de la parábola “del buen samaritano”, Jesús sorprendió a todos e irritó al teólogo que le había preguntado. Los samaritanos eran muy mal vistos por los judíos, que sentían por ellos un profundo desprecio, mezcla de nacio¬nalismo y de racismo. Llamar a alguien samaritano era un grave insulto. Para colmo, el samaritano del que habló Jesús no era un hombre religioso, sino un ateo.

5. La palabra original que empleó Jesús en la parábola del buen samaritano no es «prójimo» sino «plesión» (en griego), equivalente a «rea» (en arameo) y a nuestra palabra «compañero». En tiempos de Jesús se entendía que para agradar a Dios era necesario hacer bien a los demás, pero estaba en discusión quiénes eran los «compañeros» que debían ser objeto de esta caridad. Los fariseos excluían de su amor a los no fariseos, a la chusma. Los esenios sacaban fuera a «los hijos de las tinieblas», que eran los pecadores. Muchos israelitas excluían a los extranjeros. Otros, a sus propios enemigos personales. El «compa¬ñero» -dice Jesús en su parábola- es cualquier hombre o mujer que se encuentre en necesidad. Al final de la parábola se descubre quién fue realmente «prójimo» del herido en el camino: quien se aproximó a él. Aproximándose, lo convirtió en su “próximo”, en su prójimo. Jesús enseñó que prójimo no es sólo aquel que uno encuentra en su camino, sino aquel en cuyo camino uno se pone.

Lucas 10,25-37

www.untaljesus.net/



RECOMENDAR
Agosto 2006