79. El ciego de nacimiento
1. Los maestros de la Ley , escribas o doctores, ejercían una fuerte influencia en el pueblo. Esto hacía que se consideraran superiores. Por ser los «expertos» en religión, los que «sabían», se sentían inmunizados, a salvo del pecado. La superioridad con la que se presentaban al pueblo era intelectual y moral. Mucha gente los respetaba y seguía sus instrucciones, les consultaba y se dejaba enseñar por ellos. Difícilmente los maestros de la ley, que se habían hecho con el monopolio de Dios y de la religión, iban a renunciar a este privilegio que les proporcionaba tantas ventajas. De ahí su oposición sistemática a Jesús, laico sin especial formación teológica, que hablaba de temas reli¬giosos con toda libertad y con una orientación contraria a la establecida por la religión oficial.
2. En tiempos de Jesús se creía que toda desgracia era consecuencia de un pecado cometido por quien la padecía y que Dios castigaba en proporción exacta a la gravedad de la falta. Pero también Dios podía castigar “por amor”, para poner a prueba a los seres humanos. Si aceptaban estos castigos con fe, el mal se convertía en una bendición que ayudaba a tener un más profundo conocimiento de la Ley y que facilitaba el perdón de los pecados. Pero era creencia que ningún castigo que viniera como prueba de Dios podía impedirle al ser humano el estudio de la Ley. Por eso, la ceguera no podía ser nunca prueba de amor, sino una maldición. Algunos rabinos opinaban que un niño podía ya pecar en el vientre de su madre, pero lo más frecuente era pensar que los defectos corporales de nacimiento se debían a los pecados de los padres, a pesar de que los profetas habían insistido en la responsabilidad individual de cada persona ante Dios (Ezequiel 18, 1-32).
3. En Israel se pensaba que la saliva transmitía la propia fuerza, la energía vital y, por esto, se usaba para curar ciertas enfermedades. Era creencia tradicional que la saliva del hijo primogénito curaba las enfermedades de los ojos. Cuando Jesús untó los ojos del ciego de nacimiento con lodo hecho con tierra y su propia saliva estaba reproduciendo la escena del Génesis, cuando Dios creó al hombre del barro, y estaba haciendo un signo de la creación del hombre nuevo.
4. La piscina de Siloé estaba situada fuera de las murallas de Jerusalén. Siloé significa «enviada», nombre que hace referencia a la procedencia del agua que se acumulaba en el estanque. El agua llegaba a Siloé desde el manantial del Guijón, situado al oriente de la ciudad. La fuente del Guijón era el único manantial de aguas de Jerusalén que manaba ininterrumpidamente, en cualquier época del año. De ahí el interés de las autoridades en repre¬sar esta agua para abastecer a la ciudad en tiempos de sequía y, sobre todo, en tiempos de guerra. Por eso, 700 años antes de Jesús, el rey Ezequías hizo construir un túnel desde las fuentes del Guijón hasta el estanque de Siloé, que en aquel tiempo se hallaba dentro de las murallas. Este túnel, excavado en la roca viva, tiene medio kilómetro de largo, medio metro de ancho y una altura que oscila entre uno y medio y cuatro y medio me¬tros. Es una obra de ingeniería admirable que aún hoy se puede recorrer.
Juan 9,1-41
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