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Un tal Jesús

81. Junto al pozo de Jacob

1. Samaria es la región central de Palestina. En tiempos de Jesús sus colinas estaban cubiertas de viñedos y olivares. Para regresar de Jerusalén a Galilea era frecuente ir por el camino de las montañas atravesando Samaria. Unos 700 años antes de Jesús los sirios habían invadido esta zona del país. Deportaron a los israelitas que allí vivían y poblaron la región de colonos. Con el paso del tiempo, los colonos asirios se cruzaron con los restos de población autóctona que habían quedado en Samaria. El resultado fueron los samaritanos: una raza de mestizos, un pueblo con una amalgama de creencias religiosas. El desprecio que sentían los israelitas, tanto los galileos del norte como los judíos del sur, por los samaritanos, era una mezcla de nacionalismo y racismo.

2. Unos cuatro siglos antes de Jesús la comunidad samaritana se separó definitivamente de la comunidad judía y construyó su propio templo sobre el monte Garizim, rival del Templo de Jerusalén. Con esto se consagró el cisma religioso entre ambos pueblos. A partir de entonces, las tensiones fueron en aumento y en tiempos de Jesús la enemistad era muy profunda. Estaba prohibido expresamente el que judíos y samaritanos se casaran, porque éstos eran impuros en grado extremo. Tampoco podían entrar en el Templo de Jerusalén ni ofrecer sacrificios. Se les llamaba “el pueblo estúpido que habita en Siquem”. Los samaritanos se sentían honrados de descender de los antiguos patriarcas de Israel y, aunque realmente tenían sangre hebrea, el resto de los israelitas terminó considerándolos como paganos y extranjeros.

Los samaritanos guardaban escrupulosamen¬te la Ley mosaica, pero se les tenía como idólatras por rendir culto a Dios en el monte Garizim. El Garizim, la montaña sagrada de los samaritanos fue el lugar donde se pronunciaron las bendiciones sobre el pueblo que entraba en la Tierra Prometida con Josué al frente (Josué 8, 30-35). El templo samaritano allí erigido estaba destrui¬do en tiempos de Jesús, pero la cima del monte siguió siendo lu¬gar de culto y allí subían los samaritanos a rezar y a hacer sus sacrificios.

Los samaritanos de hoy siguen guardando celosamente sus tradiciones, suben por Pascua al Garizim a sacrificar un cordero según su rito, distinto del judío, y conservan en la sinagoga del barrio de Nablus un rollo de la Ley, que dicen fue escrito por un nieto de Aarón, el hermano de Moisés, aunque esto no tiene ningún fundamento histórico.

3. Sicar era una pequeña aldea, entre el Ebal y el Garizim, montes guardianes de la región de Samaria. Allí estaba el terreno que el patriarca Jacob compró, en el que abrió un pozo, y después regaló a su hijo (Génesis 33, 18-20 y 48, 21-22). La Siquem o Sicar de tiempos de Jesús corresponde a la actual Nablus, una de las ciudades más árabes en territorio de Israel. En Nablus está el barrio de los samaritanos, donde viven los descendientes de esta raza rebelde y singular. En la actualidad quedan muy pocos, sólo se casan entre ellos, conservan un dialecto propio, tienen sus escuelas y su literatura. Los jefes de la comunidad samaritana usan turbantes rojos, como señal de su jerarquía.

4. En los terrenos de Sicar, en Samaria, hay un pozo que, después de casi dos mil años, se sigue lla¬mando como en los tiempos de Jesús: pozo de Jacob. Aún hoy es posible, después de cuatro mil años, beber agua fresca de este pozo, que los cristianos llaman Pozo de la Samaritana. Muy cerca del pozo, la tradición árabe conserva un túmulo funerario que venera como la tumba de José, el hijo del patriarca Jacob, heredero de las tierras de Siquem. Los pozos siempre han tenido gran importancia en Palestina, por la escasez de agua. Las fuentes subterráneas, por ser tan poco abundantes, son fácilmen¬te localizables con exactitud aún después de siglos. Para los pastores y nómadas, los pozos –que llegaban a tener hasta 20 metros de profundidad- eran vitales, pues de sus aguas dependía la vida del ganado, su única fuente de riqueza

5. Sólo el evangelio de Juan recoge el diálogo de Jesús con la samaritana en una densa elaboración teológica cargada de símbolos. El elemento sustancial del diálogo se resume en la palabra libertad. Al hablar con la mujer samaritana a solas, Jesús rompió a la vez dos arraigados prejuicios de su tiempo: el de género, que prohibía a todo varón hablar a solas con cualquier mujer, y el nacional-racista, que enemistaba a muerte a israelitas y samaritanos.

Juan 4,1-27

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Agosto 2006