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Un tal Jesús

86. La sangre de los galileos

1. El calendario judío tenía sus meses ordenados según el ciclo lunar. Por eso, el año sólo tenía 354 días y había que estarlo corrigiendo continuamente, pues las estaciones y las lluvias tienen relación con el ciclo solar. Lo expresaba así un dicho de la época de Jesús: “Como el trigo aún no esta maduro, este año tendremos que añadir otro mes”. Por necesitar un calendario más exacto, los agricultores se guiaban por las estrellas para medir las estaciones y planificar la siembra y la cosecha.

2. La fiesta de la Dedicación del Templo caía en diciembre y duraba ocho días. Esta fiesta recordaba la consagración del Templo en los tiempos del rey Salomón y se había renovado en la época de los Macabeos, unos 160 años antes de Jesús. En los tiempos de Jesús, el pueblo de Israel conmemo¬raba en esta fiesta la victoria de los Macabeos, guerrilleros nacio¬nalistas, sobre los griegos seléucidas, invasores del país; la purificación del Templo y la construcción de un nuevo altar después de las profanaciones que había hecho en el lugar santo el cruel rey seléucida, Antíoco Epifanes. Se celebraba también como fiesta de la luz, recordando qe al dedicar el Templo se había vuelto a encender el santo candelabro de los siete brazos. En Jerusalén, para esta fiesta, se encendían de nuevo las antorchas usadas ya en la Fiesta de las Tiendas. Por eso, la Dedicación se llamaba popularmente la fiesta de las Tiendas de Invierno. Las celebraciones tenían un sabor mesiánico, como las de la cosecha. En la actualidad, los judíos encienden solemnemente en estas fiestas la «hanuká», candelabro con ocho luces, una por cada día de la fiesta.

3. Roma dominaba sobre sus colonias a través de funcionarios en¬viados en representación del César a las provincias del imperio. Las provincias romanas eran de tres clases: las senatoriales (gobernadas por procónsules romanos, que se cambiaban anualmente), las imperiales (tenían al frente gobernadores, legados o procuradores, siempre romanos) y otros territorios gobernados por nativos, que servían a los intereses eco¬nómicos y políticos del imperio, que era el caso de la Galilea gobernada por Herodes. Judea, con su capital Jerusalén, fue provincia imperial de forma definitiva desde el año 6 después de Jesús. Tenía al frente a un gobernador, la ocupaban mi¬litarmente tropas romanas y la administración estaba en manos de funcionarios también romanos.

4. Poncio Pilato fue el gobernador romano de Judea desde el año 26 hasta el 36. Los gobernadores romanos mandaban en las provincias imperiales. Podían ocupar el cargo de gobernador senadores con título de legado o no senadores con título de prefectos, que fue el caso de Pilato. Dentro de su provincia, el gobernador podía arrestar, torturar y ejecutar según las leyes romanas, aunque nunca a ciudadanos romanos. Pilato vivía habitualmente en la ciudad costera de Cesarea -residencia oficial de gobernadores- y se trasladaba con sus tropas especiales a Jerusalén para las fiestas, pues éstos eran días más propicios para los disturbios y movilizaciones populares. Los miembros de la clase sacerdotal de Jerusalén, máxi¬mas autoridades religioso-políticas de Israel, estaban en total connivencia con el poder imperial romano representado por Poncio Pilato.

No corresponde a la realidad histórica la imagen que a veces se da de Pilato como un hombre intelectual, de una cierta altura humana, aunque cobarde. Todos los datos de los historiadores de aquel tiempo -Filón, Flavio Josefo y Tácito, tanto judíos como romanos- confirman la crueldad de Pilato, odiado por los israelitas por sus continuas provo¬caciones y situado en tan alto cargo por su estrecha amistad con Sejano, militar favorito del emperador Tiberio y uno de los personajes más influyentes en Roma durante aquellos años.

Conociendo la aversión religiosa que los judíos sentían por las imágenes, Pilato hizo desfilar por las calles de Jerusalén imáge¬nes del César Tiberio y las colocó en el antiguo palacio de Herodes el Grande. La presión del pueblo se las hizo retirar. Tam¬bién profanó Pilato el santuario en varias ocasiones y robó dinero del Tesoro del Templo para sus construcciones. Por ser Galilea el foco principal de las corrientes antiromanas del país, Pilato perseguía con más saña a los galileos, siempre sospechosos de zelotismo.

5. En Palestina hay solamente dos estaciones en el año, verano e invierno. Se expresa también como calor y frío, sementera y siega. El mes de Kisleu corresponde al noveno mes del año, equivalente a mediados de noviembre-mediados de diciembre. Como Jerusalén es una ciudad situada en el desierto, en invierno llega a bajar mucho la temperatura y no es raro que nieve.

6. En la Torre Antonia, situada junto al Templo y comunicada con los lugares más sagrados del santuario por escaleras interiores, estaba el tribunal o pretorio en donde Pilato juzgaba a los acusados de rebeldía contra Roma y sus leyes. Los juicios no tenían nada que ver con los actuales tri¬bunales, por poca justicia que haya en ellos. Las sentencias, que en caso de oposición al imperio siempre podían ser de muerte, dependían únicamente de la voluntad arbitraria del gobernador.

7. Las profanaciones contra la religión de los judíos y la crueldad de Poncio Pilato desencadenaron movilizaciones populares de rechazo y acciones violentas por parte de los zelotes, más organizados para ellas. La dominación romana generó continuos movimientos de resistencia en Israel, la provincia del imperio que más airadamente se rebeló contra el poder romano. El último alzamiento, a finales de los años 60 después de Jesús, terminó con la destrucción de Jerusalén y dio inicio al largo exilio judío, que ha durado hasta nuestros días.

8. Varios textos proféticos y las cartas de Pablo se refieren a la idea del «Mesías colectivo». (Ezequiel 37, 1-14; Isaías 2, 3-5; 9, 2-4; 11,6; 1 Corintios 12, 1-29 y 13-11). Desde el profeta Miqueas (Miqueas 2, 12-13) comienza a abrirse paso en la mentalidad israe¬lita la idea de un mesianismo de los pobres, en el que un «resto» del pueblo de Israel, cau¬tivo en Babilonia, es el portador de las promesas mesiánicas del Reino (Sofonías 3, 11-13). Jesús, fiel a esta tradición, no pretendió nunca el monopolio de la acción mesiánica. Se reconoció en ese mesianismo pobre y no en el mesianismo triunfalista que esperaban otros sectores de la sociedad de su tiempo.

Lucas 13,1-5; Juan 10,22-40.

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Agosto 2006