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Un tal Jesús

88. A la salida de Jericó

1. En medio del desierto de Judea, Jericó aparece como un oasis, verde y fértil. Se le llama también «la ciudad de las palmeras». De estas palmeras se obtenía un vino fuerte y un bálsamo usado como medicina y como perfume. Eran conocidas y famosas las rosas de Jericó (Eclesiástico 24, 14), aunque no se tiene seguridad de que esas rosas sean las flores que hoy se conocen como tales. Algunos creen que eran las adelfas, típicas de los climas cálidos. La fertilidad de Jericó depende de la Fuente de Eliseo. Según la tradición, el profeta Eliseo, discípulo del gran profeta Elías, había purificado y hecho fecundas las aguas de esta fuente, antiguamente salobres (2 Reyes, 2, 14-22).

2. El texto evangélico apenas aporta datos sobre quién fue Bartimeo y sobre el origen de su ceguera, aunque resulta curioso que conserve su nombre, detalle poco frecuente en los relatos de las curaciones hechas por Jesús.

3. La muerte por suicidio es un hecho casi ausente en toda la Biblia. Aparece un solo caso en todo el Antiguo Testamento (2 Samuel 17, 23). Otros casos serían los de guerreros que se dieron muerte antes de caer en manos del enemi¬go, como sucedió con Saúl, primer rey de Israel (1 Samuel 31, 1-6). En el Nuevo Testamento el único caso de suicidio es el de Judas. La escasez de casos de muerte por suicidio puede deberse al gran aprecio a la vida que caracterizaba al pueblo de Israel. Para los israelitas, la vida venía de Dios y a Dios sólo pertenecía. Vivir era el destino del ser hu¬mano y siempre era mejor que la muerte. Israel fue un pueblo amante de la vida y sólo algunos libros del Antiguo Testamento, marcados por un cierto pesimismo, llegaron a afirmar que era mejor la muerte que una vida de enfermedad (Eclesiástico 30, 14-17).

Mateo 10,46-52; Lucas 18,35-43.

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Agosto 2006