90. El milagro de Jonás
1. Los cuatro evangelios nos han transmitido muchas historias de milagros realizados por Jesús, salpicando todos sus relatos con estos hechos, que buscan explicar quién es Jesús y cómo pasó haciendo el bien, curando a todos los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él (Hechos 10, 38). Todos los relatos de milagros no deben ser leídos con los mismos criterios. Si se aplica a ellos una crítica literaria rigurosa, se observa cómo algunos milagros están duplicados (comparar Marcos 10, 46-52 con Mateo 20, 29-34), otros ampliados, otros libremente adornados. Todo esto indica que, aunque hay un núcleo histórico cierto en las curaciones que obró Jesús, no deben interpretarse los evangelios como un catálogo de maravillas realizado por un superman podero¬so. El punto de partida es diferenciar entre la palabra «milagro» y la palabra «signo» o «señal».
El evangelio de Juan, que reduce a siete el número de milagros que habría hecho Jesús, es el que más claramente establece esta diferencia. Juan utiliza siempre al referirse a los hechos milagrosos la palabra griega “semeion”, equivalente a “señal”. Una señal no tiene valor en sí misma. Apunta en una dirección, indica un camino. No es la meta, es el medio para llegar a ella. Según el evanglio de Juan, los “milagros” de Jesús no fueron hechos aislados y maravillosos que él habría obrado movido por la compasión que le inspiraban casos individuales de sufrimiento. Si así fuera, no serían señales de nada, se agotarían en sí mismos. Juan los presenta como signos o señales que deben conducir a la comprensión de la misión de Jesús.
Que Jesús de Nazaret haya curado a un paralítico en el siglo I de nuestra era, ¿qué puede significar hoy? Los evangelios responden a esta pregunta presentando a Jesús como el mensajero del proyecto de Dios: si Jesús puso en pie a un hombre postra¬do, fue una señal de que su mensaje es capaz de echar a andar a los seres humanos, sacándolos de la pasividad. Así, en cada uno de los curados por Jesús los evangelistas dibujaron arquetipos de hombres y de mujeres víctimas de distintas problemáticas.
2. Fe y religión no son lo mismo. La actitud religiosa «religa» al ser humano con Dios y lo hace dependiente de él. Una mentalidad religiosa espera de Dios lo que puede lograr con su propio esfuerzo o con la organización de los esfuerzos de otros y teme de Dios castigos por malas obras o por descuidos en los ritos religiosos. Una mentalidad religiosa “compra” la benevolencia de Dios haciendo méritos ante él con oraciones, sacrificios, votos, promesas, penitencias. Jesús de Nazaret enfrentó esta mentalidad, arraigada en todas las culturas, con una nueva visión de Dios. Jesús propuso una relación con Dios basada en la responsabilidad de la propia vida y en la solidaridad comunitaria. En las actitudes de libertad, madurez, compromiso histórico, equidad entre los seres humanos, superación de miedos religiosos, está la base huma¬na de la que se nutre la actitud de fe, opuesta a la actitud religiosa.
Mateo 11,20-24 y 12,38-42; Marcos 8,11-13; Lucas 10,13-15 y 11,29-32.
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