Panamá: Ciudad de los Calvarios
Reportaje sobre la vida de solicitantes de refugio colombianos en Ciudad de Panamá.
Robert Scarcia
La iglesia de San Antonio de Padua es un edificio de forma arquitectónica oval, con vitrales multicolores que juegan al escondite con las dos gamas de verde del techo y de los muros. La iglesia está encima de una colina, a un par de cuadras de la Transístmica , una de las principales avenidas que vertebran el eje vial de la ciudad de Panamá. Subiendo el collado, rumbo a la iglesia, el camino está marcado por las 14 estaciones del vía crucis, en estilo de azulejo. No es la única vía del calvario que pude atestiguar en la capital de Panamá.
El hombre que me habla lleva 5 años de refugiado. Tiene las piernas hinchadas por los problemas circulatorios y sufre de diabetes. Confiesa tener problemas para caminar. “Desde mi llegada a Panamá tuve que esperar dos años para que me reconocieran el estatus de refugiado, y tres años antes de que me llegara el permiso de trabajo. A mi señora, cuando se fue a preguntar por qué tardaba tanto el permiso de trabajo, le dijeron que tenía, si quería, una solución más rápida: que ‘se buscara marido panameño'… un insulto si más cabe.”
El Servicio Jesuita a Refugiados de Panamá le facilitó una carretilla para vender hot dogs en la calle, pero las autoridades le amenazaron “con un mínimo de 60 días hasta un año de cárcel”, si continuaba buscándose la vida sin papeles. “Ese día, les pedí que por favor, por lo menos, me dejaran vender las 20 hamburguesas que tenía ya preparadas. Pero ni pensarlo… tuve que tirarlas a la basura” cuenta. “Devolví la carretilla al Servicio Jesuita”.
La familia logró sobrevivir entre dolores: “la mujer mía trabajaba de cocinera en casas particulares y yo ‘rebuscaba' (me las arreglaba). Me inventé un trabajo ‘encerrando cuadros', pero tuve que dejarlo, porque implicaba moverse mucho, ir a casa de la gente, y yo tengo este problema en las piernas, la circulación.” Entonces enviaba a sus hijos a cobrar y a llevar los cuadros encerrados, “pero en tres ocasiones a los niños casi les matan con cuchillo, para robarles el dinero que estaban cobrando.”
Mi interlocutor dice que “tenía ocho mini supermercados en Colombia”. Era un empresario, empezaron las extorsiones. “Sé lo que es un secuestrado porque he visto a mi hermano amarrado a un palo como un animal. El secuestrado sufre y la familia también. No es vida.”
“A mi cuñado le mataron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), a mi hermano lo secuestraron” me dice. “Fui yo quien negocié la liberación de mi hermano. Me llamaron por teléfono y me ordenaron salir a la Sierra Nevada de Santa Marta, dándome direcciones: tuve que meterme en un camino de cabras, en el monte, con un ‘carro camper' con doble transmisión, dado el estado del camino. ‘Siga usted y en cualquier parte le salimos'” le habían dicho. Así fue: “a las cuatro horas de ruta salió la guerrilla. Radiaron el comando y pidieron 500 millones de peso, unos 250 mil dólares en aquel entonces. Les ofrecí 2 millones de pesos.
“Me miraron con aire incrédulo y me dijeron que ellos hacían las cosas en serio, que habían invertido 10 millones de pesos en el secuestro”. No hubo acuerdo, ni tampoco al segundo ensayo. “La tercera vez me dijeron que si no había arreglo en 200 millones de pesos ya no iban a contactarme más por seis meses o quizás cinco años... Si a los 10 años no había contacto, añadieron, que ya no respondían de la vida de mi hermano”.
“Pagué. Pero después empezaron a extorsionarme a mí. Escapé a otra ciudad. Me localizaron y me dijeron que ‘venimos por la plata o por la cabeza', les rogué que no me mataran, me dijeron que ‘si se nos pierde otra vez, le matamos, que de nosotros no se burla nadie'. Me fui a la alcaldía para pedir protección. El alcalde me dijo que no podía meter un batallón de soldados en mi casa. Sin embargo, podía hacerme una carta para que yo pudiese salir del país”. Mi interlocutor llegó entonces a Panamá con su esposa y tres hijos menores de 13, 11, y 7 años.
Su calvario no cesó, sino continuó en otra forma. “Me hicieron un atentado, aquí en Panamá. Las FARC, trataron de entrar en mi casa…” El episodio ocurrió en el mes de enero del año pasado “una madrugada, un tipo con gorra tocó al timbre de mi puerta. Lo vi por la ventanilla, en la luz de patio, y me dijo que tenía una encomienda para mí, desde Colombia. Le respondí que la dejara allí, que no era hora para ese tipo de comisiones y que más tarde, durante el día, iba a salir para recogerla. En ese momento, mi mujer, espantada, tuvo el instinto de encender la luz…” Fue un error casi fatal, la luz permitió al hombre de gorra, verle al refugiado en la ventanilla. El ‘tipo' sacó un arma y le disparó…. “Con la ayuda de Dios logré bajar la cabeza a tiempo, y la bala me rozó el cráneo…”
Él tiene miedo por sus hijos, “a uno le pasó un accidente raro en carnavales —agrega— un carro en carrera le golpeó con la puerta, le pasaron las ruedas sobre los pies… parecía una advertencia o hasta a una tentativa de secuestro…” Pidió el reasentamiento a otro país, la ONPAR (Oficina del gobierno de Panamá para los refugiados) y el ACNUR (Alto Comisario de Naciones Unidas para Refugiados): “se pasan mi caso como si fuera una pelota de beisbol. El ACNUR me dijo que me dispararon, pero que a mi no me mataron, quedé sin palabras…”.
Mi nuevo interlocutor hesita en revelarme su apellido, “es que no es muy corriente”, teme que no le entienda. Efectivamente, es un nombre de origen italiana. Tal vez, en otra época cuando América Latina (cosa que a menudo se olvida en Europa) era tierra de acogida y de oportunidades, el ancestro italiano de este colombiano haya buscado asilo o una vida mejor en los valles de la cordillera colombiana. Fue reconocido como refugiado en 2005, pero le dieron el permiso de trabajo sólo en diciembre pasado (2007).
El tiempo que transcurrió entre la llegada del ‘mono' (hombre blanco colombiano), de apellido italiano, su consecuente solicitud de refugio en Panamá, y la llegada del permiso de trabajo, fue suficiente para que él entrara cabizbajo y saliera a duras penas de un infierno.
Este refugiado también cojea, pero por razones distintas de las de mi interlocutor anterior… “Antes de que me llegara el permiso de trabajo, pero cuando ya era refugiado reconocido, trabajaba de mensajero en moto. Un día, en un cruce, un carro… no se paró y me atropelló”. El accidente ocurrió hace dos años, y el ‘mono' estuvo hospitalizado un mes, llevó yeso seis meses, pero “el hueso de la pierna no pegó y me operaron otra vez, a los nueve meses... Me metieron platinas pero el material se aflojó. Una operación mal hecha…” Me enseña las placas de rayos X y se ve un clavo detrás de la piel, que penetra el hueso. La pierna está hinchada de la rodilla hasta la pantorrilla, y casi no puede doblar la pierna. Me explica que después del accidente no pudo trabajar y el ACNUR le pagó el arriendo para 4 meses y le da 40 dólares mensuales de comida. “No tengo seguro porque no trabajo, ni puedo tener pastillas para el dolor”, afirma. Y esta no es la única de las estaciones de su vía crucis.
“Cuando era solicitante de refugio, y todavía no tenía el carnet de refugiado, trabajaba para una agencia de seguridad”. Un día, la agencia le pidió desplazarse, con el arma de la compañía, de un sitio a otro. “Me paró la policía, encontró el arma y me detuvieron. Me pillaron como solicitante de refugio con un arma, y a pesar de estar ejecutando órdenes de la empresa en la que trabajaba, me llevaron al calabozo en el pabellón de extranjeros. Estuve detenido 40 días, hasta que ACNUR puso un abogado de oficio y lograron sacarme de allí…”
En su nativa provincia colombiana era encargado de una finca. “Una noche llegaron los guerrilleros y me informaron que iban a pasar la noche allí. Al día siguiente llegaron los paramilitares. Querían matarme porque había permitido que la guerrilla descansara en la finca. Mi esposa y mi hijo se arrodillaron delante de ellos, pero yo no me arrodillé…” Todo lo contrario, el hombre tuvo el coraje de preguntar a los paramilitares “por qué vinieron sólo después de que los guerrilleros se habían ido…” Los paramilitares le dieron nueve días para que desapareciera. La finca “colindaba con la propiedad de un personaje político ahora en la cárcel por ir de la mano con los paramilitares…” Según él, está claro de dónde vinieron los paracos que querían matarle.
Las dos mujeres que tengo delante de mí son respectivamente madre e hija. La hija tuvo que esperar un año y ocho meses antes de recibir el permiso de trabajo. Sobrevivía con ‘camaroncitos', “trabajos de lo que sea”, me explica. Estaba haciendo un curso para trabajar como voluntaria de la Cruz Roja , pero las autoridades se lo impidieron porque le faltaban los papeles, “ la Cruz Roja nunca más volvió a llamarme”.
La madre era periodista, por su trabajo viajaba mucho en Colombia. Había visto mucho y escuchado tantas cosas: había visto y oído demasiado, tuvo que irse con la familia. Dice que uno de los principales problemas de los refugiados en Panamá reside en “la identificación. No se si las autoridades panameñas desconocen el carnet de refugiado —subraya la antigua periodista colombiana— o si es que cada institución tiene el mandato secreto de hacerle a uno la vida ‘de cuadritos' (difícil)”, bromea con un aire de cinismo.
Madre e hija me enseñan el carnet de refugiado. Es un cartoncito plastificado otorgado por el Ministerio de Gobierno y Justicia de Panamá, lleva un número de reconocimiento del refugiado, el nombre, el apellido, la nacionalidad y el número de pasaporte. La foto sacada por webcam es impresionante: parece una imagen de espejos convexos distorsionantes. Si estos son los fieles ejemplares de los documentos de identificación de los refugiados, no es de extrañar que los agentes de la policía panameña puedan pensar que se trate de papeles falsos…
“El acceso al carnet de refugiado ya es una lucha —cuenta— pero cuando uno obtiene dicho papelito el estado panameño se des-responsabiliza y los tiempos de espera son largos”. Mientras tanto, “no hay acceso al trabajo, al seguro social, al médico”. Cuando el permiso de trabajo finalmente llega, el número del seguro social inscrito es distinto del número de identificación del carnet de refugiado. “Si voy al médico, por ejemplo, tengo que ir con el pasaporte” afirma.
Son dificultades que no se entienden. Por haber reconocido los refugiados, el Estado panameño tiene un deber jurídico estipulado por convenciones internacionales para facilitarles la integración y la vida en la sociedad de Panamá.
Después de tantos cuentos de sufrimiento, me llamó la atención que la subida del calvario de la iglesia de San Antonio de Padua pasa por un espacio en forma de plaza. A un lado, está una estatua de san Francisco de Asís. El santo acaricia con sus manos el cuello del notorio lobo, terror de los habitantes del pueblo de Gubbio en la tierra italiana de mis ancestros. La imagen es de paz, el contraste con las historias que acabo de contar no podría ser mayor. Sin embargo, que una vía de calvario pase tan cerca de una imagen de reconciliación entre un hombre de bien, el santo, y un símbolo del mal, el lobo, da mucho que pensar. El lobo sometía a un calvario la vida de la buena gente de Gubbio, y la burocracia transforma en un calvario la vida de los refugiados en la ciudad de Panamá. San Francisco supo encontrar las palabras que transformaron al lobo. No cabe más que esperar e insistir, para que los testimonios de los refugiados colombianos logren cambiar la actitud del aparato burocrático panameño.
www.latinamerica.jrs.net/ - 15/05/08