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Mundo

Dignidad

Hugo Rius
Juventud Rebelde

La dignidad nos ha salvado siempre. Desde los tiempos de la manigua redentora cuando cristalizaba la nación acrisolada hasta los días del presente de resistencia y construcción denodadas. Con ese escudo protector e invencible hemos podido enfrentar durante décadas a «esa fuerza más» avizorada por Martí, el gran forjador de nuestra conciencia patria, sin ponernos de hinojos ni flaquear ante acechanzas de toda suerte provenientes del «revuelto y brutal», el oro corruptor, carencias dramáticas y las anacrónicas nostalgias coloniales injerencistas para disolver el haz de la soberanía y retornar a la servidumbre.

Cierta vez un romántico alemán decimonónico fabuló acerca del momento en que la riqueza, la belleza y la dignidad decidieron tomar sus propios rumbos y acordar las señales para encontrarse. La primera de ellas indicó cuan fácil sería solo con divisar rastros de violencia y derramamientos. Para la belleza se trataría de advertir multitudes admiradoras y admiradas, y no pocas cotas de vanidad. En cambio la dignidad guardaba silencio, y a mucho instarle las que hasta entonces eran compañeras de viaje, pronunció una sentencia bien esclarecedora: «quien me pierde, jamás me encuentra».

Aunque en apariencia un concepto inatrapable, sin embargo, la dignidad constituye un tesoro invaluable que se forja y cultiva y atraviesa el pensamiento y la conducta humana en todos los momentos de la vida, como actos de crecimiento en tanto que individuos y actores sociales, desde las adversidades hasta las muy legítimas explosiones de alegrías, y por supuesto en los papeles puntuales a desempeñar por cada uno.

Con frecuencia para reconocer la actuación de un artista o un deportista solemos afirmar que su actuación fue digna porque pusieron en el empeño lo mejor de sí, sin escatimaciones mezquinas. Y por cierto deberíamos trascender esa llamativa esfera pública y acostumbrarnos a medir con igual rasero lo que a cada quien, sin cintillos ni candilejas, le toca hacer en las esfera de lo productivo, administrativo, laboral y creativo, lo que tendría que traducirse en la búsqueda incesante de la calidad, el buen trato, la organización y el aporte.

Uno debería preguntarse a menudo como examen de conciencia si estamos a punto de perder la irrecuperable dignidad, que también se expresa en la indignación sin tregua ante la injusticia, la corrupción, la irracionalidad derrochadora, la chapucería, la indisciplina y la indolencia desintegradora que saque de su cauce el legado dignamente forjado por los fundadores de ayer y de hoy, para entronizar el caos alentado por el obsesivo «gigante de siete leguas».

En la dignidad se refunde el decoro, el respeto a los símbolos sagrados de la Nación y a los demás seres humanos, el valor frente a la verdad y para enfrentar los obstáculos y vencerlos, y la firmeza en los principios. Consiste en una ética suprema que no se puede perder.

www.rebelion.org/ - 11-01-2010



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Agosto 2006