Avatar en casa
Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com
La Prensa, 5 de enero de 2010
Avatar no es una película para niños. Aunque James Cameron haya rebajado el contenido político de la cinta y haya camuflado de épica animada la historia, subyacen denuncias concretas a este momento histórico, a la manera de gestionar este planeta y también a la manera de relacionarnos.
La crítica al militarismo y al ejercicio del poder armado o corporativo es evidente. No todo es plata, no se puede contentar a unas comunidades afectadas por la angurria ajena con un par de escuelas o llevándoles “la civilización”. Tenemos una guerra similar a la que se libra en Avatar sobre territorio panameño.
Compañías gigantes, mineras o hidroeléctricas –incluso turísticas– que quieren rasgar la tierra, herirla de muerte en busca de minerales o para saciar la infinita necesidad de energía y placer de los que tienen dinero.
A las comunidades afectadas –léase las gentes que rodean Petaquilla, los vecinos de Chan 75, las comunidades cercanas a Cerro Chorcha o las de Bocas del Toro– son vistas por los empresarios y por nuestros políticos como unos Na'vi cualquiera: seres atrasados y supersticiosos, que no gustan de trabajar y que viven de forma poco civilizada.
Al igual que el programa científico de la película Avatar, las compañías crean sus programas de Responsabilidad Social Corporativa para tratar de convencer a los “atrasados” de las ventajas de su desalojo, de lo importante que es para el desarrollo del país.
Un par de escuelitas por allá, unos tinacos rotulados por acá y eso se vende como progreso. Si falta algo, cambian a los locales casa de madera por concreto, acaban con sus ríos y con los lugares que simbólicamente construyen el tejido social y cultural de una comunidad y encima los ejecutivos de estas empresas (pobres desgraciados esbirros del poder económico) se sienten orgullosos de su “misión social”.
Si los locales se ponen tercos se llama al Estado para que ejerza el monopolio de la fuerza, si eso no queda bien se contratan ejércitos privados o se les pagan horas extras a los policías… ¿les suena?
Los Na'vi no son alienígenas, están entre nosotros. Son nuestra gente, los homo sacer cuya suerte no importa a la mayoría urbana, ciega, anoréxica emocional y bulímica consumista. Muchas de las enseñanzas que los Na'vi transmiten a los humanos transformados en avatares son las que yo he escuchado de sabios indígenas o de abuelos campesinos.
La conexión con la tierra, la necesidad de la comunidad, la importancia de los lazos con el otro, la vida como un recorrido sagrado acompañados de otros seres vivos y no como una carrera destructiva colmada solo con acumulación y desidia.
En Avatar hay personajes tipo, quizá demasiado tópicos pero que responden bastante bien a lo que nos rodea. Los más interesantes son, como siempre, los personajes límite, los que todavía tienen un ápice de conciencia, los que a pesar de comenzar repitiendo los errores porque han sido formados para ello (un militar, una científica…) optan en un momento por la vida y rechazan el poder o las convenciones. Imagino que a todos nos debería llegar ese momento. Unos lo ven pasar sin inmutarse, oteando la oportunidad como una debilidad, una bobada pasajera. Otros se suben al carro de la vida y deciden ser éticos: no todos los trabajos son dignos, no todos los comportamientos son aceptables, no todas las opiniones son legítimas.
Hay películas, como existen libros, que desnudan el tiempo y ponen a cada cual en su sitio. Avatar no es ni la mejor ni la más profunda, pero sí llega a una cantidad de personas incalculable. Un poco de reflexión después de verla no estaría mal.
Para muchos, Coclé del Norte, Charco La Pava , Valle de Riscó, Kusapín, Tonosí, San San Druy o Yaviza son tan desconocidos como el planeta Pandora. Por eso les invito, en este principio de año, a conocer mejor el país y a sus gentes. A descubrir que no son extraterrestres ni etnias agresivas que no quieran el progreso.
Simplemente, hablamos idiomas distintos. Desde la ciudad, el poder y la economía hablamos un lenguaje que por mucho que se adorne termina siempre conjugando “destrucción”; en esos otros planetas del país se pronuncia “supervivencia”, “resistencia” o “dignidad” todos los días para luchar contra el monstruo del desarrollismo. |