Panamá juega con fuego
Paco Gómez Nadal
opinion@prensa.com
26 de enero de 2010
Entiendo que fueron muchos y muchas los que lucharon por la democracia representativa en este país. Miles de civiles que decidieron poner los intereses mayoritarios por encima de los particulares, a sabiendas de los riesgos físicos y políticos que corrían.
Eran otros tiempos, es cierto, pero el tiempo es un continuo, un río que renueva su corriente llevando en su cauce siempre un mismo código “genético”, un continuo devenir vital, una energía que en ciertos meandros se acelera y que en otros remansos espera en reposo hasta el momento de tomar velocidad de nuevo.
Este tiempo es de esos que requiere del despertar de las viejas-nuevas energías, de la defensa de lo colectivo, de la construcción de un país de todas y todos en lugar de que cada gobierno trate de destruir la nación de los otros para levantar la propia.
Las noticias en Panamá surgen y se olvidan de forma vertiginosa en estos días. La hiperactividad gubernamental y los escándalos dejan poco tiempo para el reposo, para calibrar lo que está ocurriendo sin caer en la confusión.
Un Presidente que presiona al aparato judicial hasta extenuarlo; un ex presidente que busca todos los vericuetos de la ley para escapar de ella; un gobierno que fija un salario mínimo a bombo y platillo para después, bajo cuerda, tratar de bajar los beneficios de los trabajadores de los más altos gobernantes del país; una desprotección de los menores para tratar como adultos a un niño de 12 años con la bendita disculpa de la inseguridad en lugar de algún plan efectivo del Ejecutivo en las calles; un Ministerio de Gobierno y Justicia que parece salido de los tiempos más oscuros; un escándalo en el FIS que debería provocar la remoción de la mitad de la Asamblea Nacional y un director pizzero que solo está molesto porque se haya filtrado el informe de la vergüenza; un Presidente que llama a capítulo a las televisoras para tratar de que censuren la información sobre inseguridad, y por si faltaba algo, un Gobierno dispuesto a abrir el Darién solo para dar placer al incisivo Ávaro Uribe y su clan de empresarios paisas a cambio de más inseguridad para el país y el fin de uno de los pocos reservorios naturales relativamente intacto…
La lista podría seguir, las noticias se suceden y se olvidan, pero lo cierto, lo estrictamente cierto es que hay un retroceso democrático sin parangón en estos 20 años de restauración, que a las actuales autoridades les importa un bledo la institucionalidad o la legalidad y que los ciudadanos siguen adormecidos por un canto de sirenas cada vez más desafinado.
No estoy llamando a la revuelta popular ni nada por el estilo, sino al ejercicio responsable de la ciudadanía. Unas pocas ONG están aguantando el envión a pesar de las continuas descalificaciones de Martinelli y sus secuaces ¿y el resto…?
Hay países en los que parte de la sociedad justifica la acumulación de poder en pro de un desarrollo y una seguridad teóricas. Luego llegan los llantos. Así pasó en Perú, en Chile o pasará en Honduras. Panamá está jugando con fuego y aún no lo sabe. Ya sé que llegarán los comentarios acusándome de amargado, de agente del chavismo o de cualquier otra estupidez no meditada; que me mandarán a mi país de origen o mentarán a mi familia, pero precisamente porque amo a este país y creo que está en uno de los momentos más delicados de su historia reciente (el de asentar un modelo democrático o volver a la tentación paternalista del presidente-supermán) defiendo una participación mucho más activa de la sociedad civil y de los medios de comunicación en la defensa de lo logrado.
El país ha estado de moda los últimos años. Se habla mucho de él fuera de sus fronteras, han llegado inversiones (unas más beneficiosas que otras), se ha avanzado en muchos campos, pero el político se ha quedado atrás. Parte de la responsabilidad es de nosotros mismos al retratar ese terreno, el político, como un lugar sucio y pernicioso. Por eso lo han tomado personajes que no creen en lo público ni en la democracia ni en la participación de la comunidad en la gestión del Estado. Me temo que ha llegado la hora de recuperar el tiempo –y el espacio-perdido. |