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Opinión

Popurrí de sandeces y farsas

Xavier Sáez-LLorens
xsaezll@cwpanama.net
La Prensa , 15 de junio de 2008.

El ser humano debe meditar muy bien lo que hace o dice antes de juzgar a los demás y así evitar que el escupitajo caiga sobre su propio rostro. Para ilustrar esta moraleja, mezclaré réplicas a mi artículo sobre publicidad sanitaria engañosa y declaraciones recientes de personajes del circo istmeño.

Algunos defensores de la medicina alternativa se molestaron y alegaron, con ejemplos puntuales, que sus remedios funcionan y son inocuos; que las bondades de la medicina farmacológica son falseadas por las empresas productoras; que la FDA no aprueba los productos botánicos para evitar que compitan en el negocio de las compañías farmacéuticas; o que los medicamentos y hospitales provocan una cantidad importante de muertes en la actualidad. Vaya cúmulo de sandeces. Primero, lo anecdótico no prueba nada, solo refleja el resultado de una potencial sugestión (efecto placebo). Hace falta el estudio aleatorio, doble–ciego, controlado. Segundo, los datos sobre seguridad y eficacia de una medicina son generados por investigadores independientes en ensayos auditados (minimiza la posibilidad de fraude), regulados (garantiza la protección ética de los pacientes que voluntariamente participan) y debatidos (la comunidad científica analiza los hallazgos antes de formular recomendaciones de uso). Lo que se debe fiscalizar, en todo caso, es el mercadeo impreciso posterior a la aprobación. Tercero, la FDA otorga licencia de fármaco a toda substancia que se someta a un diseño experimental riguroso y demuestre calidad inobjetable. A las hierbas se les permite comercialización bajo la categoría de suplemento alimenticio, pero prohibiendo anunciar cualidades no probadas en prevención o curación de enfermedades específicas. Cuarto, aunque los eventos adversos provocados por terapias medicamentosas e infecciones nosocomiales causan morbilidad y fatalidad no despreciables, la cifra de personas aliviadas y salvadas por los avances médicos es abismalmente superior. Tarde o temprano, toda persona, ante la enfermedad, deseará recibir las mejores opciones terapéuticas y sus supersticiones pasarán a segundo plano. Es cierto que cualquier individuo puede elegir el tratamiento de su antojo y un noticiero su programación diaria pero, también, es imprescindible que los ciudadanos alertemos sobre publicidad engañosa y pidamos la regulación correspondiente para proteger los derechos del consumidor. De lo contrario, el mercado libre se convierte en atraco libre.

Ciertos feligreses se enrabietaron porque consideraron irrespeto mi sátira contra la fertilización de una mujer por la habilidad reproductiva de un espíritu o la resucitación de un hombre después de tres días de frialdad cadavérica. No acepto la acusación. Estas creencias son incompatibles con el conocimiento científico y, por tanto, susceptibles al cuestionamiento público. Los quejosos que persisten leyendo mi prosa agnóstica ya parecen masoquistas literarios. Si estas personas tuvieran que leer el NY Times, El País, Le Monde o The Guardian, se sentirían injuriados a diario. Esta patológica sensibilidad intelectual traduce intolerancia y sumisión doctrinaria, características típicas de civilizaciones incultas. Una persona segura de su fe supondría irrelevantes mis planteamientos. Intuyo que Schopenhauer tenía razón cuando decía “ninguna recriminación puede ofender más que en la medida en que acierta; la más ligera insinuación que da en el blanco hiere más profundamente que la más grave inculpación que carezca de fundamento”.

En el plano de las declaraciones, me limitaré, por falta de espacio, a los comentarios del precandidato Varela y del monseñor santeño. El “manos limpias” propone regalar mil balboas a cada madre por hijo parido. Como buen discípulo de Escrivá, la mujer debe tener tantos niños como coitos desee su amo, no importa cuánto Seco Herrerano se haya empujado éste para mostrar su hombría. Con esa dádiva gubernamental, ella los podrá criar, alimentar y educar a cabalidad. Le sobrará, incluso, dinero en el caso que su macho decida abandonar el hogar por infidelidad canina, asfixiante pobreza, violencia doméstica o intoxicación alcohólica. Lo peor es que ese dinero donado pertenece a todos los contribuyentes, seguidores o no de su fanatismo religioso. Estoy convencido de que si se hace una encuesta popular, la mayoría de los panameños decidiría invertir en estrategias de educación sexual y prevención de embarazos no deseados. Por semejante despropósito, asumo que tiene un sacerdote de derechas como asesor en salud pública. Curioso dilema ético es pertenecer a una militante prelatura religiosa y ganarse la vida vendiendo una de las causas líderes de muertes prevenibles en el país.

El señor Dimas Cedeño brinda, frecuentemente, materia prima para mi columna dominical. Señaló que el dinero que se gasta en publicidad electoral es una bofetada a la pobreza, que la transformación del sector salud debe responder a la anuencia democrática de todos los sectores sociales y que urge combatir la impunidad de nuestros políticos. A simple análisis, las frases suenan estupendas. El doble discurso, sin embargo, es evidente. Qué más bofetada a la pobreza es que el Vaticano sea una de las empresas más ricas del mundo y los templos estén repletos de tesoros mientras los niños pobres se baten con las moscas por migajas de alimento. Por si lo desconoce, las reformas sanitarias fueron consensuadas en un amplio diálogo de concertación, al cual renunció, por soberbia e intransigencia sindical, la dirigencia gremial médica. Qué más bofetada a la democracia es que los jerarcas católicos se seleccionen por vía digital, sin participación del género femenino. Qué más bofetada a la impunidad es que las colectas eclesiales no pasen por auditorías públicas, que las iglesias no paguen gravámenes fiscales y reciban subsidios con los impuestos de todos, aunque no pertenezcamos a su credo. En Costa Rica, acaban de desenmascarar un escándalo fiscal de la conferencia episcopal tica. Si nuestros periodistas se atrevieran a investigar localmente, no me extrañaría ver salir mugre debajo de la alfombra. Qué más bofetada a la impunidad es saber que la mayoría de curas pederastas han escapado de la justicia. No sigo.

“La credibilidad es como la virginidad, una vez que se pierde ya no se recupera”. Anónimo.



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Agosto 2006