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Opinión

Presidenciables en diablo rojo

Kevin Evandro Sánchez Saavedra
Antropólogo social

Una historia difícil de creer, cuando cierta noche esperaba un busito clandestino en la parada de buses del puente de San Miguelito. Casi no había transporte. Circunstancia muy extraña en esta ciudad.

El plan B era entonces abordar un diablo rojo. Dicho plan era el de más de 100 personas allí, pasadas las 10 de la noche. Junto a 7 personas más, usé la modificación del plan B: trepar al diablo rojo por la puerta de atrás. Entre todos ayudamos a subir a una cincuentona que salía de su jornada de trabajo, con sus bolsas de comida recién compradas.

Pude notar dentro de las bolsas unas latas de sardina, y enseguida vi reflejada nuestra condición dentro del bus que abordaba. Entre la oscuridad y lo apiñado que todos los de pie estábamos, no podía creer lo que veía. Lo más insólito que nos haya pasado a todos los que allí transpirábamos.

Balbina Herrera estaba sentada, junto a Guillermo Endara y Ricardo Martinelli, en unos de los puestos del final. De pie, como muchos otros, agarrados a las barras del techo, iban: Juan Carlos Navarro y Varela, Alberto Vallarino, Ernesto Pérez Balladares, Marco Ameglio y Billy Ford. ¡Una sorpresa jamás vista!

¿Será que a Martinelli realmente se le subió a la cabeza y contagió a sus homólogos con el eslogan: caminando en los zapatos del pueblo? ¿Estos candidatos se lo tomaron en serio, y con un poquito de la consigna de Balbina: de corazón se subieron al bus? ¿Sin guardaespaldas, sin sacos, sin demagogia, como diariamente lo hacen miles de personas que residen en áreas periféricas al centro de la ciudad, lejos de los rascacielos, los penthouse , las mansiones, los cinco estrellas, los aires centrales, el buffet y la comida internacional?

Para Mitzi, madre soltera, quien con esfuerzo tiene su pequeña casa en una barriada, cerca de la 24 de Diciembre, tomar diariamente el transporte urbano es parte de la humillación con la que debe vivir. Sale de su casa a las 4 a .m., pues entra a su trabajo, como secretaria, a las 7 a .m. Con un salario de 325 dólares mensuales, debe pagar: la casa, la guardería, la comida diaria, el transporte y otros servicios (luz, agua, teléfono, otros). Ver a estos presidenciables en el bus únicamente le confirma lo que ya sabe: así como viajan en el mismo bus, así mismo comen en el mismo plato.

La historia se termina. El absurdo sueño se acaba y el transporte urbano en la ciudad de Panamá continúa su descontrol.

Kevin Evandro Sánchez Saavedra
Investigación y Comunicación
Servicio Jesuita a Refugiados-Panamá



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Agosto 2006