| No. 27 |
Nov. - Dic. de 1999
Edito
Trabajar como profetas La violencia creciente No hay que ser expertos en análisis de la realidad para percatarse cómo ha crecido el espiral de la violencia en todo el mundo, también en Panamá. Una mirada a lo que hoy sucede en Kosova (nombre albanés, Kosovo es el nombre en servo-croata) y en Chechenia nos da una idea clara del enorme crecimiento del espiral de la violencia, pero también nos señala los factores más relevantes que causan esa violencia: El enorme negocio del armamentismo que amenaza la vida del planeta; la falta creciente de tolerancia étnica y religiosa; la insistencia del gobierno de los Estados Unidos por demostrar que ellos son la única gran potencia en el planeta; el irrespeto y violación constante al sistema de las Naciones Unidas; las crecientes estructuras de pecado, hoy reforzadas con la globalización de la economía de mercado y el neoliberalismo, que no es otra cosa, que el rostro actual del capitalismo, sistema de explotación económica y social. Pero como lo más próximo está dentro de nuestras fronteras, comencemos por constatar el rápido crecimiento que ha tenido la violencia en Panamá. La ola creciente de secuestros, asaltos, crímenes, suicidios, sólo son señales y efectos del malestar social, que se desarrolla en la base de la organización de la sociedad panameña. Como hemos repetido innumerables veces, Panamá es uno de los países del mundo con la peor distribución de las riquezas. La gran pregunta es ¿porqué los panameños somos tan permisibles con una desorganización social y económica que está fundamentada en la injusticia social, que da prioridad a la acumulación y concentración de las ganancias y no a la búsqueda del bien común? Necesitamos hacer análisis comprometidos Aquí y allá, urge la interpretación profunda y correcta de lo que acontece en la sociedad actual. Cambiar de rumbo, y retomar el camino de la actitud de compromiso ético y de responsabilidad en el análisis, como componentes indispensables para la configuración de un nuevo proyecto político de desarrollo democrático. Claro que actuar así, necesariamente nos lleva a poner en evidencia y denunciar las raíces del conformismo y del pensamiento complaciente con el poder que se refuerza en muchas partes. Los actuales referentes sociales provenientes de la sacralización del mercado: competitividad, racionalidad, productividad y eficiencia son pautas que nos empujan vertiginosamente hacia mayores niveles de violencia. El sistema trata de ocultar las relaciones sociales de clase y explotación. La globalización y los globalizados intentan hacernos creer que vivimos en un mundo sin contradicciones, en donde la mala distribución de las riquezas, no es producto de las contradicciones y la explotación social y económica, sino de la mala suerte o del designio divino. ¿Pueden nuestras acciones estar libres de decisiones y fines éticos? Para los pensadores de la economía del mercado, ésta es una pregunta necia e inútil, porque sus actuaciones se fundamentan sólo en el valor del mercado, en donde el ser humano y sus necesidades son elementos secundarios. En el rumbo que lleva el mundo actual, todos los seres vivos, la biodiversidad que los abarca, el petróleo, los bosques, los peces del mar y animales de la selva y la misma selva, no son más que factores de ganancia en la economía de mercado. Con los valores del Evangelio ¿Quién dijo que renunciaremos? ¿quién dijo que podemos renunciar? La verdad es que no son muchas las alternativas. Desde la perspectiva, en donde los seres vivos son lo existencial; en donde los valores, como la diversidad, la ecología son lo importante, estamos llamados y llamadas a trabajar incansablemente, sin poder renunciar, por una sociedad justa, solidaria, libre, democrática, amante y responsable de la naturaleza creada por Dios. Mirar consciente y críticamente a nuestro alrededor, cargados de los valores del Evangelio, de la Palabra Viva de Dios, y por lo tanto, Palabra para el aquí, el ahora y el mañana, nos lleva a plantear la urgencia vital de demandar un nuevo proyecto político, radicalmente distinto al que conocemos. No podemos conformarnos, sin convertirnos en cómplices, con un sistema carente de principios éticos, que en nombre del progreso, explota y destruye la ecología y al género humano. Ser y formar parte del cristianismo, del anuncio, la celebración y el compromiso, nos lleva a asumir el mensaje predicado por Jesús el Cristo: Maestro, Profeta y Mártir. EL reino de Dios, que queremos y debemos construir aquí en la tierra, como mínimo, nos exige ser parte de la construcción colectiva de un proyecto social auténticamente transformador. Las viejas y caducas estructuras sociales, en nuestro país y en nuestro mundo, tienen que dar paso a nuevos paradigmas, en donde los valores éticos como la cooperación, la solidaridad, la fraternidad, la justicia social y la equidad, abarquen, no sólo al ser humano, sino a toda la biodiversidad presente en la Ecología. Democracia y poder constituyente ¿Qué es lo que entendemos por democracia? Un sistema de gobierno en donde el valor principal es el ser humano y no el dinero. En donde imperen los principios éticos y los mejores valores del ser humano. En donde la libertad, la cooperación, la solidaridad, la justicia, el bien común sean los objetivos que nos acercan al desarrollo de la condición humana, sacándonos de la actual condición fundamentada en prácticas antidemocráticas que predominan en el actual sistema. Dentro de este contexto, ubicamos la necesidad de un poder constituyente fundamentado en los auténticos principios y valores del bien común, la democracia, la libertad y la soberanía popular. Poder constituyente que irrumpa en el poder constituido hecho a la medida y tamaño de los intereses de sectores minoritarios, que privilegio sobre privilegio, han ido acumulando y concentrando las riquezas de la sociedad, que a todos nos pertenecen. No estamos alentando un golpe de estado, estos son métodos que siempre han utilizado los militaristas y los militares. Lo que proclamamos y reclamamos es democracia integral; democracia política y económica, en donde quepamos todos los seres humanos; en donde todos los seres humanos podamos disfrutar de las riquezas de la tierra creada por Dios. ¿Acaso hay algo más democrático que esto? ¿Qué podamos hacer? Por ahora, esto es lo que proponemos: 1. Ser profetas. Comprender profundamente la realidad para poder explicar el funcionamiento de la sociedad en la que vivimos y actuamos día a día. 2. Vivir como profetas. Asumiendo el compromiso teológico, político y ético que conlleva el trabajo de realizar una explicación crítica de la sociedad en que vivimos. 3. Actuar como profetas. Proponer, con el testimonio y coherencia de vida, los cambios sociales necesarios para modificar de raíz las estructuras de pecado que se auto presentan como el mejor "orden y tranquilidad" al que podemos aspirar.
4. Trabajar como profetas. Ir a las causas, a la raíz para eliminar las fuentes del mal. Trabajar por un proyecto alternativo, que nos acerque al reino de Dios. Este proyecto tiene que poder eliminar las contradicciones que están en la base del domino y explotación del actual sistema capitalista. No se puede servir a dos señores y nosotros queremos servir a Dios. |