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Construyendo

No. 33 | Nov. - Dic. de 2000

Nuestra palabra
La vida es la dignidad de la Patria

Se dice, con acierto, que cada persona es un mundo, sin embargo, esto no significa que cada uno debe arreglárselas como pueda.  El individualismo, base y sustento del capitalismo de antes, y del neoliberalismo de ahora, interesadamente distorsiona la particularidad de cada ser humano, promoviendo el individualismo feroz como norma de convivencia.  Lo privado y la privatización adquieren así dimensiones globales y se establecen como “modelos” y normas “racionales” para la convivencia.   El grito de “¡sálvese quien pueda!”, antes del último número del sorteo de la lotería,  refleja la ideología dominante, que por conveniencia propia, siempre pone en la balanza, todo del lado del individualismo.  La ganancia, el lucro fácil, la acumulación y con ellas la corrupción y la impunidad se amalgaman en la base de sustento del capitalismo salvaje.  El individualismo feroz se reproduce como un justificante necesario de los antivalores de la economía de mercado, que rige el mundo de hoy. 

Ante el individualismo, otra cosa, totalmente opuesta, nos señala la más antigua tradición de la Iglesia.  “Sobre el `mío´ y el `tuyo´ decía San Basilio a los ricos y poderosos:  ¿Y qué cosas, dime, son tuyas?  ¿Las tomaste de alguna parte y te viniste con ellas a la vida...?  Por haberse apoderado primero de lo que es común, los ricos se lo apropian a título de ocupación primera...  ¿Quién es ladrón?  ¿Habrá que dar otro nombre al que no viste a un desnudo si lo puede hacer?  Del hambriento es el pan que tu retienes; del que va desnudo es el manto que tu guardas en tus arcas; del descalzo el calzado que en tu casa se pudre...” (Homilía Destruam). 

“La multitud de los fieles tenían un solo corazón y una sola alma.   Nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que todo lo tenían en común.” (Hechos 4,32).  La vida de las primeras comunidades cristianas constituye un testimonio coherente y práctico contra el individualismo, además de valiente y arriesgado, en el que la gente se jugaba la propia vida para hacer germinar el fruto de la vida colectiva en la que todos somos responsables de todos. 

No existe un antídoto más radical contra el individualismo que el que nos plantea el Evangelio de las primeras comunidades cristianas.  Desde entonces, han pasado más de dos mil años, sin embargo, los valores y principios de la comunidad; de la búsqueda del bien común; de la solidaridad; de la opción preferencial por los más empobrecidos; siguen siendo, antes y ahora, aquí y allá, en Panamá o Palestina, el compromiso primero de toda persona que se llama seguidora de Jesús-Cristo. 

“O vivimos con dignidad en nuestras casas o morimos con dignidad defendiendo nuestros derechos...”, ha dicho Elarion Cappuchi, obispo de Jerusalén en el exilio, en un mensaje dirigido “A los niños del pueblo palestino”*.  El obispo, en el contexto de injustificada violencia de guerra que impulsa y mantiene el gobierno de Israel contra el pueblo palestino, nos recuerda que la humanidad de una persona se engrandece cuando está de pie en la solidaridad incondicional del lado de los oprimidos; al lado de los aparentemente débiles; de la mano de los que no tienen ningún privilegio.  Caritas Internacional ha expresado su solidaridad de esta forma:  “Nos hacemos eco del llamamiento del Santo Padre, no sólo para que se ponga fin a la violencia y las provocaciones, sino también para que se reanude el proceso de paz que haga justicia al tan sufrido pueblo palestino.”

Geográficamente, Palestina está en el Medio Oriente, a muchísimas horas de vuelo de Panamá, pero para los miembros de la raza humana de acá, nada de lo que les suceda a los miembros de la raza humana de allá nos puede ser ajeno.  Para tal efecto, Palestina está en el centro de nuestro corazón.  Cada vida martirizada en Palestina se une al martirio de los pueblos del Continente de nuestra Patria Grande, contenida en el sueño bolivariano, que aún vive. 

A propósito del TERRORISMO, uno de los temas tratados el día 18 en la X Cumbre Iberoamericana, el 16 de noviembre conmemoramos el 11 aniversario de los mártires de la UCA:  Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Celina Ramos, Amando López, Elba Ramos, Juan Ramón Moreno y Joaquín López.  “Los mataron por estar en el lugar que debían y haciendo lo que era su deber hacer... Les dispararon al cerebro, todo un símbolo, no al bolsillo.”  (Diakonía, 52  diciembre del 89).  La lucha por la vida, la libertad, el trabajo y la justicia, están en el centro del Evangelio, son el cerebro y corazón de la buena nueva, así lo dice Mateo 25:  “Porque tuve hambre y ustedes me alimentaron; tuve sed y ustedes me dieron de beber.  Pasé como forastero y ustedes me recibieron en su casa.  Anduve sin ropa y me vistieron.  Estuve enfermo y fueron a visitarme.  Estuve en la cárcel y me fueron a ver.”

La autodeterminación y la independencia son derechos inalienables de los pueblos.  Toda la política que empuja la economía neoliberal se centra en la globalización del mercado y sus reglas.  La soberanía y la riqueza de la diversidad contenida en los pueblos y naciones es homogenizada en el mercado.  La solidaridad y los valores humanos pasan a último plano.  Nuestros pueblos sufren de hambre y sed, sin que nada hagan los gobiernos y las instituciones internacionales para alimentarlos y darles de beber.  Más de la mitad de la población anda en harapos, buscando una vida digna, de pueblo en pueblo, y de país en país, sin que los poderosos los vistan ni los acojan.  Nuestros pueblos viven prisioneros del desempleo, del hambre y la miseria.  Excluidos y marginados por la globalización neoliberal que los considera y trata como masas sobrantes.  

En esta realidad global, de los que pisotean el derecho, la vida y la justicia, afanados por la ganancia y el lucro, se inscribe la lucha de los campesinos de la provincias de Panamá, Colón y Coclé, amenazados por la creación de la cuenca artificial del canal de Panamá que impulsa la autoridad del mismo nombre.  ¡Panamá es más que un canal!  Cuando analizamos a fondo la superficialidad con que la autoridad del canal de Panamá (acp) trata el tema de la ampliación de la cuenca, aparece ante nosotros la evidencia de que vivimos como en dos Panamá, el Panamá que les duele a unos y el Panamá que a nadie le importa.  La acp tiene la responsabilidad de dar a conocer al país entero, toda la información que, se supone, sustentan los estudios económicos, sociales y ecológicos de la creación de la cuenca occidental.  La vida de los campesinos: de los hombres, de las mujeres y de los niños y niñas, de sus tierras y de toda la biodiversidad ecológica estarán siempre primero y antes que el canal. 

En este tiempo de Adviento, de preparación para la Navidad, invitamos a los hombres y mujeres de fe y de buena voluntad, a descubrir el mensaje del nacimiento del Dios que nace hoy en las montañas de Coclé, en Costa Abajo de Colón, Capira o en las calles y territorios ocupados de la martirizada Palestina de hoy.  “Este es el Adviento: Cristo que vive entre nosotros.”   Monseñor Romero (3, diciembre, 1978/VI 15).

Héctor Endara Hill



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Agosto 2006