-¡Gooooool!!! -vociferó el gordito Silverio.
Había sido otro indiscutible tanto para los del último año. Seguro iban a ganarles de nuevo y no habría tiempo para la revancha. Faltaba ya muy poco para que, con su inclemente talán-talán, la campana anunciara, con el fin del recreo, que la hora del fútbol sería hasta mañana si Dios quiere.
Los dos equipos se empeñaron en dar sus mejores patadas en aquellos últimos minutos. Los muchachos corrían a toda velocidad y coordinadamente hacia un extremo del terreno y hacia el otro, fijos todos sus reflejos en el gastado balón descolorido. En aquellos segundos finales de tensión, el problema más agudo era que las patas con las que daban las patadas se les enredaran en el momento crucial entre los negros pliegues de las pesadas sotanas. Los seminaristas del seminario mayor de la colombiana ciudad de Medellín jugaban al fútbol rigurosamente ensotanados.
-Es supremamente incómodo, padre -se quejaban algunos, sólo algunos, con sus superiores.
-La modestia nunca es cómoda, hijo. La modestia es un sacrificio agradable a Dios. Sé modesto y te adornará la virilidad.
Por razones de modestia viril, los seminaristas iban de paseo al río con sotana, de excursión a trepar montañas con sotana, de catequesis a los miserables barrios de casas de cartón de las afueras de la ciudad con la sotana. La ajustaban a su joven cuerpo con una ancha faja también negra, de un tejido parecido a la seda, con irisaciones y una suave caída. En los días más solemnes, los de modestia más arraigada añadían a aquel ajuar amplias capas negras y sombreros de ala ancha, también negros, de los que colgaban pompones rojos.
-¡Goooool!!!
Esta vez el alarido de alegría con que el gordito Silverio saludó el empate se mezcló con el tañido de la campana, que ordenaba poner punto final al fútbol y hacer de inmediato y en total silencio una larga fila en dirección a los salones de clase.
La disciplina era estricta y a ninguno le pasaba ni por la mente desafiarla. ¿Para qué? Les habían enseñado que también aquel implacable orden era un sacrificio agradable a Dios. Envueltos en una rutina fija de oración-clases-recreos-estudio-más oración, los seminaristas veían correr el tiempo, aunque no en los relojes, que no les estaban permitidos. Prohibidos también los espejos, los periódicos y los cigarrillos. A fuerza de repeticiones, los días se les hacían cortos, mientras la vida la sentían demasiado larga. El camino que los transformaría de imberbes estudiantes del seminario en respetados sacerdotes les parecía interminable. ¿Y después? Por el mañana se inquietarían más adelante. El cargado plan de estudios no les dejaba mucho tiempo para cavilar en cuál sería su destino cuando ya no tuvieran que enfrentarse a los tratados de dogmática y de moral.
Aquel día, en la última clase de la mañana les anunciaron que al atardecer celebraría la misa en la capilla un obispo panameño. Ya había llegado en otras oportunidades. Aplaudieron con corrección el anuncio y continuaron escuchando al profesor de hermenéutica. Desde hacía ya un tiempo, a la gran cantidad de colombianos que estudiaban en el seminario de Medellín se habían sumado jóvenes aspirantes al sacerdocio de otros países latinoamericanos. Venezolanos, ecuatorianos, algún hondureño, un cubano y un puñado de panameños. Monseñor Marcos McGrath, obispo en Panamá de la recién creada diócesis de Veraguas, llegaba a visitar a sus compatriotas.
Nunca había grandes sorpresas entre las cuarenta gruesas paredes de aquel edificio vetusto y sólido, nido donde habían empollado tantas generaciones de sacerdotes antioqueños. Nunca había novedades, pero lo anunciado siempre se cumplía. En la capilla, olorosa a incienso y a la cera de muchas velas, toda iluminada como si fuera fiesta, el obispo panameño celebraba pausadamente la santa misa. Después de la lectura del Evangelio, besó el sagrado libro y se dirigió lentamente al ambón para hablar a los seminaristas. Era muy alto, más que cualquiera de los panameños que habían asomado por el seminario y tenía los ojos azules, como ninguno de ellos. Su porte impresionaba favorablemente a aquella muchachada, educada desde hacía años para deslumbrarse ante la magnificencia y esplendor de las ceremonias eclesiásticas, también agradables a Dios.
Marcos McGrath glosó el Evangelio de Mateo y entró enseguida en lo que más le interesaba.
-Colombia no es como Panamá -comenzó con un tono de voz sugerente y también retador-. En Colombia hay lo que en Panamá no tenemos. Desde hace siglos son abundantes las vocaciones sacerdotales colombianas. En este país es mucha la mies, como en cualquier otra parcela de la viña del Señor, pero gracias al mismo Señor, son muchísimos los obreros que la atienden. En Panamá no ocurre así: sobra la mies en los campos y faltan quienes la trabajen. Allí las vocaciones son muy escasas. Quizás de estos campos colombianos, más fértiles, alguno de ustedes se anime a venir a colaborar a Panamá. Quizás Dios quiera llamar a alguno a este servicio, quizás alguno se disponga a abrirse a esta llamada. ¿Quién se atreve? ¿Quién querrá dar un paso al frente?
Todos le oían, pero sólo algunos escuchaban con atención. Y eran muchos menos los que consideraban la propuesta que se les estaba haciendo. El obispo continuó. Insistía, trataba de persuadir. Su objetivo era, obviamente, reclutar. Evocaba los inmensos campos de su extensa diócesis de Veraguas, con más de mil seiscientos kilómetros cuadrados y sólo nueve sacerdotes ya mayores para ocuparse de decenas de miles de almas. Sólo dos curas eran panameños.
-Nuestra diócesis está en estado de emergencia. Tenemos urgencia de apóstoles del Señor, de jóvenes audaces y decididos a correr la aventura del Evangelio. ¿Quién se atreve..?
Al terminar la misa, el monseñor visitante cenó con los seminaristas panameños. Preguntó por sus estudios, se interesó por la salud de sus cuerpos y sus almas, les entregó cariños, paquetitos de confites y fotografías que enviaban las familias de los ausentes, y prometió regresar en unos meses.
Cuando los panameños salieron de encuentro tan especial, era ya tarde y el resto de sus compañeros se disponía a iniciar el ceremonial del sueño nocturno. Las luces se apagaban puntualmente a las nueve de la noche, sagrado instante en que se inauguraba en el enorme edificio el "gran silencio". Para ese momento, todos tenían que estar ya en la cama. En los alargados dormitorios comunes, la operación era dificultosa, sofocante, y aunque el frío mantenía heladas las paredes de aquellas habitaciones de altísimos puntales, los seminaristas terminaban muchas veces sudando. La modestia viril les recomendaba una cuidada parafernalia para desvestirse sin que sus compañeros pudieran verles lo que no debían verles. Se metían ensotanados en la cama y, tapados hasta el cuello por sábanas y frazadas que subían, bajaban, iban y venían, se desabotonaban la sotana para despojarse de ella y enfundarse en el menor tiempo posible en la larga camisa de dormir. Siempre hubo quien se resistió a este complicadísimo rito del pudor pero, si no cumplía con él, cuidaba muy mucho de comentarlo con los demás.
Aquella noche, un seminarista colombiano, arrastrado por el imán de la aventura, la "aventura del Evangelio" de la que había hablado el obispo, dejó a un lado las normas de la modestia y quebró el silencio para acercarse a la cama de uno de los seminaristas panameños.
-Oye, Plinio -le dijo con avidez-, ¿y cómo es Panamá?
-¿Panamá? ¡Entre chivo y conejo!
-¡Avemaría! ¿Y eso qué significa?
Entonces se apagaron las luces...
-¡Mañana te lo cuento!
Y en la total oscuridad, el curioso tuvo que regresar a tientas a su cama procurando no hacer ningún ruido que pudiera delatarlo. En carrera se quitó la faja y la sotana, las dobló como pudo y se metió entre las frías sábanas, más sobresaltado que nunca antes. No tanto por la temeridad con que había violado las reglas, sino por el corazón. Sentía sus latidos en la barriga, en las sienes y sobre todo en el gaznate. Todo el cuerpo le vibraba al ritmo de una sola palabra: pa-na-má, pa-na-má, pa-na-má...
Preso de la ansiedad, a aquel seminarista pequeño y flaco se le olvidó rezar sus últimas oraciones. Y hasta se le olvidó quitarse sus gruesos anteojos de miope. Héctor Gallego durmió toda aquella santísima noche con ellos puestos y con ellos encajados en las orejas miró por primera vez en su vida y en sueños los verdes campos de Panamá.
Chiriquí es verde. En el oeste de Panamá, tocando ya a Costa Rica, Chiriquí es verde y es dorada. Un sol enloquecedor calienta un mar de platanales sin orillas, compactos, seguidos, extensos, infinitos. Todo ese mar pertenece desde finales del siglo diecinueve a la bananera Chiriquí Land Company, filial de la estadounidense United Brands Company. "Mamita Yunai": cruel madrastra de los trabajadores bananeros, que mientras dejaban allí pedazos de vida, levantaban los sindicatos más sólidos del país. La "Yunai": generosa madre de los lacayos que defienden en Chiriquí sus intereses, coincidentes siempre con los del gobierno de los Estados Unidos de América.
La oficina de uno de estos serviles es pequeña y desde hace mucho sus paredes no reciben una lechada de cal que las alivie de la mugre. En los muebles actúan ya con avidez legiones de carcomas, que van dejando su rastro en un persistente polvillo blanco que se halla por cada rincón, aviso silente de un próximo desplome. En la puerta, la bandera panameña tiene el rojo y el azul casi desteñidos y empieza a deshilacharse por las puntas.
Todo habla de precariedad en las oficinas de la Guardia Nacional en Chiriquí y nada permite sospechar el poder que ya tiene, mucho menos el que llegará a tener, quien ocupa su despacho central y se sienta en la silla carcomida. Desde hace años aquel teniente, de mirada impasible y helada, viene demostrando su habilidad para obtener información sobre el más mínimo movimiento anti-gringo que se produce en la zona. Más demostrada tiene todavía su crueldad para arrancar esa información a quien pretende ocultársela. Controla cualquier brote de subversión en las bananeras y no tiene ninguna contemplación a la hora de quebrarle los dientes o la vida a cualquier sindicalista que se pase de revoltoso.
-¡A golpes se hacen los patacones y ya ven lo sabroso del resultado! -dice a veces, saboreando su total dominio de la situación y los beneficios que en billetes verdes le reporta ese dominio.
Sin embargo, su cercanía a los gringos no es aún tan estrecha ni su olfato de sabueso está tan entrenado como para percibir los vientos que soplan.
En aquel año de 1966 se estaba ya cocinando un tamal político de gran contundencia en el país canalero. La ruptura de relaciones entre Estados Unidos y Panamá, tras la masacre de estudiantes en la Zona del Canal, tenía que ser superada y dar paso a una reconciliación entre la nación grande y ofensora y la pequeña nación ofendida. Las paces se harían alrededor de un nuevo tratado sobre el Canal que, naturalmente, debía salvaguardar los intereses de la nación grande.
Por toda América Latina el gobierno de los Estados Unidos iniciaba en aquellos años un nuevo juego de estrategia política. Deshecho el tablero de la Alianza para el Progreso, desgastadas sus fichas, los gringos habían decidido seguir frenando los cambios, pero apostando ahora a la forja de una renovada alianza continental con los ejércitos latinoamericanos. Los militares de cada país pasaban a ser prioridad para los estrategas de Washington: recibirían incondicionales apoyos para primero dar golpes de Estado y después para gobernar. También en Panamá.
Aquel teniente soplón, de pelos untados de brillantina, con la rechoncha cara comida por innumerables cicatrices de un acné infectado, dirigirá en Chiriquí, en sólo un par de años, el triunfante golpe de los militares panameños que llevó al poder a Omar Torrijos. Consumada la maniobra, trepará a la cabeza del servicio de inteligencia del nuevo gobierno militar y muerto Torrijos, tendrá en sus manos las riendas de todo el país y llegará a ser el agente más estratégico y mejor pagado por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos de América en todo el hemisferio occidental.
En este vertiginoso e imparable ascenso, tan sólo una noche de su vida los ojos de reptil de Manuel Antonio Noriega miraron de frente los ojos miopes y ya muertos de Héctor Gallego en algún lugar de Panamá.
En los años 6O, Veraguas era el lugar más empobrecido de todo Panamá, su provincia más pobre. Y los campesinos veragüenses, los más pobres entre los panameños. En Santa Fe de Veraguas estaban los más empobrecidos de todos los campesinos. Los santafereños vivían a sólo sesenta kilómetros de Santiago de Veraguas, la capital de la provincia, pero el camino entre ambas localidades era tan endiablado que el mejor de los vehículos tardaba ocho o nueve horas en recorrerlo. Si la cabecera era casi inaccesible, más aislados aún estaban los campos de Santa Fe, separados unos de otros por ríos desbordados, distancias descomunales y siglos de soledad y desamparo.
Santa Fe era el fin del mundo. Y del fin del mundo hablaban los curas cuando aparecían por Santa Fe a misionar, lo que sucedía en muy escasas ocasiones. Allí no había ni templo ni ermita para recibirlos. Tampoco había luz eléctrica ni médico ni teléfono ni muchas esperanzas de que un día los hubiera.
Cuentan que una vez llegó a Santa Fe un cura gordo y ensotanado. Se puso a predicar en pleno centro del pueblo, ahuecando la voz de tal forma que parecía llevar una bocina metida en la garganta. Esto le permitía anunciar con mayor estridencia el percance.
-¡Ya viene, ya se acerca, ya llegaaa! -pregonaba el cura.
La gente se reunió en torno a su gordura, curiosa por saber qué sería lo que venía, si tal vez un circo.
-¿Qué va a llegar, padrecito? -le preguntaba ansiosa una anciana que cargaba a un niño escuálido, muy atento al mensaje del reverendo.
-Va a llegar una gran oscuridad, tenebrosa, espantosa, que cubrirá el cielo y la tierra de una punta a otra y se extenderá como telón negro de escarmiento por días y más días...
De una vez, la gente se quedó sin aliento y sin ganas de circo o de piruetas, asustadísima.
-¿Y cuándo vendrá siendo esa negrura, padre? -preguntó otra señora, a la que ya empezaban a soltársele las lágrimas.
-Nadie sabe ni el día ni la hora, pero les advierto: ninguna linterna ni ninguna guaricha ni ningún querosín ni ningún fósforo o cerilla de este mundo servirá para darles una sola pizca de luz en aquel día lóbrego.
-¿Y cómo haremos entonces?
-Sólo los que en esa infausta hora tengan en su casa las sagradas velas de la Candelaria lograrán alumbrarse en la oscurana. ¡Sólo con esas velas, sólo con ellas!
-Pero aquí nadie ha visto esas velas, señor cura.
-Por eso he venido, para que las tengan y en abundancia. Vengo a proporcionarles a ustedes, queridos hermanos, las velas de la Candelaria. Con ellas tendrán luz en las tinieblas y hallarán camino en medio del horror que se avecina.
El cura carraspeó con fuerza para rematar con claridad su pregón:
-¡Son baratitas: a cinco centavos cada velita!
Mientras la gente se registraba polleras y pantalones en busca de monedas, el cura acercó unos cajones que había traído, desanudó sus amarres y empezó a sacar velas rosadas, velas moradas, velas azulosas. Eran gordas como él. Las señoras que estaban más asustadas y las que más realitos llevaban encima aquel día fueron las que más compraron. Hubo una que salió de allí con dos docenas de velas: el salario de cinco días de trabajo, el pago por cincuenta horas sudadas en la finca de café de los Vernaza.
-Más vale prever que no ver -repetía satisfecha, cuidando que las velas no se le cayeran y se le pringaran de lodo.
-Guardadlas con esmero y en el día de las tinieblas tendréis luz. ¡Dies ire, Dios nos mire! ¡Dies ila, la mecha nos despabila!
-clamaba el cura mientras vaciaba los cajones y llenaba sus bolsillos.
Las mujeres corrieron a guardar las velas con el esmero recomendado por el cura en el rincón más escondido de sus míseros ranchos, a la espera del día fatal. Pero nunca jamás llegó ese día. El cura sí volvió a llegar. En abril trajo medallas. En diciembre proponía escapularios. Y en junio apareció vendiendo estampitas de colores del patrono de Santa Fe, que es San Pedro Apóstol. Y la gente le compraba todo aquello, hasta quitándose de comer.
Santa Fe de Veraguas era el fin del mundo y los santafereños caminaban por aquel lodoso y verde universo con los ojos cerrados y las tinieblas por dentro. Esa fue la impresión que tuvo Héctor Gallego cuando llegó a aquel lugar años después, cuando ya el tiempo y el bochorno habían convertido las sagradas velas de la Candelaria en trocitos chorreados de sebo de colores.