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Héctor Gallego está vivo
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-Monseñor, yo lo veo claro, clarito. Yo quiero ir a Panamá, yo creo que puedo ir allí y siento que debo ir. Estoy decidido.

A pesar de no alzar la voz, las palabras de Héctor Gallego resonaban firmes en el salón recibidor de la casa de estudios, donde los novatos seminaristas daban cuenta de conciencia al veterano padre espiritual y tenían lugar otras reuniones de menos importancia. Con su cara de niño bueno, el pelo recién recortado y los gruesos lentes de miope que tanto le achicaban los ojos, Héctor estaba sentado frente al rector del seminario, pero no lograba distinguir bien la expresión de su rostro. Unas gruesas cortinas de terciopelo rojo cerraban el paso al esplendoroso sol mañanero, privilegio diario de la eterna primavera de Medellín. Colocado en un mejor ángulo de visión, el rector escrutaba al candidato a misionero en Panamá mirándolo de arriba a abajo y de derecha a izquierda.

-¿No estarás confundido?

-No, monseñor, he consultado, he pensado, he rezado...

-¿Y no habrás hablado lo que no debías? -le dijo el rector, cortando bruscamente el hilo de una conversación aburridísima-. Me dicen que últimamente has estado haciendo preguntas atrevidas en clase...

-¿Preguntas atrevidas..?

-Sí. Por ejemplo, preguntaste: "¿Qué pecado es más grave: matar con un fusil o matar con una ley?". Supe que le formulaste esa cuestión comprometedora al profesor de teología moral hace dos semanas. ¿No te parece una pregunta capciosa?

-¿Capciosa...? Tal vez, pero no caprichosa. Yo creo que es una pregunta que no se puede responder saliendo del paso. Me pareció una pregunta interesante para debatir en una clase de moral. Por eso la hice.

-Me dicen que también estuviste preguntando por otro pecado : sacar dinero del país para meterlo en bancos del extranjero...

-Sí, un pecado que no está en el catecismo:la fuga de capitales... Hay quienes están cometiendo hoy ese pecado en Colombia. Pero, según enseña la prudencia, yo dije el pecado y no los pecadores.

El rector torció el gesto, con evidente disgusto.

-Ese es uno de los pecados que denunció Camilo Torres con vehemencia. ¿Es que se lo oíste a él?

-Sí, y me interesó... Yo nunca había caído en la cuenta de lo grave que es ese pecado. La verdad es que Camilo Torres no echaba carreta, planteaba siempre temas importantes, de ésos que nadie quiere tocar... Comprometedores, ¿cierto? En Roma, en el Concilio, también están saliendo cosas así, que nadie esperaba. Vivimos un tiempo nuevo. Yo creo que si vamos a ser sacerdotes, tenemos que...

Héctor Gallego siguió hablando y el rector se le quedó mirando fijo, con un dardo en los ojos, pero sin escuchar lo que decía. Cuando Héctor calló y dejó de evocar el Concilio y sus sorpresas, el rector no hizo ningún comentario, se quedó en silencio. Entonces, el tiempo se detuvo y empezó a hacerse denso, tan pesado como aquellas sotanas negras que llevaban los dos hombres y de las que apenas asomaban las puntas de cuatro zapatos bien lustrados, también negros. Después de un rato así, de puro tedio, regresaron de nuevo las palabras.

-Héctor, ¿estás huyendo de algo?

-No, estoy buscando.

-¿Y qué es lo que buscas?

-Creo que cuando lo encuentre, sabré lo que es. Y creo que lo que busco está en Panamá.

-De acuerdo. Irás unos meses de prueba a Panamá, a conocer y a que te conozcan. Después decidiremos. El obispo McGrath te espera, lo tienes de aliado. Para que llegues a jugar en su equipo, él se ha puesto de tu parte. Esa suerte tienes.

No dijo más el rector. Se levantó con parsimonia y salió lentamente del salón. Héctor respiró aliviado. Y cuando oyó la puerta cerrándose a sus espaldas, se puso en pie, lanzó una patada al aire y entre risas pegó un soberano grito de ¡goool! que estremeció cortinas, paredes y corredores, entregados disciplinadamente a esas horas de la tarde al silencio de la sobremesa.

 

Llegó a Panamá en febrero de 1967, todavía diácono. Con él viajaron otros seminaristas colombianos. Todos bajitos de estatura, todos amantes del fútbol, todos para probarse en el terreno, esperando que el tiempo y la nueva experiencia pasaran la vocación de cada uno por un colador: quién se quedaría en Panamá, quién regresaría a Colombia.

De una vez Héctor se fue a Veraguas, en donde trabajaría si era de los que se quedaban. Conoció Santiago, donde funcionaba desde hacía poco un centro de capacitación campesina.

-¿No baila punto este muchacho de lentes? -lo convidaron unas campesinas en la primera ocasión que hubo.

-No, ¡él baila cumbia, él es colombiano!

-Ni punto ni cumbia...Yo no bailo -se excusaba él-, ¡yo canto!

Y agarraba la guitarra para cantar canciones colombianas. Y no lo hacía mal. Fue él quien estrenó "La Piragua" en tierras veragüenses, con gran éxito de público.

Estuvo también en San Francisco, donde el padre Vásquez Pinto había iniciado un movimiento cooperativo. Y visitó Atalaya y otros lugares. En aquella temporada de prueba tuvo encuentros con jóvenes, ayudó en el trabajo parroquial, participó, preguntó, escuchó. Hasta sacó ratos para malaprender algo de inglés, aunque en ese menester destacó aún menos que en el baile.

-No me sobra tiempo -comentó un día con impaciencia mal disimulada-. Ahora quisiera conocer Santa Fe.

Y para el norte se fue. Santa Fe le pareció un pueblo perdido en el sopor de una larguísima siesta. Durmiente y bello. Por cualquier lado veía flores rosadas, amarillas, azules, decididas a trepar hasta la empinada copa de los árboles altísimos. Al fondo del pueblo, la mole del Cerro Tute parecía haber sido empujada y forzada a una actitud de reverencia por una mano descomunal.

Nada más llegar, el primer paso fue ir a saludar a la autoridad. Era lo que tenía que hacer el médico si llegaba a poner inyecciones, el político si circulaba lanzando promesas, el veterinario si acudía a castrar toros o a vacunar ganado. Era lo que tenía que hacer cualquiera que llegaba a Santa Fe: ir a saludar a la autoridad. También le era exigido ese peaje a los clérigos.

-Héctor Gallego, mucho gusto...

-Alvaro Vernaza, para servirle...

Alvaro Vernaza era un hombretón de espaldas anchas y cara espaciosa, donde dominaba un poblado bigote y cada ángulo quedaba bien definido, como tallado a cincel, haciendo perfecto marco a unos ojos de mirada penetrante. A primera vista, solamente las altas y un poco flojas botas de cuero de calidad que usaba permitían identificarlo como quien era: la máxima autoridad del lugar.

-¿Viene a quedarse con nosotros, padre? -y antes de que Héctor pudiera contestarle, siguió-. Bueno, le digo padre aunque lo miro muy joven y sin sotana, pero...

-Sin sotana... y sin padre. Todavía no soy cura -le explicó riendo Héctor-. De momento sólo vengo por un tiempo a conocer el pueblo y estas veredas...

-Ah, veredas... ¿Usted es colombiano, no es así?

-Sí, de Antioquia. Hemos venido varios colombianos. A ver al final cuántos somos los llamados y cuántos los escogidos...

-Ah, ¿y cómo es eso? ¿Quién los escoge a ustedes?

-No, es sólo un decir. En mi caso, yo fui el que escogí Panamá...

-Pues le va a gustar, ya verá. Estas "veredas", como dice usted, han sido benditas por Dios. La tierra es muy fértil y el campesino muy trabajador, muy cumplido. Este pueblo es tranquilo, vamos de bien en mejor, ya lo comprobará usted mismo. Desde ahora lo estoy invitando a una de mis fincas. Usted viene de tierras de café, usted sabe seguramente de ese oficio. Y no es por vanidad, joven, pero en estos cerros producimos el mejor café de todo Panamá. ¿No quiere probarlo? ¿Le provoca un tinto, padre?

-Vernaza rió imitando el modo colombiano-. ¡Micaela, tráele un cafecito a este joven!

La tarde era tibia y el portal de la casa hacienda de los Vernaza estaba saturado del aroma de los naranjos en flor. Se sentaron en unos sillones de balancín, uno frente al otro. Héctor curioso, Vernaza satisfecho de jugar una vez más el papel de anfitrión. Héctor tomó el café a sorbos, saboreándolo. No sabía aún si Alvaro Vernaza habría exagerado sus juicios sobre la placidez de Santa Fe, pero en lo del café tenía toda la razón: le supo exquisito. O fue tal vez que el viaje tan largo y agotador le había dejado la presión por los suelos y aquella taza de renegrido y recién hecho café consiguió devolverle el ánimo de un solo golpe.

Después de una animada plática con aquel hombre de hablar seguro y algo ampuloso que parecía saberlo todo sobre Santa Fe, desde el punto y hora de la fundación del poblado por un capitán español que, como casi todos, buscaba oro y allí lo encontró, Héctor le recordó por tercera vez lo que él andaba buscando.

-Entonces, ¿me tendrá aparejada una mula para salir a los campos mañana?

-Dos si usted quiere. Pero creo que preferirá ir solo y a su ritmo. Y olvídese, por esos changuatales no podrá ser precisamente a ritmo colombiano...

Héctor sonrió una vez más y ambos se despidieron. Alvaro Vernaza quedó en el portal, fumando un habano del que sacaba cuidadosamente anillos de humo que volaban hacia el techo mientras él los contemplaba. Héctor se fue a uno de los cuartos de la casa hacienda, donde le habían acomodado una cama protegida por un leve mosquitero, una silla y una pequeña mesita de noche donde vio un vaso de agua y una vela encendida. Al lado colocó la Biblia, pero ni la tocó. Estaba rendido.

Sopló la vela y al quedarse envuelto en la total oscuridad, se sintió feliz, como quien después de un largo viaje por rutas desconocidas llega a puerto, aunque no sabe todavía lo que va a encontrar más allá del atracadero y los muelles. Su inmensa dicha fue acompañada por la estruendosa sinfonía de un coro de enormes sapos. De todos los rincones de la tierra santafereña salieron a darle la bienvenida.

¿Cuántos campos recorrió en aquella ocasión? Los que las primeras lluvias del invierno y los caminos tercamente enlodados e intransitables le permitieron. Pero como era más tenaz que el lodo, alcanzó a visitar bastantes. La mula se rindió primero que él.

-¿Me podrá cuidar el animal, don Andrés, hasta que yo regrese por aquí? Voy a continuar a pie. Es más barato y más rápido...

Con un imperceptible movimiento de la cabeza el hombre se hizo cargo de la bestia del cura y se alejó sin decirle nada más.

Para guarecerse de la lluvia, tuvo que entrar a menudo en los diminutos ranchos de los campesinos. Les contaba que muy pronto sería padre y si Dios quería regresaría para trabajar con ellos y entonces harían juntos muchas cosas y ...

-Y podemos echar una conversa y así nos vamos conociendo

-proponía a quienes se apiñaban en el pequeño espacio delimitado por frágiles paredes de caña brava, no precisamente por escuchar lo que él decía o por hablar con él, sino en busca de cobijo mientras terminaba el aguacero.

Aunque se reunía un buen montón, apenas salían dos o tres palabras huecas de las bocas de aquellos hombres, que no apartaban sus ojos de sus curtidos pies descalzos y cubiertos de costras de lodo. Las mujeres, más apenadas aún, se escondían tras el fogón para que él no las pudiera mirar ni les hiciera ninguna pregunta.

-Y a esta niña tan linda... ¿será que algún ratón le comió la lengua para hacerse con ella un sancocho?

Y cuando trataba de que la niña le enseñara la lengüita, se le escapaba de entre las manos para ocultarse tras la pollera de su mamá, ennegrecida por el carbón.

Después de un rato nuevamente vacío de palabras, Héctor insistía en la plática.

-Y díganme, ¿qué siembran ustedes por aquí?

Sólo entonces alguno hablaba, mirando con el rabo del ojo a los demás, que seguían con la vista fija en el suelo de tierra.

-Yuca. Ñame. Naranjas.

-¿Y el café? Me han dicho que aquí se produce el mejor café de todo Panamá. ¿Es cierto?

Y era como si no entendieran. Tampoco le ofrecían ni un traguito de ese café que él elogiaba. Como si no lo tuvieran. De vez en cuando sí le regalaban un vaso de agua, con la que lograba entretener el hambre hasta llegar, después de una hora o más, a otro rancho donde la historia volvía a comenzar y el silencio se crecía como el agua en los caudalosos ríos de aquellos campos.

-¿Y el señor Vernaza? -les preguntó alguna vez.

-Tiene buen corazón -dijo uno enseguida pero ya no dijo más y regresó a su silencio.

-Me ha bautizado dos hijos, es mi compadre -comentó uno.

-También bautizó el mío -dijo otro.

Algunos más reafirmaron aquel compadrazgo que los unía al patrón con leves gestos de la cabeza.

Otras veces lo juzgaron así:

-Ese es señor de mucha cañaña.

Héctor no entendió muy bien qué significaría aquel apelativo. Y así quedó. Punto y seguido. Al silencio de nuevo.

En aquellos días de su recorrido, la noche le agarró de camino y dormía con ellos, en el suelo de tierra húmeda de algún rancho que lo acogía. A la luz de la guaricha, alimentada con un querosín que administraban tacañamente, a cuentagotas, para que durara más, la charla alcanzaba algo más de animación. Tal vez se olvidaban, por la espesa oscuridad, que el forastero seguía allí, sentado junto a ellos, y ese olvido les permitía hablar más libremente. De Dios y del diablo. Y de la tulivieja y de los espantos que vagan por los caminos.

Siempre fue la noche su mejor aliada,la que conseguía poner en danza alguna conversación, aunque todavía demasiado sobria para su gusto. Una vez, en la total oscurana, un viejito ya muy gastado quiso cerrar con una sentencia de peso una de las pláticas más prolongadas que mereció escuchar y que consistió en una tímida polémica sobre las ocultas intenciones de las personas. La voz del anciano adquirió un tono de gran autoridad al decir:

-Es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, ¡pero no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo!

Todos corearon su filosofía con murmullos de aprobación. Héctor fue más lejos: inició un aplauso y se tiró una carcajada que los demás no secundaron. Enseguida, apagaron el mechón y se acostaron.

Regresó de aquel fin del mundo al seminario de Medellín más flaco que nunca, pero sonriente y seguro. Su decisión era firme y los obispos de las dos diócesis que tenían que ver con su futuro, el de Veraguas y el de Medellín, decidieron no dudar más al verlo tan convencido.

Ahora tenía que decírselo a sus padres. Serían los últimos en saber, aunque algo ya se sospechaban. No esperaba contratiempos. Sus padres siempre habían demostrado gran conformidad para aceptar los planes de Dios.

Fue a verlos a Salgar, a la casa en la que había vivido hasta que entró al seminario, donde don Horacio tenía su pequeña y próspera finca de café. Los entusiasmaría contándoles de sus aventuras en los meses que había pasado en Panamá y al final terminarían compartiendo su decisión.

La familia entera se reunió en la sala de arriba, la del par de balcones, por donde entraba a raudales la luz y se podían contemplar los cerros cubiertos de cafetales. El padre, la madre y los diez hermanos estaban allí, todos pendientes de las palabras que les traía su querido, respetadísimo y ensotanado primogénito y hermano mayor, ya casi clérigo de la Santa Iglesia.

Héctor habló largo, explicó, contó, dio algunos detalles, otros se los guardó. En Panamá, en Veraguas, entre aquellos campesinos de Santa Fe, había conocido y reconocido su propia vocación.

-Tengo que responder, se trata de una llamada de Dios -concluyó su bien preparada exposición con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Ah, sí! ¿Una llamada? ¿Y cómo fue? ¿Llamó Dios a su merced por teléfono o le puso un telegrama? -don Horacio, el padre, salió de su mutismo y se levantó muy enojado, dudando en seguir el camino de la ironía o el de la furia-. ¡Qué llamada ni qué llamada! ¡Eso no es más que una suprema locura!

-Lo que es locura para este mundo es sensatez para Dios -le respondió Héctor con otra sonrisa.

-¡Bah, bah, bah! No me eche carreta con la Biblia, que usted sabe que yo de eso no entiendo. Yo quiero razones. ¿Es que no hay trabajo aquí, en su propia tierra, para un sacerdote? ¿No lo necesitamos aquí su madre y sus hermanos y hasta sus vecinos, que tanto lo aprecian? ¿Es que después de tantos años sacrificándonos con sus estudios, usted nos vas a hacer esto? ¡Oigame bien! Para irse a otro país, mejor hubiera sido que aquella hija de mi compadre, aquella muchacha que se enamoró de usted, hubiera cumplido su promesa de sacarlo arrastrado del seminario. ¡Todavía voy y la busco!

-Vaya y búsquela y verá que ya se casó con otro y hasta dos pelaos tiene -Héctor no paraba de reir.

Don Horacio se pasó al tono de lamento.

-Héctor, hijo, usted siempre nos respetó. Usted, hijo mío, siempre me obedeció...

-Papá -le dijo Héctor tranquilo y procurando ser convincente-, yo los quiero mucho a ustedes, pero aquí sobran los sacerdotes y allá sobran las necesidades y...

-Las necesidades y las libertades y el desorden... Ya me he estado informando yo y en ese país de Panamá siempre hay alborotos y revoluciones...

-¡Ay, hijo mío -intervino la madre-, no bregue en esos peligros, por Dios! No me dé esa pena, muchacho, mire que la vida mía es ya muy acosada...

-Ya le dije yo, Alejandrina, que este hijo suyo debe haberse enfermado con la malicia de ese Camilo Torres, ese cura guerrillero y loco, que míralo cómo acabó...

-Usted, papá, no haga juicios de Camilo Torres. El fue un hombre admirable que dio la vida...

Doña Alejandrina rompió en llanto sin moverse de la silla, mientras retorcía entre los dedos un pañuelo ya empapado con muchas lágrimas. Héctor se echó a reír, sin acabar de creerse aquella inesperada avalancha de temores. Los hermanos y las hermanas nada decían y él sabía que nada dirían, dominados por la sorpresa del imprevisto pleito.

-Vamos, mamá, no llore. Le voy a contar lo que me pasó un día con la mula que me prestaron...

-¡Más terca que usted no sería! -le cortó don Horacio.

-A alguien debo haber salido -le cortó Héctor.

-No desviemos la plática, Héctor. Y óigame bien: Panamá es otro mundo, son otras gentes, es otra situación y usted no está preparado.

-Pucha, papá, pues viera usted que en todo se nota que Colombia y Panamá somos una misma tierra. Aquello no es tan diferente de esto. Y Santa Fe de Veraguas, que es a donde casi seguro voy a ir de párroco, se parece mucho a Montebello, donde yo nací. Igualito. Por todos lados hay café, es como acá... Un día se van a animar y van a ir los dos a conocer, ya verán cómo les gusta aquel paisaje...

-¡No me quiera dorar la píldora! El paisaje no es el paisanaje. Aquella gente no es como nosotros y un sacerdote trabaja con la gente, brega con las personas.

-¡La berraquera! Pues si hablamos de las personas, el parecido es todavía mayor. La gente que conocí por esas veredas me recordó mucho a la de aquí -se detuvo para marcar muy bien la intención-. A la de aquí... pero hace ya algunos años. ¿Sabe usted en qué? Los campesinos de allá no me miraban nunca a la cara, no se atrevían a mirarme a los ojos. Como los peones de su finca hace unos años, que tampoco me miraban porque yo era el hijo del patrón. Ahora ya no, ahora ya nos hicimos amigos. También me haré amigo de los peones panameños.

-Ya lo entendí, ya... ¿Usted quiere ser redentor de gente que no conoce? ¿Lo ve, mujer? -se volvió a su esposa, que ya lloraba inconteniblemente-. ¿Ve lo que le dije? Alguien le ha calentado la cabeza a este muchacho. ¡Pero yo se la voy a enfriar!

Don Horacio dejó el salón seguido de doña Alejandrina, decidido a diseñar con ella una estrategia de disuasión más eficaz. Sólo cuando los padres salieron, el montón de hermanos rodearon a Héctor. Y fue a ellos a quienes les pudo contar de la mula terca y de cómo por poco se ahoga en un río y de lo que le pasó cuando el lodo casi le llegó al ombligo pero no le subió más arriba... Ellos sí se reían, dichosos de tener un hermano mayor tan valiente, envidiándole aquel viaje que iba a hacer y la aventura.

Mientras daba órdenes a sus peones y recorría de arriba a abajo su productiva finca de café, don Horacio sacó tiempo para ir a visitar a los profesores del seminario que a su juicio tenían mayor influencia, a otros curas que imaginaba se pondrían de su parte y hasta al mismísimo obispo. El siempre había soñado con un hijo sacerdote de quien enorgullecerse como la más valiosa prenda de su patrimonio, pero un hijo sacerdote en otro país, ¿para qué le servía?, ¿ante quién lucirlo?

-No lo dejen ir, no le permitan -les insistía a todos los eclesiásticos don Horacio, que para acentuar su elocuencia decidió hacer su recorrido tocado con el más imponente de sus sombreros-. Si alguien conoce a Héctor soy yo, es supremamente terco, no está preparado, y además es débil, se enferma, no ve bien... ¿Y si allá se me queda ciego? Alguien le echó carreta y lo trastornó, no le hagan caso, no le hagan caso...

Pero toda la lucha de don Horacio Gallego fue inútil.

Con la cabeza señalada por la redondez de la tonsura y revestido con el alba blanca, Héctor Gallego, su primogénito de 29 años, está postrado ahora ante el altar, sobre las frías baldosas de la parroquia de Bello, en la ciudad de Medellín, listo para recibir la ordenación sacerdotal de manos de quien ya todo mundo sabe será su obispo en Panamá, Marcos McGrath. Alguien le ha contado a don Horacio que el obispo panameño trae en el bolsillo el pasaje de avión para entregárselo como obsequio a Héctor al término de la solemne ceremonia.

La suave música del órgano va impregnando paredes y esquinas del templo, altares, imágenes y las bancas donde la familia, los amigos, los vecinos y los compañeros del seminario rezan en silencio por el futuro del nuevo sacerdote de Cristo.

-¡Avemaría! -dice muy quedo doña Alejandrina, la mamá, al verlo tanto rato yaciendo inmóvil en el suelo-. Parece que mi hijo ya está muerto.

Menos de un mes después, Héctor regresó a Panamá, cargado de libros, de los ecos del inacabable regaño de su padre y de todos los planes que le cabían entre pecho y espalda. Le encomendaron oficialmente la parroquia de Santa Fe de Veraguas, parcela de la viña del Señor desprovista desde tiempos inmemoriales de cura párroco. Héctor Gallego fue el primero.

Como era de esperar, volvió a la casa de Alvaro Vernaza.

-Ahora sí, ahora sí sea bienvenido porque ya viene a quedarse y ya le podemos llamar padre... Aunque veo que esta vez tampoco trae sotana.

Alvaro Vernaza le saludó con cordialidad no fingida y con un fuerte apretón de manos en el fresco portalón de su casa, lleno de maceteras repletas de flores.

-¿Un tinto, padre Héctor?

-Con gusto, don Alvaro...

-Por favor, tome asiento ...

Después de seis meses, Santa Fe estaba exactamente igual a como la había dejado. Hasta le pareció que era la misma hora del último encuentro que había tenido con Vernaza y que en su jaula colgada del árbol de aguacate la lora graznaba las mismas majaderías escuchadas en aquella ocasión. A pesar del bochorno, el tiempo le pareció congelado.

-Ya ve, don Alvaro, he cumplido, estoy aquí de nuevo y esta vez sin pasaje de regreso.

-Con mucho gusto le atenderé aquí en mi casa. ¿Puedo suponer que se quedará a vivir con nosotros..?

-Claro, compartiré con ustedes. Pero ya sabe cuál es mi debilidad: que no me falte una mula para ir a recorrer esos campos. La vez anterior me quedaron aún muchos por visitar. No es fácil, están muy dispersos, muy distantes unos de otros...

-Por cierto, padre, entonces se fue muy pronto y casi nada me contó de aquel recorrido... ¿Qué impresiones sacó?

-Siempre la misma. No me imaginaba la gran miseria de estos campesinos.

-Contra eso venimos luchando. Pero así es la vida aquí y ahora lo podrá comprobar usted mismo: lo que usted juzga como miseria, no lo es tanto. La única riqueza que existe es la felicidad. Y ahí donde los ve, esos campesinos son más felices que usted y que yo. ¿Esos? Tienen bastante con nada y por eso, su vida es sencilla, sin preocupaciones. Viven al día como los pajaritos del cielo... ¿No habla el Evangelio de esa clase de felicidad?

-Bueno, el Evangelio habla de muchas cosas. Habla muy claro de cosas muy oscuras, habla de pájaros en el cielo y también de culebras en la tierra...

-Habrá tiempo para que conversemos con más calma de todo eso, padre. Pero debe entender algo, ahora que viene a quedarse con nosotros: ese modo de vida de esta gente fue así, es así y así será. Nada ni nadie va a cambiarlos.

Héctor no quiso responderle. Prefirió beberse de un solo trago toda la ardiente amargura de aquel café.

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Agosto 2006