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Héctor Gallego está vivo
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-Sí, es un cura, ¡por ésta ... que lo es!

-¿Tú comes cuentos, Juan? Ese hombre anda vestido con pantalón y camisa como tú y como yo. ¡Ese hombre silba! Y hasta lo han visto tumbando monte con un machete colín...¿Cómo va a ser cura? ¿Dónde tiene los chimbiliques de cura?

-Está hospedado en Santa Fe, donde los Vernaza...¿Eso no te prueba que es el cura? ¿Quién más?

Comentarios como éstos corrían para arriba y para abajo por todos los campos de Santa Fe, deteniéndose más en las comunidades tradicionalmente dadas al bochinche. Por fin, después de muchas vidas y muchas muertes con la santa religión al garete, Santa Fe de Veraguas estrenaba párroco. Las cuarenta y cinco familias de la cabecera municipal y las cinco mil y más almas de los campos ya tenían por fin un pastor. Lo que sucedía y lo que preocupaba ahora a muchas ovejas era que el nuevo cura no lo parecía. Ciertamente decía la misa los domingos en el pueblo, confesaba, bautizaba, casaba... pero algo había de extraño y de diferente en aquel hombrecito flaco que más parecía un don nadie que un reverendo.

-Todo va a ser diferente, padre -le dijo una tarde Alvaro Vernaza cuando se encontraron los dos camino a la casa-, todo va a mejorar cuando usted tenga una iglesia en donde desplegarse. Si Santa Fe ya tiene párroco, ya es hora que tenga parroquia. Lo que necesitamos ahora es un templo, un edificio hermoso y grande, con sus vidrios de colores, su altar para el San Pedro y su campanario... ¿Qué le parece?

-Ya veremos, ya veremos...

Héctor sonrió y no le rebatió la idea. Vernaza seguía hablando del magnífico templo que deseaba construir, mientras Héctor seguía dándole vueltas en su cabeza a otro asunto: allí en Santa Fe nunca había habido templo, pero tampoco había habido comunidad y su misión no era otra que levantarla y pronto...

-¿Por dónde comenzar? ¿Cómo hacerlo, con quiénes? ¿Con qué cimientos...? -se dijo, pensando en voz alta.

-Por los cimientos no se preocupe, padre. Yo tengo los medios, yo le traigo mañana mismo a un maestro de obra, yo me ocupo de eso. Para mí sería un honor contribuir a que se levante un templo aquí en Santa Fe -y Vernaza movía los brazos hacia arriba, como queriendo alcanzar con ellos la torre de la iglesia soñada.

Héctor lo miró y volvió a sonreírle, sin añadir ningún comentario.

-Ya hablaremos en otra ocasión de eso, don Alvaro. Permítame ahora, voy a echarme encima unos buenos baldes de agua, ¡tengo lodo hasta en las orejas! -y entró en la casa del dueño del pueblo.

Tres días después, venía Jacinto Peña por un camino lodoso con un motete de semilla de caña a la espalda, cuando se cruzó con Héctor Gallego. Ya el cura había oído hablar bien de Jacinto: que jalaba gente, que tenía chispa, que nunca se aculillaba. Y también había oído hablar mal: que no era iglesiero, que destacaba en picardías. "Ese es de la estirpe de los diablitos", decían las beatas.

-¡Hey, Jacinto! ¿Pa'onde vas?

-Voy pa' mi monte -le contestó Jacinto, medio molesto con que ya le supiera el nombre y sin muchas ganas de plática.

-¿Y tienes monte a donde...?

-Sí tengo, lo tengo por allá arriba.

Héctor se le acercó, le estrechó la mano con firmeza y le dio una palmada de saludo en el hombro. Los dos tenían la misma estatura, los dos la misma flaquencia. Se podían haber cambiado allí mismo camisa y pantalón, y hasta los zapatos, y se hubiera demostrado que ambos usaban las mismas tallas. Sólo una diferencia: a Jacinto le faltaban los gruesos lentes de aros negros del cura y a Héctor el diminuto bigote del campesino.

-Ah, Jacinto, ¿y tú no asistes a reuniones?

-Voy a las de la escuela sólo si es obligado.

-¿Y a reuniones de la parroquia no vas?

-¿Y de cuándo acá hay parroquia aquí? -preguntó Jacinto sabiendo con quién hablaba, pero por ponerle su pizca de sal al asunto.

-Bueno, aquí hay parroquia y hay párroco desde hace unos días... ¿O es que no sabías?

-Sabía, pero parece que se me estaba olvidando... Mire, a esas reuniones de iglesia yo no voy. Yo no puedo atrasarme. Ni tengo tiempo para rezos ni plata para limosnas. ¿A qué voy a ir?

-¿Tampoco tendrás ideas para organizar entre todos alguna tarea?

-De eso no sé si tenga... -Jacinto muy receloso, quería dejarle patente su distancia con la Iglesia.

-Pues estoy invitando a algunos de ustedes a una reunión en El Carmen...

-Muy bien me parece...

-¿No te interesaría saber para qué la reunión?

-Bueno, si usted me lo dice yo se lo escucho...¿Para qué sería ella?

-Eso lo veríamos allí mismo entre todos. Con los demás, contigo si vas. No quieras saber qué va a llevar el guacho sin tener primero la verdura...

-¡Concho, sí que es entrón usted! Si ni parece cura... ¿Y quiere decir que en principio no tiene intenciones esa reunión de usted?

-Si tiene intenciones, será al final pero no al principio.

Héctor sonrió y Jacinto se fijó en cómo se le achiquitaban los ojos tras los gruesos cristales de sus anteojos.

-Entonces, ¿qué me dices, Jacinto? ¿Nos podrás acompañar el jueves?

-Tal vez sí se puede. Pero ya le daré la contesta llegando o no llegando a la reunión. Ahí lo verá...

-¡Te esperamos, pues!

Héctor repitió el apretón de manos y se alejó ligero por su camino, silbando un bambuco de sus Andes colombianos, mientras Jacinto se echaba otra vez el motete a la espalda y seguía también por su camino, en dirección contraria, en total silencio y con una persistente mueca de incredulidad llenándole toda la cara, incluido el bigote.

En El Carmen se reunieron la tarde de aquel jueves catorce hombres, campesinos maduros, con las manos curtidas por el machete, las caras quemadas por el sol y bastante curiosidad escondida en los adentros. Se sentaron en rueda, en unos tablones viejos que colocaron sobre unas piedras bajo un techadito de la casa de doña Guillermina. Estaba recién llovido y el olor a tierra mojada penetraba todos los sentidos.

¿Qué querría de ellos el padrecito aquel, al que ni una cruz le veían guindada del cuello? ¿Sería el diablo disfrazado de pobre y usando anteojos por primera vez en su larga historia de fechorías? Por El Tute eso era lo que se había estado corriendo. "Asegún lo que dijera, se descubrirá quién era", presagió Casimiro, que por prudencia no quiso llegar a la reunión, esperando que después alguno le contara. Todo iba a depender del mensaje que les diera, porque para ser Lucifer, al que también se conoce como ángel de luz, lo miraban demasiado desabrido, flaquito y hasta mísero.

-Mi nombre es Héctor -empezó él sonriendo-. Ya me he visto con algunos de ustedes hace unos meses y también ahora, en estos días, he encontrado ya a algunos. Yo quisiera primero que todo conocer sus nombres, saber de qué campo viene cada uno, saber cómo se llaman sus esposas y sus hijos, cuántos tienen, cuántas son las familias que hay en los lugares de donde ustedes vienen...

Pasaron cinco minutos antes que el primero, después de reiteradas carrasperas, arrancara y diera su nombre. Sólo su nombre, sin añadir ningún dato más de los que el cura había pedido. Después, y no sin dificultad, siguieron algunos otros, no todos. Teófilo, Alfredo, Ezequiel, Andrés, Pacífico, Florentino, Pedro... Aprovechando un momento en que creció una bola de murmullos, Jacinto le pegó un codazo a Andrés y le habló bajito:

-¿Para qué quiere nombres...? Tal vez no sea el diablo sino un guardia.

Después de aquella escueta presentación, Héctor les propuso empezar a reflexionar leyendo juntos un pasaje de la Biblia. Y buscó en la que él llevaba el sermón del monte, donde Jesús proclama las bienaventuranzas...

-¿Les parece leer ese trozo del Evangelio, estas palabras del Señor o preferirían que leyéramos otras...?

Nadie afirmó ni negó. Nadie propuso ninguna otra lectura. Y empezó a correr el silencio.

-¿Alguno de ustedes querría leerlo...?

Ninguno se movió, a no ser algunos nerviosos restregones de ojos. ni hizo el ademán de moverse. Los que no sabían leer -que eran varios- se ocultaron en el silencio y los que sabían leer hicieron lo mismo. A Florentino y a otros les vino a la memoria aquella vieja amenaza, escuchada ni sabían dónde: el que lee la Biblia se queda ciego.

-¿Ninguno quiere leer...? -volvió a la carga Héctor- ¿Qué les parece, entonces? ¿Lo leo yo y después lo comentamos todos? ¿Mejor así...?

No hubo ni aprobaciones ni desaprobaciones. Y los ojos de todos miraban a un impreciso infinito. Después de un larguísimo silencio, Héctor se decidió a leer.

-"Felices los pobres porque de ellos es el Reino de Dios, felices los mansos porque ellos poseerán la tierra, felices los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán hartos..."

Mientras Héctor leía, una cancanela llegó volando hasta la rama de un guásimo y acompañó la lectura con su canto.

-"Felices los perseguidos por causa de la justicia..."

Cuando Héctor terminó y cerró su Biblia de pastas rojas, la pajarita se fue con su música a otra parte y los dejó como los había hallado: entregados al silencio. De nuevo Héctor repitió la invitación a reflexionar en común.

-Bueno, empecemos por la primera bienaventuranza... Seguramente algo nos quiere decir Dios hoy a nosotros con esta palabra suya que hemos escuchado...

Y se detuvo. Pero no oyó más que el silencio.

-Vamos a ver... ¿Qué les dice Dios hoy a ustedes...? Si empezamos por la primera bienaventuranza, la pregunta que debemos hacernos es simple. ¿Somos pobres nosotros...? -esperó que el silencio se prolongara un poquito para repetir la pregunta de otra forma, por si acaso-. Ustedes... ¿Son pobres o no son pobres?

Nadie dijo que sí, nadie dijo que no, nadie dijo nada. Después de otro silencio, ni mayor ni menor, del mismo tamaño que los anteriores, Héctor propuso una nueva pregunta.

-La primera bienaventuranza nos habla de que los pobres son felices. Y ustedes, ¿son felices...?

Las caras de todos seguían imperturbables, con los ojos puestos en otro lado. ¿No entenderían? ¿No les interesaría el tema? Tenía delante catorce rostros con unas expresiones que no llegaba a descifrar y trataba de no desanimarse.

-¿Y cuál sería la felicidad de un pobre? -insistió- ¿Qué es lo que los hace felices a ustedes? ¿O lo que los hace infelices? ¿Qué opinan de esto, qué creen..?

Ninguno abrió la boca. Y el silencio se iba ensanchando. Sin rendirse, Héctor intentó plantearlo de otra forma.

-Bueno, vamos a suponer que sí son pobres ustedes. Esta sería la pregunta ahora: ¿Por qué son pobres ...? ¿Por qué son pobres ustedes aquí en Santa Fe?

Silencio sobre silencio, como si a todos les hubieran dado un mameyazo en el mero sentido.

-A ver... ¡A ver quién rompe este hielo! ¡Miren que si uno no habla, Dios no contesta!

Pero de nada sirvió ajocharlos, porque nadie usó la voz para decir ni mu. Sólo hablaban las chicharras pidiendo más lluvia.

Entonces Héctor se dirigió a Jacinto, confiando en que como era atrevido, tal vez él se decidía a lucir habilidades delante de sus compañeros enmudecidos.

-A ver tú, Jacinto, que dicen que eres tan hablantín. ¿Cuál es tu opinión? ¿Por qué son pobres ustedes? Tal vez si nos das alguna idea, ya podemos seguir los demás ... Levántate, Jacinto o si quieres, quédate sentado, pero dinos a todos lo que piensas. ¿Por qué eres tú pobre...?

Jacinto se puso de pie. Todo el cuerpo le temblaba y se le notaba bastante.

-Bueno, yo... Eh... Si me puede repetir la pregunta...

-Sí, cómo no. A ver, Jacinto, ¿tú eres pobre? ¿Son pobres ustedes aquí en Santa Fe?

Jacinto miró a Héctor durante un instante fugaz y después devolvió su mirada a la tierra y se fue quedando callado, encogido, callándose más y encogiéndose más hasta hundirse en el silencio y en su asiento en el tablón.

Como ya habían pasado casi dos horas y empezaba a caer la noche, Héctor Gallego se dio por vencido y agotado, concluyó la reunión.

-Recemos algo juntos para despedirnos -les propuso.

Todos se levantaron decididos y aliviados porque por fin se acababa aquel inesperado tormento del que jamás en su vida habían tenido experiencia. Héctor se puso de pie, cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos para orar.

-Dios, Padre nuestro, que escuchas al que te pega alaridos y también al que se queda callado, óyenos a todos aún cuando no hablemos y no cierres nunca tus orejas a la voz silenciosa de tus hijos mudos...

Y se quedó unos instantes callado, para que los silentes tuvieran todavía una última oportunidad de reflexión sin palabras. Por fin, cerró el encuentro con un "amén" definitivo.

-¡Amén! -corearon sólo tres.

Héctor los despidió uno a uno, estrechándoles en silencio la mano mientras se iban yendo, cada uno para su rumbo. Alfredo, el último de todos, se devolvió unos pasos cuando ya se iba y le preguntó ansioso:

-¿Y cuándo será la próxima reunión, Héctor?

-No sé, ahora no sé -le contestó muy cansado.

-Es que me gustó bastante ésta. Cuando haya la siguiente reunión, ¡no deje de avisarme!

Y sin esperar la respuesta del perplejo cura, se perdió en la noche, que encendía ya su primera estrella.

¿Cuándo hablaban aquellos hombres? Desde que tenían memoria, participaban solamente en los mismos y repetidos cruces de palabras.

-¿Cuántos días salariaste tú? -preguntaba el guachimán de los Vernaza, uno de sus capataces.

-Cuatro días estuve allá en la finca picando potreros -le respondía el campesino peón, sin mirarlo de frente y quitándose respetuosamente el sombrero.

-¿Y todo quedó limpio, ah?

-Limpio, sí -y seguía sin mirar, ahorrando palabras.

-Bueno, cuatro días son dos balboas. Entra a la tienda a elegir lo que necesites.

-No, mejor no entro. Deme usted esos dos balboas en sal y en querosín.

Y el guachimán sacaba una bolsa de sal, pesada en uno de los platillos de una balanza experta en hacer trampas. Y sacaba una botella sólo mediada de querosín. El campesino, aunque lo sabía y lo veía, no reclamaba nada y se echaba ambas compras en su mochilita.

-Y la otra semana... ¿habrá trabajo? -se atrevía a preguntar siempre al final, con voz muy baja, como pidiendo disculpas.

-No sé... No creo que haya nada para la otra semana -le respondía desganado el guachimán.

-Entonces, tal vez vengo a venderle una gallinita...

-No estamos pagando mucho ahora por las gallinas, pero tráela a ver qué...

-Con su permiso, entonces.

Y el campesino peón se inclinaba despidiéndose, se volvía a poner su sombrero de paja trenzada y se alejaba despacio, de regreso a su lejano campo, donde tampoco hablaba con nadie. ¿De qué hablar si todo era siempre lo mismo y repetido?.

Todos los campesinos de Santa Fe eran peones en las fincas de los terratenientes de Santa Fe. Sus mujeres también. También sus hijos. También sus hijas, a menudo abusadas por los caciques. Jornaleaban por día de trabajo, que era de seis a seis, las doce horas, por 50 centavos y un solo golpe de comida a mediodía, un guacho sin una hilacha de carne, muchas veces sin arroz. Las mujeres la misma jornada, pero a 25 centavos. Los niños igual, pero a 1O.

A los Vernaza y a sus amigos -los Rodríguez, los Ruiz, los Villagra, los Castrillón- los campesinos santafereños les hacían sus fincas de café en las montañas, les atendían sus cosechas de arroz y sus frijolares, les cuidaban su ganado, les picaban sus potreros.

En Santa Fe, los dueños de las fincas eran también los dueños de las tiendas y el peón trabajaba y trabajaba, pero nunca miraba dinero. Les pagaban en especie, en cantidades que variaban según lo fijaba el antojo de los caciques. Todo lo que compraban era en aquellas tiendas y todo lo que podían vender era en las mismas tiendas. A esas tiendas iba a morir su salario y también el café o el maíz que producían sus pequeñas parcelas cuando les quedaba tiempo para trabajarlas. También en esas tiendas terminaban las gallinas y los puercos que criaban las mujeres.

-Mira a ver si con el jornal de esta vez te alcanza para una telita con que hacerle un vestido a la niña. Pero escógela que esté linda...

-¿Linda...? ¡Carajo, mujer! Tú sabes que en esas tiendas sólo hay porquerías, ¡pero no hay más que esas tiendas y no hay más que esa mierda que allí venden!

Con el café era el mayor abuso. Varios meses antes de la cosecha, los campesinos empeñaban el café de sus parcelas.

-Te lo compro todo, pero a cuarenta centavos la lata.

-Es muy poco, así no le gano nada.

-Cuarenta... o cuarenta. También nosotros tenemos que ganar.

-Déme un poco más... Tal vez cincuenta...Tal vez cuarenta y cinco...

-No regatees, que eso es pecado. Mira que van a llegar las lluvias y te vas a quedar en ese rancho a oscuras, sin querosín, sin mecha y sin guaricha.

-Está bien, cuarenta.

Varios meses después los caciques-tenderos vendían las latas de café en Santiago a cuatro, hasta a seis veces más aquel precio regateado y cobrado por los campesinos en productos de las tiendas. El rito del despojo se repetía todos los años. Era tan puntual y tan fijo como el llegar y el irse de las lluvias, como el salir y el ponerse del sol. Nadie imaginaba otro mundo que aquellos potreros, aquellas tiendas, aquellos amos y aquellos precios negociados con los patrones en la rutina de la sumisión y el silencio.

-Don Alvaro, quisiera hablar con usted esta noche -le dijo Héctor una mañana, cuando salía a uno de sus largos recorridos.

-Con gusto, padre, y será tomándonos una chicha de piña que le voy a tener preparada... ¿Le provoca?

A las dos semanas de estar hospedado en casa de Alvaro Vernaza, ya Héctor había descubierto cómo funcionaba aquel repetido engranaje de los jornales pagados por los Vernaza con productos comprados en las tiendas de los Vernaza. Había descubierto que alcalde, corregidor, personero, juez y policía eran los mismos Vernaza o eran sus parientes o a ellos los servían. Ya había entendido.

La noche del encuentro entre Héctor y Vernaza estaba más fresca que de costumbre y miles de esas maripositas que nacen y mueren en las últimas horas del día golpeaban una y otra vez sus alas contra los cristales de las lámparas, atraídas y cegadas por la luz.

-¿Y qué me cuenta, padre, cómo le ha ido...?

-Entre chivo y conejo, como dicen por acá...

-Por lo que veo ha caminado usted bastante...

Alvaro Vernaza fijó sus ojos en las zapatillas de Héctor. En la derecha, el dedo gordo asomaba descaradamente por un gran hoyo abierto en la lona verde.

-Yo podría conseguirle unas buenas botas, padre. Aguantan más caminatas que eso que lleva usted puesto.

-Ellas aguantarían, pero yo no las aguantaría a ellas. Muy duras. Fui yo mismo el que le hice el hoyo a esta zapatilla con el machete...

-¿Anjá..? ¿Le molesta seguramente un sietecueros?

-No, es un simple uñero. Aunque lo curo me vuelve a salir. Abriéndole esa ventanita al zapato duele menos...

-Bueno, al menos no calza usted cutarras y se compró algo más civilizado para ese trabajo suyo, que parece ser sólo caminar y caminar... Supe que llegó o quiso llegar hasta Gatú. ¡Son ganas! Y ya ni la mula me pide que le aliste...

-Es que ya comprobé que yo camino mucho más ligero que la bestia. Y para llegar a estos campesinos tan regados no queda de otra que caminar, ir a buscarlos donde ellos están...

-Acláreme una cosa, padre, acláreme algo que me vengo preguntando cada mañanita cuando lo veo salir de aquí de mi casa. ¿No sería más educativo y hasta más religioso que ellos vinieran a buscarlo a usted? Ahí se pondría a prueba su voluntad de estar a bien con Dios.

-Pero yo no vine aquí a hacer pruebas...

-¿Y a qué vino, padre...?

Alvaro Vernaza miró fijamente a Héctor Gallego, escudriñando con desconfianza aquel par de ojos miopes que enmarcaba la negra y gruesa montura de los lentes. Héctor le sostuvo la mirada, pero no le respondió.

-Bueno, bueno, cada quien sabe lo que carga en su chácara... ¿Más chicha, reverendo...?

-Sí, un poco más, está muy buena.

Héctor jugó con el vaso unos minutos, mientras se mecía pausadamente en el sillón y después de un rato retomó la conversación interrumpida por las desconfianzas.

-Pues ya ve, don Alvaro, yo también vengo haciéndome algunas preguntas... Y al menos, ya creo tener respuesta para una.

-Entonces, le escucho. La pregunta y la respuesta. Dígame.

-La pregunta es dónde puedo yo vivir para hacer mejor mi trabajo. Y la respuesta es que debo vivir donde hago mi trabajo. Así que yo le agradezco muchísimo su hospitalidad y todo lo que aquí he aprendido y ...

-¿Qué me quiere usted decir, padre?

-Que en lugar de vivir fijo aquí en el pueblo, en su casa, mejor vivo en los campos y con los campesinos en sus ranchos. Como voy de un lado a otro, será mejor que coma y que duerma en donde me agarre la noche o la hora del guacho...

-Pero...¿qué está diciendo, padre Gallego? -Vernaza no lograba disimular su inquietud- ¿Cómo un sacerdote de Jesucristo va a andar por ahí como un judío errante? ¿Es que usted no se da cuenta que eso es una ofensa a Dios?

-No, don Alvaro, a Dios le ofenden otras cosas...

-Pero, padre, estos campesinos nunca tienen los tres golpes de comida y no es que les sobren camas para invitarlo a usted a dormir con ellos... ¡Ni suelo de tierra les sobra en esos ranchitos! Usted no va a estar cómodo, se va a enfermar, se va a enflaquecer más de lo que está...

-Por eso no se preocupe, yo nací en el campo y estoy acostumbrado. Estoy seguro que un techo y al menos una yuca hervida nunca me van a faltar....

-¿Y si ni siquiera eso tienen ellos para dárselo a usted...? Sin quererlo, usted los va a humillar...

-No creo, ellos ya están muy humillados por otras razones.

-Tal vez lo hace usted, padre, por darles un ejemplo de sacrificio, pero le advierto por experiencia que con esta gente, el que se mete a redentor sale crucificado.

-No, no es eso, yo...

-Mire, padre -le cortó Vernaza-, usted está lleno de nobles sentimientos, pero ellos no agradecen. Ya tendrá ocasión de comprobarlo.

-Don Alvaro, yo no lo hago por sacrificio ni porque me agradezcan nada, yo lo hago porque quiero hacerlo, porque me gusta.

Alvaro Vernaza lo había acosado por todos lados, tanteando el terreno. Se sentía importunado y también molesto. Después de un rato tratando de escarbar en silencio las intenciones del cura y viendo que Héctor volvía a sostenerle la mirada con sus débiles ojos miopes, buscó apoyarse en el sagrado peso de la tradición.

-Eso de andar vagabundo y entre esa gente va a estar muy mal visto aquí en el pueblo. Yo le aconsejaría, por el bien de todos, que no fuera usted contra las costumbres...

-Yo no voy contra nada... Yo voy a favor de un cambio.

-¡Un cambio! -Vernaza alzó la voz algo alterado-. Pero si son ellos, esa gente de monte, la que no quiere cambiar.

-¿Usted cree..?

-No es que crea, estoy seguro. Esos montunos no quieren cambiar, no tienen voluntad. Y es por eso, ¡apréndalo de una vez por todas, señor cura!, es por eso que aquí no va a cambiar nada. ¡Nada!

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Agosto 2006