-No Alfredo, mejor no lo quemes, eso alimenta el suelo...
-¿Esos bruscales nutren? -dijo Alfredo con gesto incrédulo.
-Claro, hombre, cuando se descompone todo eso enriquece la tierra.
-¡Concho! No lo sabía yo.
Y siguieron tumbando monte juntos. Héctor Gallego había dejado a un lado las reuniones para trabajar seguido a la par de los campesinos en sus pequeñas parcelas. Ellos, aunque recelosos y sorprendidos por la novedad, se fueron habituando a verlo llegar a esta comunidad o a la otra en el momento menos esperado, listo el machete para ayudarlos en sus tareas. Rajaba leña, cargaba piedras, bloques y cascajos, socolaba, sembraba y hasta los ayudaba a componer algo sus ranchos, aunque mantenerlos en pie era hazaña de titanes. Tan desbaratados estaban.
-¿Por qué andará en todo ese trajín si él es padre? -se preguntaban.
-El dice que también es campesino. Así le explicó a la Quila, que él había nacido en el campo y que es muy traqueado en las cosas de la tierra y que anduvo años temperado en... en un semillario, pero que ahora, a Dios gracias, ya estaba de vuelta pa'l monte.
-Pa' mí que este cura lo hace buscando conversa con nosotros.
Sin embargo, aquella conversa entre Héctor y los campesinos era aún muy escasa. Reinaban los silencios, alimentados por siglos de una desconfianza que había criado raíces más gruesas que las de los macanos.
-¡Hey, Andrés! -lo saludó ya a lo lejos Héctor, al acercarse aquella mañana a su alejada parcela.
Venía a ayudarlo a levantar un cerco que defendiera uno de los débiles costados de su rancho y a la vez impidiera que las dos vacas del campesino se salieran a pastar y terminaran en manos de los Vernaza. Era ésa una de las mañas con las que los patrones acostumbraban a acrecentar su ganado.
-¿Cómo estás, Andrés?
-Aquí, trabajandito.
-¿Llego a tiempo?
-A tiempo llega.
-Entonces, ¿qué? ¿Empezamos con el cerco?
-Usted manda.
Y empezaron a trabajar. En silencio. Lo primero era ir a acarrear las piedras al costado de una montaña donde abundaban e irlas acercando al rancho para luego colocarlas y armar con ellas la muralla protectora.
A media mañana el cerco ya iba agarrando altura. Para entonces, el esfuerzo y el calor sofocante los hacían sudar a chorros y tenían a Héctor con la camisa rasgada a la altura de los sobacos. Una de las mangas le guindaba casi desprendida.
-Quítese esa cosa, padre, se le va a arruinar más... No le dé pena -le propuso Andrés.
Después de alguna resistencia, Héctor se sacó la camisa y la colgó de una rama. Era ya un trapo destinado a vestir a un espantapájaros. Siguieron trabajando. Al cerrar tres horas seguidas de bregar con las piedras, se recostaron contra el cerco, ya casi terminado. Estaban dándose un respiro cuando sintieron a alguien venir, atravesando en carrera los potreros en dirección a la parcela. Al acercarse vieron a un muchacho, flaco como una estaca. Llegaba buscándolos, empapado en sudor y con los alarmados ojos de los mensajeros de emergencias.
-¿Usted es "Herto"? -le preguntó a Andrés, frenando en seco y calculando que si uno de los dos era un cura, como le habían advertido, debía ser el vestido y no el medio desnudo.
-No, Héctor es él -y Andrés señaló al descamisado.
-¿"Herto" es usted...?
-Si no me han cambiado, ése mismo soy yo.
-¿El que es un cura?
-No hay otro. ¿Qué es lo que quieres?
-Mire, don "Herto", traigo un mandado: la niña del señor Anselmo y de la señora Inés tiene la peste de la jinchazón, está toda entumía y dicen que usted vaya onde ella a ponerle las manos de la bendición antes de que se muera.
-¡Otra vuelta esa maldita peste! -se quejó abatido Andrés.
-¿Y dónde está la niña enferma...?
-En un campo largo de aquí. Como a dos horas por lo menos. Usted, "Herto", ¿no tiene bestia?
-No, yo ando más ligero sin mula. Y seguro a ti te pasa lo mismo. ¡Así que vámonos! ¡A ver si llegamos a tiempo!
Cuando ya echaban a correr, el muchacho se detuvo, agarró al cura por el brazo y lo obligó a frenar.
-"Herto", ¿y usted va a ir así, desnudo?
-Llévese mi camisa, que le queda, la suya ya es un guirindajo y si la visita es por un duelo.... -le recomendó Andrés.
Héctor se puso la camisa de Andrés, completamente empapada en sudor y con costras de lodo ya seco por toda la espalda. Y echaron los dos a correr, mientras Andrés los despedía, hablando consigo mismo, deseándoles suerte. Muy pronto se perdieron en la raya del horizonte, cada vez más ligero el paso, buscando cómo ganarle tiempo a la muerte, que desde la otra esquina venía también corriendo en la misma dirección.
Cuando se iban acercando al rancho de Anselmo, colgado en la punta de una loma, le extrañó a Héctor que habiendo allí una enferma se mirara todo tan solitario. ¿No se reunían los vecinos cuando había un doliente? ¿Habría muerto ya la niña? ¿Se habría curado?
-Lo que pasa -le dijo el muchacho- es que lo único que sabemos de esa peste es que se pega y nadie se quiere acercar.
-¿Y a mí no se me pegará? ¿Qué crees tú? -le preguntó Héctor.
-A usted no, don "Herto". A los padres no se les pega nada malo porque Dios les pone un cerco.
Llegaron por fin. Héctor entró al rancho, aún agitado por lo apresurado de la caminata. En un rincón, sobre una tabla que hacía de mesa, estaba una niña de unos ocho años, la cara y la panza hinchadas visiblemente, los ojos cerrados, la piel muy pálida. Se quejaba sin fuerzas. Su madre le pasaba un trapito húmedo por la frente, mientras la que debía ser la abuela o, por viejísima, la bisabuela, le enrollaba y le desenrollaba un rosario en el pie derecho, en el izquierdo, en el derecho...
-¿Usted es el padre Héctor?
-Sí, yo soy.
-Yo soy el papá de la niña. Ella se nos agravó anoche. Se alentó al amanecer y hasta pidió de comer, pero casi no teníamos para darle, y ya luego se le metió otra vez la calentura en el cuerpo y mírela... Ahora está más pior, por eso le avisamos.
-Así es con esta peste, va y viene, viene y va -dijo la vieja sin mirar a nadie y sin moverse, concentrada en los enredijos con el rosario y en sus rezos.
-¿Le han dado algún remedio?
-El curandero dice que para esto no hay cura. No tenemos nada...
-Tenemos la fe -rectificó la anciana, que esta vez sí se volvió a Héctor y hasta se levantó y se le acercó. Cuando lo tuvo enfrente le fue tanteando los anteojos, siguiendo con cuidado y con sus dedos temblorosos la forma de los aros. Estaba casi ciega. Después de tocarlo volvió a su silla y a su rosario.
-Escuché decir que por Santa Fe anda estos días un doctor. Tal vez él conozca este mal y tenga algún remedio para aliviar a la criatura -comentó Héctor, en medio de un silencio cargado de fatalismo.
-Pero Santa Fe está muy lejos... Por lo menos son tres horas.
-Yo la puedo llevar hasta allí.
-¿Usted? -replicó el padre de la niña-. ¿Cómo? No tenemos cañizo pa' llevarla cargada y yo no puedo dejar sola la casa. Acá onde uno el vecino no ayuda.
-No importa, yo la llevaré cargada a la espalda... Sólo que me la amarren un poquito para que se me sostenga y ella vaya segura.
-Pero esa niña pesa y va privada por la fiebre...
-No importa, yo puedo con ella...Si ella resiste, yo resistiré.
Anselmo miró a Héctor de arriba a abajo. ¿Resistiría aquel hombrecito tan menudo?
-Si queremos llegar a Santa Fe antes de que oscurezca, ¡es ya que tenemos que salir! Prepárenla y ayúdenme a colocármela en la espalda, que no se me escurra -les metió prisa.
El padre y la abuela se pusieron en movimiento para acomodar a la muchachita tal como el cura les pedía.
-¿Se curará...? -la madre agarró con ansiedad las manos de Héctor.
-Dios sabrá, Dios ha de querer. De nuestra parte, que no quede nada -trató de consolarla él mientras le acariciaba el enredado cabello grasiento.
Cuando ya estuvo lista la niña, Héctor tomó un vaso de agua que le ofrecieron y se despidió sin palabras y con una sonrisa que trataba de inspirar confianza.
Los vieron salir, los vieron alejarse, los vieron perderse en la distancia hasta que las nieblas de aquella tarde brumosa se espesaron y los borraron de su vista.
Muy pronto corrió por todos los ranchos vecinos la noticia de que el padre Héctor se había llevado a la enferma hasta Santa Fe. Alejado ya el miedo del contagio y atraídos por el deseo de comentar lo que el cura había dicho y hecho -quién iba a imaginárselo-, el rancho de Inés y de Anselmo se atestó de vecinos. Querían saber quién había tomado la decisión...
-Jue "Herto", de su persona salió -expuso con orgullo el niño que lo había guiado hasta el rancho.
Querían darse cuenta de lo que había dicho el padre y lo que podían esperar: si una curación o si un milagro o si la jodida muerte... Querían saber cuánto tardaría en llegar a Santa Fe, cuál era el remedio que si acaso allí le darían, cómo colocaron a la niña para que hiciera el viaje...
-Se la encaramamos al lomo, la llevaba así, aguanchinche. Parecía esa estampita en que pintan al Señor cargando una oveja -contó la abuela, que no paraba de repasar entre sus dedos semejantes a raíces las semillas de lágrimas de ángel de su gastado rosario.
Al rato, la espera empezó a resultar muy larga pero, compartido entre tantos, el peso del tiempo se hacía más liviano. Hacía ya bastantes lunas que aquella gente, habituada a las distancias y por eso a la soledad y a los silencios, no se encontraba ni tan cercana ni tan unida ni intercambiando tantas historias.
Cayó la noche y nadie se movió de allí. Sin acordarlo, habían decidido estar juntos hasta tener alguna noticia, hasta saber quién había ganado la partida de dominó: si la muerte o si la vida. Algunos se adormilaron, otros rezaban ordenadamente los santos misterios del rosario, dirigidos por la abuela. Otros salieron fuera. El calor era agobiante con tanta gente junta en un lugar tan mínimo.
Serían las nueve o las diez de la noche -ya habían cantado los primeros cocoritos- cuando Fermín, que andaba de vigía en los límites del potrero, dio la voz de aviso.
-¡Ahí vieeenen!!
Todos corrieron en dirección a la sombra difusa que venía acercándose al rancho rompiendo la negrura de una noche sólo iluminada por un leve trazo de luna.
Anselmo fue el primero en llegar. La niña venía pegada a la espalda del cura, los bracitos le colgaban a un lado y a otro como dos juncos quebrados...
-Se me murió en el camino, casi llegando ya a Santa Fe... Se me murió -repitió extenuado Héctor, mientras con gran cuidado empezaba a separar de su espalda el cuerpecito sin vida de la niña para entregárselo a su padre.
Desde hacía doce horas había estado corriendo sin descanso por el laberinto lodoso de aquellos campos, tratando de salvarle la vida a una niña de la que no sabía ni el nombre. Había corrido con más prisa que nunca antes en toda su vida para ganar. Y había perdido.
-Se me murió -volvió a repetir, cada vez más triste.
Y después de darle un beso en la frente ya helada, se la entregó a su padre. Su madre se acercaba sin fuerzas para correr, a tropezones. Los vecinos hicieron una rueda en torno a la tragedia y las mujeres empezaron a rezar.
Al amanecer la enterraron. Todos se reunieron alrededor de su tumba. La abrieron al pie de un viejo árbol de naranja.
Hay acontecimientos que nacen de donde nadie esperaba verlos nacer. Eso sucede sólo en algunas ocasiones. Fue el caso de la niña muerta en El Tablón.
Un par de semanas después del velorio, Héctor se decidió a invitar a los campesinos a otra reunión de reflexión bíblica. Lo hizo no sin temor a enfrentarse una vez más -¿cuántas ya?- a los conocidos y hondos silencios apabullantes que tanto lo desconcertaban. Pero terco, como buen hijo de su padre, quiso desafiar de nuevo su escasa paciencia, muy probada ya en los meses que llevaba trabajando en Santa Fe.
Pasó por varios campos avisando. Ya todos lo conocían y aunque las mujeres continuaban esquivándolo cuando lo veían llegar y se escondían tras la letrina o tras el fogón, más mudas aún que los hombres, también ellas se habían ido acostumbrando a su presencia.
La reunión fue, como otras veces, en El Carmen. Esta vez llegaron más. Bajo el techo de pencas hubo lugar para todos. Se saludaron, se estrecharon las manos, se acomodaron.
-Hoy yo quisiera -dijo Héctor para empezar- proponerles que en lugar de leer las páginas de la Biblia y de ahí arrancar, leyéramos en las páginas de la vida, en el libro de nuestra realidad... Que reflexionáramos sobre lo que aquí pasa, lo que les pasa a ustedes... ¿Les parece?
Se hizo el temido silencio. Avemaría, ¿otra vez? ¿Hasta cuándo, Dios mío? ¿Sería que no habían entendido bien?
-Les propongo -recomenzó- que pensemos entre todos en lo que ocurrió hace un par de semanas con Clarita, la niña que se nos murió en El Tablón. Que hablemos sobre eso... Quiero saber qué opinan ustedes, qué piensan de ese hecho... ¿Por qué murió Clarita?
El silencio de siempre reinó durante unos largos minutos. Después empezaron a escucharse unos murmullos que crecían, cada vez más prometedores, como cuando estalla la presión del bochorno y rompe por fin a llover.
-La niña se murió porque agarró una peste que no tiene cura y el que agarra esa peste que no tiene cura está muerto -se levantó a opinar Alfredo, cuidando de pronunciar muy bien cada una de las palabras.
-Dios lo dispuso, fue su voluntad -remató Herminio, pero sin levantarse.
-¿Y será que no hay cura para esa enfermedad o será que nosotros no conocemos esa cura? -volvió a preguntar Héctor, dejando lo de la voluntad de Dios para otro momento.
Después de un par de minutos llenos del conocido silencio, Sebastián habló:
-Nosotros no sabemos si haya o no cura para esa peste, pero no podemos conocer la cura porque no somos doctores. No estudiamos nosotros para médicos.
Y antes de que se sentara Sebastián, ya estaba levantándose Jacinto, como impulsado por un resorte.
-Si me lo permite, Héctor, yo soy el que quisiera preguntar. ¿Y de qué nos hubiera servido conocer el remedio si en el campo no venden ninguna medicina? -tragó en seco y continuó- ¿Y si aunque la vendieran, no tenemos nosotros dinero para comprarla?
Héctor sonrió aliviado, disimulando la risa que tenía a flor de boca. Se levantaron varios a hablar. Clarita ya había nacido medio aguada y por eso no resistió la peste. Clarita comía poco porque en su campo nadie tiene nunca los tres golpes. Los padres de Clarita no supieron cómo cuidarla porque eran pobres y los pobres no saben y los pobres no pueden y los pobres no tienen... Después de un buen rato de acalorados y muy desordenados alegatos, intervino Héctor.
-De eso hablábamos hace un tiempo y aquí mismo -recordó-. De que somos pobres. Tal vez ahora podamos responder a la pregunta que nos hacíamos aquel día. Como hoy los veo con la lengua que les pica por hablar, voy a repetir aquella misma pregunta: ¿Ustedes son pobres?
Todos asintieron con las palabras, con los gestos.
-Está bien, de acuerdo. ¿Y por qué son pobres ustedes?
Poco quehacer encontró ya el silencio.
-Unos son pobres y otros no lo son. Es así porque así es -dijo Alfredo riéndose-. Y aunque todos nacemos encueros, hay diferenciación: unos nacen con estrella y otros nacemos estrellados.
Y se sentó riéndose más.
-Es cierto -dijo Manuel-, es el destino. Lo que está pa' ti nadie te lo quita. El que está pa' rico, hasta por la gotera le entra la plata.
-Y el que está pa' pobre -completó Hilario-, cuando se encuentra una cutarra, ese zapato no tiene cueros.
-¡Así es la cosa, señores! -buscó reiterar Alfredo-. Dicen que cuando la caca se venda, ¡los pobres naceremos sin cu...!
-¡No seas lengüisucio! -trató de remediar la impertinencia el más viejo, pero todos se rieron y Héctor con ellos.
Por fin. Por fin se había quebrado el silencio y llovían palabras, opiniones, argumentos. Llegó un momento en que Héctor se limitaba a observar y ellos opinaban y entre ellos se discutían, se preguntaban y se contestaban...
-Bah, somos pobres porque no hemos estudiado.
-¡Ah, caramba! ¿Y entonces por qué el maestro de la escuela, que sí estudió y estudió bastante, también es pobre?
-Tal vez es que tiene muchos hijos y ya sabemos: casamiento de pobres es fábrica de encuerados.
-No, tal vez ese maestro se gasta todo el salario en la cantina...
-¡Eso, eso! ¡Eso es lo que yo quería decir! ¡Somos pobres porque somos borrachos!
-¿Y Alvaro Vernaza no toma, ah, no se juma él, ah? ¿No se echa él sus buenos tragos, que hasta dicen que al final de una parranda ese tipo anda en cuatro patas? ¿Y es pobre acaso Vernaza? ¿Pasa alguna necesidad ese borrachón o es un suertudo? ¿Y sus guachimanes? ¿Será que esos jodidos no toman guaro? ¿Y les va mal a ellos?
-¡Basta! -gritó con todas las ganas Patrocinio-. Estamos saliéndonos de la trocha. La verdad es que Dios ha dispuesto pobres y ha dispuesto ricos.
-¡No hablamos ahora de Dios, viejo, sino del chirrisco!
-Miren, a mi entender, aunque uno beba todo el chirrisco del mundo, si trabaja termina saliendo de pobre, pero nosotros somos flojos para el trabajo.
-Eso sí es cierto. La pereza es la llave de la pobreza, decía mi abuelita.
-Así es, es así...
Casi todos asintieron y volvió a adueñarse del mundo un silencio pesado, como con cáscara. Lo rompió Juan Toribio a gritos.
-¿Flojos? ¡Lo que hay que oir! Desde pelaos hemos salariado doce horas al día... ¡Y somos flojos!
Todos volvieron a hablar, a quitarse las palabras como tesoros recién hallados. Todos querían hablar. Héctor trataba de poner orden para que se escucharan unos a otros. Se echaban la culpa por ser pobres, se quitaban la culpa, se la echaban a otros... No quedó claro y definitivo para ninguno cuál era exactamente la causa de su pobreza: barajaron muchas cartas sobre la mesa del juego, algunas les quedaron ocultas, pero al final, a todos les pareció interesante la partida.
Cuando aquella noche Alfredo llegó a su rancho, alumbrado sólo por el rastro que van dejando los cocuyos, Aquilina lo esperaba impaciente.
-¡Ve la hora que es, ombe! ¿Qué estaban haciendo en tanta reunión, ah?
Alfredo no le contestó, no hizo un solo gesto, como si no la oyera y después, profundamente concentrada su mirada en un punto fijo que a saber dónde estaba, agarró por los hombros a Aquilina y la fue llevando así, prensada, poco a poco, hasta sentarla en el tahurete. Sin soltarla, le dijo mirándose a sí mismo en los ojos color carbón de su mujer:
-¿Por qué, Aquilina? ¿Por qué...?
-¿Por qué qué...? ¿Qué es lo que dices?
-Aquilina.... Aquilina, ¿no será que nosotros somos pobres porque ellos son ricos? ¿No será eso, Aquilina?
Aquilina lo miró también fijamente y hasta risa le dio verle aquella cara de mono asustado que se le había puesto.
-¿No será que tú te estás volviendo loco, viejo?
-No, vieja, es que estoy aprendiendo a pensar.
Ya habían aprendido a pensar bastante y seguido los campesinos santafereños, cuando comenzó a desplegarse por todo el país, también por la remotísima Santa Fe de Veraguas, la campaña electoral del año 1968. Cada cuatro años, el asunto se planteaba como si fuera tienda, como si fuera trueque: yo te compro el voto y algo te doy a cambio. Los políticos prometieron darle a Santa Fe la carretera que los uniría con Santiago.
-Ver para creer -dijeron todos los incrédulos, cuando se enteraron de la promesa, repetida desde hacía nueve años, uno sobre el otro.
-La intención es lo que cuenta -alegaban los que en la cabecera aún conservaban un rescoldo de confianza en los políticos o les debían algún favor.
Pero como la carretera era tamaña obra y para cuándo iba a estar lista, si es que lo estaba alguna vez, uno de los Arrocha, gran amigo de los Vernaza, que andaba comprando votos, decidió traerles a los santafereños por adelantado un regalo más pequeño que la carretera.
-¿Y qué es ese tambucho? -dijeron en Santa Fe al ver llegar el aparato amarillo.
-Es una planta eléctrica -les explicó a los que se reunieron para ver la novedad, uno de los guachimanes de Alvaro Vernaza-. ¡Es la electricidad, es la civilización! Ya vayan olvidándose de sus guarichas y del querosín... ¡Llegó el progreso!
Y el otro guachimán completó la idea con tono de discurso:
-Con lo que queda una vez más demostrado y corroborado ante esta ciudadanía santafereña que... ¡Veraguas necesita a César Arrocha!
Algunos repitieron la consigna, mientras un campesino de los que habían aprendido a pensar le decía por bajo a su compadre:
-¡Va a ser! ¡Ese Arrocha es el que nos necesita a nosotros!
Los discursos de bienvenida a la planta eléctrica fueron encendidos y demasiados. Pero estaba tan destartalada, tan herrumbrosa y fea aquella Caterpillar que casi nadie podía creer que de su vientre saliera alguna vez la luz eléctrica que Santa Fe no había conocido desde su fundación por los españoles hacía cuatrocientos once años.
Tal vez fue porque se veía a las claras que era una chatarra disfrazada de regalo y sacada a la carrera de algún ingenio de los amigos de Arrocha. Tal vez fue la inconformidad porque "carretera o nada y no esta chambonada", como reclamaron algunos. O tal vez fue la rebeldía, que se incuba y ¡suás! nace. El caso fue que una mañana la planta, resguardada hasta el día de su inauguración en un almacén de los Vernaza, amaneció más arruinada de lo ruinosa que era ya al llegar. En la madrugada alguien le quemó los alambres y quedó inservible. ¿Quién lo hizo? ¿A quién responsabilizar del sabotaje? Nunca se supo. Así quedó iniciada la campaña electoral en Santa Fe de Veraguas. Y terminó peor.
-Por dicha lo encuentro, padre Gallego. ¿Cómo está usted?
-Aquí me ve, de compras en su negocio...
Alvaro Vernaza se quitó su habitual sombrerón para saludar al cura. Lo encontró por la mañana en una de sus tiendas, comprando sus famosos tenis de dos balboas. Esta vez los había elegido rojos. Así camuflarían mejor el lodo pegajoso de los interminables caminos de tierras coloradas que no se cansaba él de recorrer.
-¿Y su uñero, ya se le compuso?
-Qué va...Ahora mismo voy a cortarme el zapato para abrirle paso. Ahí sigue, en el lugar de siempre. Usted tenía razón: aquí no cambia nada -le dijo riendo.
-Cuando acabe su compra, padre, lo invito a pasar por mi casa un momento. Es importante.
-Ahí llego. Sólo entro un momento en casa de doña Rosa. Está de necia con que le dé los santos óleos. Dice que se va a morir, pero yo creo que esa señora nos entierra a todos. ¡Ahí llego!
Hacía ya bastante tiempo que Héctor Gallego no llegaba por la casa de Alvaro Vernaza, mucho más que no se sentaba a platicar con él. Los días volaban yendo y viniendo de un campo a otro y el domingo, cuando decía la misa en el pueblo, en la planada al aire libre, no se encontraban.
-¿Por qué no lo veo ya en la misa de los domingos, don Alvaro...? -le preguntó Héctor frente a la infaltable y humeante taza de café con que Vernaza lo volvía a recibir.
-Verá, padre, yo no estoy de acuerdo con una misa así, a campo abierto, sin un templo. Me parece que eso es ofender la misa, tenerla en menos.
-Ya le he dicho, don Alvaro: primero vamos a levantar la Iglesia con la gente y después levantaremos el templo con ladrillos.
-Está bien, levante usted lo que quiera, pero si le soy sincero, reverendo, con templo o sin él, no me agrada mucho el modito de relajo que se está imponiendo en este lugar. En esas misas cualquier vago se atreve a hablar, ahí sacan los guitarrones y charrasquean lo que se les antoja y cantan desafinando de lo lindo y... Usted me disculpa, pero... ¿eso es una misa?
-Una misa es compartir, es participar. Está llegando más gente que nunca y los que llegan participan.
-Los que llegan... Están llegando más elementos de los campos, pero cada vez aparecen por sus misas menos personas del pueblo. No se engañe, padre. Se escuchan muchas cosas... Y ya sabe usted que aunque el bochinche va mezclado con la verdad, hay verdad en lo que se habla...
-¿Qué me quiere usted decir, don Alvaro?
-Quiero decirle, por si no lo ha sabido ya, que lo ocurrido durante las elecciones aquí en Santa Fe se ha comentado en todo Panamá. Primero quemaron la planta eléctrica y después boicotearon las elecciones. ¡Sopetearon las urnas! ¿A dónde vamos a parar? Es una vergüenza nacional que en Santa Fe no hayan podido celebrarse las votaciones por esos relajos... En este país nunca sucedió algo semejante. ¿Qué clase de ciudadanos está usted formando en esas sus reuniones, padre?
-En mayo, cuando las elecciones, yo no estaba aquí en Santa Fe. Estaba en Santiago, y usted lo sabe...
-Y tampoco estuvo usted aquí cuando lo de la planta... Sí, ya sé, ya sé... Pero estuvo antes y... tal vez sembró la idea y llega después y recoge la cosecha de toda esa insolencia. Padre, un ciudadano que bota una urna en un camino y que la patea es capaz de dar patadas a esa madre que es su patria. ¡Es capaz de botar a su patria en la ignominia!
-¿La patria..? A veces me pregunto qué idea de patria tendrán los campesinos...
-Se lo pregunta porque ésta no es su patria, usted no es panameño, no debe olvidarlo.
-No lo olvido. Estoy aprendiendo a serlo -Héctor trató de cambiar el giro de la plática con tono jovial-. Y como primer paso, ya puedo asegurarle que el café panameño es supremamente superior a cualquier tinto colombiano que este servidor haya probado en toda su no tan larga existencia -hizo una pausa para saborearlo, a pesar de que le abrasaba la lengua-. Bien... ¿era eso lo que me quería usted decir?
-No, no era eso...Además, no quiero hablar más de las cosas deplorables que han ocurrido en Santa Fe. No quiero mirar al pasado, sino al futuro. Quería hablarle de la situación general de este país, que aunque no es el suyo, es el país en el que usted trabaja... Ya ve lo que ha sido el resultado de estas últimas elecciones. Hay mucha inconformidad con el nuevo gobierno. Con ese hombre de presidente, ¿a dónde vamos? ¡Al caos! En la Guardia Nacional saben cómo frenar esa catástrofe y están decididos a hacerlo, cueste lo que cueste... Mi primo me ha hablado, me ha prevenido... Vienen cambios importantes... No sé si le hablé alguna vez de mi primo.
-No...¿Quién es su primo?
-El teniente coronel Omar Torrijos Herrera. Nosotros somos Vernaza Herrera, nuestras madres eran hermanas.
-Omar Torrijos... Sí, ya oí ese nombre alguna vez, se lo he escuchado a los campesinos...
-Omar estuvo por aquí hace unos años, cuando la Guardia Nacional tuvo que enfrentar a un tal Polidoro Pinzón y a otros subversivos que se alzaron de locos ahí en el Cerro Tute. Una pandilla de comunistas pro-cubanos. Omar acabó con ellos.
-Sí, ya recuerdo... Algo he oído contar.
-Pues olvídese de los cuentos y quédese solamente con el nombre de mi primo Torrijos. Apréndase ese nombre, reverendo, y prepárese. Ya verá cómo van a cambiar las cosas en este país. ¡Ahora vamos a ver si como roncan duermen!