Alvaro Vernaza estaba bien informado. En octubre de 1968, la Guardia Nacional panameña dio un golpe de Estado y se hizo con todos los enmarañados hilos del poder. Los Estados Unidos de América lo celebraron y el recién elegido Presidente, Arnulfo Arias, que acababa de tomar posesión de su cargo, tuvo que salir corriendo al exilio. Ni los partidos políticos -muy débiles- ni el pueblo -muy decepcionado de los partidos políticos- hicieron gran resistencia a los militares.
Después de unos meses de reacomodos, vaivenes, turbulencias y serruchadas de piso, quedó al frente del nuevo poder uniformado el Teniente Coronel Omar Torrijos Herrera, muy pronto General y máximo dirigente de la "revolución" panameña. Desde la primera hora, Torrijos entregó los servicios de inteligencia a una ficha, a un hombre en el que confiaba demasiado: Manuel Antonio Noriega, para ese momento valioso confidente e insustituible cancerbero de una instancia superior, que confiaba en él ciegamente: la CIA.
-¿Estamos claros, ah? División del trabajo. Así funcionan estas cosas -aclaró de un tajo Noriega a Torrijos-. Tú escuelizas y telefonizas el país y yo me ocupo de los garrotazos, ¿okey?
Todos los trabajos, divididos o no, iban a ser necesarios. El gobierno derrocado no tuvo apoyo efectivo, pero el nuevo gobierno empezaba con casi ningún apoyo. No gozaba de autoridad, carecía de control y no contaba con bases. Los militares estrenaban su poder parados en el endeble borde de un edificio construido sobre arena. Desde el primer día consolidarse fue su meta y su obsesión.
Para aquel tiempo, también andaba obsesionado Héctor Gallego con consolidar lo que ya había conseguido, no sin dificultades.
-¿Que los santafereños son mudos? ¡Naranjas! Sólo es cuestión de tiempo... Y si no lo creen, les digo que trabajen con ellos, que los organicen, que les den participación... ¡y después me cuentan!
Para aquel tiempo, se había formado en la diócesis de Veraguas un equipo de evangelización con varios curas, con algunas religiosas y algunos laicos. Apoyaban los cursillos de capacitación social en Santiago, el trabajo parroquial en San Juan, andaban en los cursos que se organizaban en San Francisco o en Atalaya, llegaban hasta Las Palmas, preparaban la instalación de Radio Veraguas, andaban para arriba y para abajo conociendo y coordinando las más diversas tareas.
También empezaron a colaborar con el trabajo que Héctor estaba desarrollando. Pero, ¿de Santa Fe podía salir algo bueno? Era fama indiscutible que los campos de Santa Fe de Veraguas eran un macondo sin redención. Como arar en el mar. Como agua en canasto. Héctor Gallego trataba de convencer al equipo que con el tiempo y empeño también allí se podía. Trataba de entusiasmarlos para que fueran por los campos, reunieran a la gente y la pusieran a pensar y a hablar...
-Y cuando estos campesinos empiezan a hablar -les decía Héctor- ya nadie los para. ¡Ya son caballos que no quieren espuela!
La propuesta de Héctor al equipo fue sólo una: multiplicar las reuniones para despertar de prisa al mayor número de gente.
-No nos sobra tiempo -los provocaba, con la autoridad que le daba ser coordinador del equipo.
De aquel encuentro con el equipo, Héctor Gallego salió más acelerado aún. Reunió a los campesinos con los que trabajaba más de cerca.
-Los estoy invitando a una reunión especial -les dijo-. Será una convivencia en San Francisco.
-¿Y qué es una convivencia? -le preguntaron curiosos.
-Es una reunión de reflexión mucho más interesante que las que han conocido hasta ahora. Ya están maduros para ella. ¡Y al que madura, Dios lo ayuda! Es una reunión más larga: desde el viernes hasta el domingo.
Se quedaron asombrados, sorprendidos de una reunión que durara tanto.
-Saldremos en la mañana del viernes caminando hasta San Francisco y regresaremos el domingo ya noche.
-¿Y en dónde vamos a dormir? -le preguntaron.
-Allá hay lugar para todos, eso no es problema.
-¡Cónchole! ¿Y no será problema estar pensando tanto tiempo, no se cansará demasiado el cerebro?
-No, no se cansa. El pensamiento es como el arroz: si no se menea, se arruina.
Y así fue como empezaron las convivencias de los fines de semana.
La caminata hasta San Francisco era de cinco horas por lo menos de ida y otras cinco de regreso. Pero aunque era agotador, todos querían ir. Naturalmente, las convivencias no suprimieron las otras reuniones ya programadas para la semana. Reunión el lunes en La Montañuela. Reunión el martes en Piedra de Moler. Reunión el miércoles en Corotúes, el jueves en Tute Arriba y el viernes en Tute Abajo. Y salir de allí a mediodía, al acabar la reunión, para una nueva convivencia en San Francisco.
En las reuniones leían la Biblia los que sabían leer. Y aprendían a leer los que no sabían. Hacían preguntas y ensayaban respuestas en las reuniones. Aprendían a pensar, a debatir y a disentir en las reuniones. Reuniones en abundancia.
-¡Marrumancias! Esto ya es un vicio. Reunión arriba, reunión abajo ¡y aquí nadie va al trabajo!
Las primeras que se alzaron en protesta fueron las mujeres. Viendo la multiplicación de las reuniones, les reclamaron a los maridos. De buenas maneras al principio, de malísimas maneras después. Pero ellos estaban tan embebidos que no hacían caso a ningún llamado, viniera de quien viniera, y se iban a la reunión y les quedaba a las mujeres el buscar la leña y el sacar las verduras y el fajarse con otros trabajos más duros del monte y con todos los pelaos. No lo aguantaban.
-Nosotras con el pocotón de quehaceres y aquellos sentaotes y muy acomodaos con su pleque-pleque...
-¡Y lo peor es que ahora hasta muy sabios se creen!
Un día, se desesperaron tanto que cuatro de ellas fueron capaces de esconder en el dobladillo de la pollera su timidez de siglos y decidieron aparecerse en una reunión que estaban celebrando los varones, los puros varones, en El Pantano.
Cuando llegaron al rancho donde estaban ellos, se colocaron al fondo y se quedaron un rato en silencio. Todos las vieron entrar, pero hicieron como si no. Después de darles un tiempito a ver si hablaban ellas primero y viendo que no lo hacían, Héctor se ajustó los lentes para verlas mejor y les preguntó:
-¿Ha pasado algo...? -dijo con temor.
-¡Ha pasado mucho! -dijeron con cólera.
Fue Rosa la que siguió de corrido, haciendo un esfuerzo para que todas las palabras le salieran en orden y bien dichas.
-Padre, nosotras conocemos que en esa Biblia que ustedes leen dice: "A Dios rogando y con el mazo dando". Nosotras no sabemos si ustedes le ruegan a Dios, pero de lo que sí estamos seguras es que estos hombres ya no están dando con el mazo donde les toca dar. Es más, ya no dan en ninguna parte. No trabajan, no ayudan nada en lo de casa. ¡Ni los miramos! Empatan una reunión con otra y a nosotras nos toca dar con el mazo solitas de la vida mientras a Dios le rogamos ¡que se acaben de una vez por todas estas jodidas reuniones! -entonces respiró-. ¡Y eso es todo, carajo!
Tuvo efecto aquella inesperada pero contundente protesta de las mujeres, aunque no le cayó nada bien a los varones que la presenciaron. Pero el remedio acentuó la enfermedad. Héctor se reunió de inmediato con las hermanas del equipo de evangelización.
-Las mujeres están inconformes -les contó-, han puesto sus quejas porque las hemos dejado fuera.
Y así empezaron las religiosas a organizar reuniones para las mujeres. Las hermanas Cecilia y Consuelo las coordinaban. Reuniones para que se conocieran, para que se les soltara la lengua, para aprender a cuidar a los niños, para aprender a coser... Pronto mujeres y varones se juntaban ya en convivencias y reuniones.
-Primero van a hablar las mujeres -decía Héctor, al comienzo de la reflexión en aquellas inauditos encuentros mixtos, dándoles preferencia a ellas-. Primero que hable una mujer.
Pero siempre era un varón el primero en levantarse a opinar.
-Ah, Demesio, ¿es que usted se considera mujer? -lo molestaba Héctor.
Y el varón Demesio se sentaba para dar paso a la mujer Regina, mientras se retorcía de la pena, rojo como un grano de café en sazón.
-¿Ven? Las reuniones con las mujeres dan resultado -comentó Héctor entusiasmado con las hermanas y el resto del equipo-. ¡Ahora la meta son los jóvenes!
-Héctor, ¡tu alma en tu palma! Esto no puede seguir así. ¿Es que no lo entiendes?
Jacinto le hablaba serio, retador, en claro tono de ultimatum. Estaban los dos sentados frente a frente en una de las cantinas de Santa Fe, a esas horas en que nadie acude, y compartían una cerveza, ya tibia desde que la sirvieron.
-Mira, Héctor, Teófilo ya se rajó. Y es Teófilo, uno de los de más mejengue para todo. El tipo se lamenta: que no atiende su café, que no cuida sus puercos, que tiene abandonao su monte y su mujer... Pero el colmo es que ahora su mujer lo tiene abandonado a él porque la señora se la pasa rejundida en reuniones...
-Teófilo volverá al grupo, ya verás, dale tiempo -le restó importancia Héctor.
-¡Dale tiempo! ¡Si eso es lo que no encuentra! Pero no es sólo él. Aníbal está igual, que lo va a dejar, que si esto es una comunidad, él prefiere ser un gato montés y andar solo para el resto de su vida... ¡Hasta Valentín! Hasta él se ha quejado porque su producción va en mengua...Todos se van a ir, este sistema tuyo es muy tropezado.
Héctor se quedó mirando a su amigo a través de los lentes, salpicados los cristales de polvo y con huellas de secas gotas de lluvia que hacía rato no limpiaba.
-¡Ajo, Héctor! Yo creo que tenemos que organizar las cosas de otra manera. Nosotros dependemos de lo que trabajamos en las fincas de los ricos y de lo que hacemos producir en nuestros montes. Pero esos montes nuestros, además de chiquititos, están lejos, pa' la montaña, hay que darles atención, quieren días, jornadas enteras... Con tanta reunión, los tenemos abandonados, solitos... ¿Qué vamos a comer? ¿Análisis?
Héctor seguía escuchándolo con todo interés. La prueba eran los ojos, cada vez más empequeñecidos por la atención que ponía. Acabó lo que le quedaba de cerveza de un solo trago y habló, pero no para rendirse, sino para amonestarlo, tan terco era.
-No sólo se come pan, no sólo se come ñame... También se comen ideas, se comen planes, pensamientos... Todo eso es comida, todo eso también alimenta.
-Ta' bien. No sólo de pan vive el hombre. Ta' bien... ¡Pero tampoco vive sólo de reuniones! Héctor, todo cabe en un jarrito, pero sabiéndolo acomodar.
Héctor se quedó un rato callado, las manos y los ojos jugando con el vaso ya vacío, midiéndolo, como si fuera el jarrito del que le hablaba Jacinto.
-Oyeme lo que te digo, padre Héctor: de aquí no salimos hasta que no demos con una solución a esta crisis. Si de verdad aprendimos a pensar, la tenemos que encontrar... ¡De aquí no salimos! ¡Ni tú ni yo! ¡Por ésta...!
De la cantina salió aquella tarde una solución: menos reuniones y más acción. Después de aprender a pensar y a discutir en común, los campesinos santafereños comenzaron a trabajar en común. Todos juntos sudaban en los montes de cada uno. Y cuando tocaba ir a San Francisco para una convivencia, las tareas de todos tenían que estar antes hechas y bien hechas. Si algo quedaba pendiente, nadie se iba a ningún lado hasta terminarlo. Hubo juntas para el trabajo del campo y también juntas de embarre para hacer casas, que fue una de las novedades más sonadas que en aquellos tiempos se vieron en Santa Fe.
-¿Cómo Dios va a querer esto? -los azuzaba Héctor- ¿Que ustedes, sus hijos que tanto valen, vivan como animales en estos ranchos tan supremamente desbaratados? Y teniendo aquí con qué, es pecado si no los componemos.
En algunas comunidades levantaron las paredes con quincha, barro mezclado con hojas de palma, y en otras las hicieron con caña blanca. Cada quien con los materiales que tenía a mano en su lugar. Hubo veces que se juntaron más de cien entre mujeres, hombres y niños y alcanzaron a embarrar hasta dos casas en un solo día. Cuando era tamaño el éxito, lo celebraban con una chicha loja. O si no tenían más, sólo con la alegría.
Todos estos avances y algunos retrocesos los estuvieron analizando campesinos y campesinas en una convivencia en San Francisco. Aquella vez Héctor les traía una nueva propuesta:
-Menos reuniones y también menos cura. Hay que descentralizar la parroquia -les dijo.
-¿Y eso qué significa? -preguntaron.
-Que el que mucho abarca, poco aprieta. Que ya es hora de que yo, el cura, deje de abarcar y es tiempo de que ustedes empiecen a apretar, cada uno en su comunidad.
-¿Y eso qué significa? -volvieron a preguntar.
-Que muchos de ustedes ya saben lo que es un compromiso y están preparados para dirigir la vida cristiana de su comunidad.
Todos pelaron los ojos, sin terminar de comprender.
-¿No saben ya reflexionar a partir de la Biblia? Entonces, ustedes mismos pueden reunir a sus vecinos y analizar con ellos la palabra de Dios. Y a partir de esa reflexión, pueden organizar a sus vecinos para mejorar la comunidad como Dios quiere verla mejorada. ¿O no? Pueden reparar los caminos, pueden trabajar juntos sus montes, hacer letrinas, hacer pozos, sembrar árboles a ver si reverdecen esos potreros y esos montes pelados... Pueden ir metiendo la idea de un cambio, no es necesario que yo haga eso. Ustedes pueden hacerlo. ¿O no?
Basilio se levantó para hablar, con cara de sobresalto.
-No me digas que no -le advirtió Héctor-, porque aunque me digan que no, yo sé que ustedes pueden hacerlo.
-Yo no voy a decir que no, voy a decir que tú estás meando fuera del tiesto, porque el cura eres tú y lo que tú hablas de dirigir es trabajo de cura. ¡Nosotros sólo somos los sacristanes!
Con la misma energía le alegó Héctor.
-Jamás en la vida hemos hablado aquí de sacristanes, así que tu opinión no encaja... Y hasta que yo llegué aquí, ustedes eran los que me decían que el trabajo del cura era sólo rezar, recoger limosnas y vender estampitas... Así que el que orina fuera de lugar eres tú.
Se hizo un silencio preocupado.
-Oigan, tenemos que ser realistas -siguió Héctor-, aquí los ríos sobran y los puentes faltan... Yo no puedo llegar con frecuencia a tantas partes, y ustedes no tienen que llegar, están ahí. Además, yo seguiré visitando las comunidades cada mes, cada quince días, cuando me llamen. Este será el trato: yo llego a ver lo que han avanzado ustedes y a decir la misa. Pero, ¡eso sí! sólo celebramos misa cuando hayan cumplido las tareas que se han propuesto. Yo aparezco para el sancocho, pero ustedes mantienen encendido el fogón todos los días... ¿Qué les parece?
Después de muchos debates y pareceres, varios ya estaban decididos a agarrar el cargo y la carga. Y se acordó que al día siguiente, domingo, después de la misa, harían las votaciones para elegir a quienes iban a quedar al frente de las comunidades. De momento y por un acuerdo que no se habló pero se supuso, y dado el machismo de siglos, se elegiría sólo a puros varones.
En aquella misma convivencia y por un acuerdo que sí se habló, decidieron no volver a pagar nunca más por bautismos o por matrimonios o por misas y en cambio, organizar un plan económico: mes a mes, cada comunidad contribuiría con sus realitos a sostener la parroquia.
-También -les propuso Héctor- vamos a editar un boletín mensual y ahí vamos a publicar lo que va haciendo cada comunidad, los problemas que tiene, lo que aporta económicamente cada una....
La noche los encontró sentados todavía en círculo. Como en San Francisco sí había luz eléctrica, el bombillo encendido que colgaba del techo contribuía a dar una importancia particular al tramo final de la convivencia. En una esquina del salón se amontonaban los sacos de dormir anaranjados. Poco antes de la hora de meterse en ellos y empezar a soñar, Héctor planteó:
-Hemos decidido un plan económico y hemos decidido el cargo de los que se encargarán de ese plan y de un montonón de tareas más, pero todavía no le pusimos nombre a ese cargo... ¿Cómo llamaremos a los que resulten elegidos mañana? ¿Cómo los bautizamos?
-Yo creo que debe llamarse Líder -propuso Pacífico-. O mejor todavía, Jefe. El Jefe de La Sabaneta, el Jefe de Paja Peluda... Suena bien, suena fuerte.
-Demasiado fuerte suena -comentó Rosario-. Eso suena a guardia. Sólo le falta el garrote. Yo digo que mejor Dirigente. El Dirigente de la comunidad de La Culaca, el Dirigente de la comunidad de Narices... Eso me suena mejor.
-Pero esto no es para que suene a mando o a dirección de nadie -volvió a aclarar Héctor- . Primero se ahuevan y ahora se envalentonan. Ni tan poca luz que no alumbre al santo ni tanta que me lo queme...
-¿Y entonces. ..? ¿Qué nombre le cae a esa vaina?
-Miren -volvió Héctor-, el que quede al frente va a tener que bregar con tres tareas: tendrá que responder ante Dios, tendrá que responder ante su gente, ante sus hermanos, y también tendrá que responder...
-¡Ante Héctor! -remató Juan Toribio.
-No, hombre, no andes enredando... Tendrá que responder también ante su conciencia.
Se quedaron callados, pensativos y por un momento, aquello les trajo de nuevo a la memoria a la mona amachinada ante el mango verde. Mientras ellos pensaban, Héctor escribió en el tablero con letras bien grandes:
TODOS SOMOS IGUALES, EL CURA NO ES MAS QUE NADIE, EL ____ TAMPOCO
-Entonces, ¿qué ponemos aquí? -dijo Héctor señalando con la tiza el espacio vacío-. ¿Qué nombre le ponemos "al que responde"?
-¡Respondón! -gritó Alfredo.
-Mejor lo dejamos en "responsable" -sugirió Héctor, que ya estaba impaciente. Y eso escribió en el tablero.
A la mañana siguiente los votos de todos eligieron a los primeros treinta responsables de la comunidad cristiana de Santa Fe de Veraguas. A esas horas estaban ya olvidados los temores. Tan seguros y llenos de confianza los vio Héctor al preparar sus chécheres para emprender el camino de regreso, que les dijo, cierto de lo que pronosticaba, mirando mucho más allá de aquellas cuatro paredes...
-Un día ustedes serán autoridad en Santa Fe.
Poquísimo tardó en llegar a los oídos de la única autoridad de Santa Fe de Veraguas aquella osada profecía.
-¿Así que ahora anda diciendo que esos montunos ignorantes van a ser autoridad...? -se carcajeaba Alvaro Vernaza cuando uno de sus compadres llegó a contárselo-. ¿Así que en eso anda ese curita?
Pero pronto paró la burla y sus facciones se cargaron de severidad.
-Atrevido el reverendo, ¿no? -terció el compadre.
-Atrevido es poco. Ya no me cabe duda: no es tan mosquita muerta como ha querido hacernos creer. Este hombre es un alborotador profesional y tiene bien calculados todos sus pasos. Es un subversivo.