-¡Bien lavadas y bien escurridas, muchacha!
Los cascos de las naranjas habían reposado toda la noche en un tonel de agua de sal en la que doña Juana había disuelto un puñado de bicarbonato. En la mañana ya estarían redondos, dorados, listos para ponerlos a hervir.
-Hasta que agarren punto de blandura -le advirtió doña Juana a su ayudanta, aprendiz de dulcera, cuando la muchacha se disponía a encender el fuego-. Si no, quedan ásperas. Yo haré después la miel.
La señora Juana había preparado siempre grandes pailadas de dulce de naranja para las fiestas del santo patrón San Pedro. Hoy estaba haciéndolas para la "grandiosa cena de navidad comunitaria" que Héctor había propuesto a los campesinos y que ellos habían aceptado con entusiasmo.
Cada familia se comprometió a cocinar algo para ponerlo en la mesa de la gran fiesta en la que habría sitio para todos. Se distribuyeron las tareas: unas el arroz, otras los porotos, otras las tortillas, otras el sancocho. Hubo algunas gallinas asadas y hasta se mató un puerquito para preparar la asadura. Patacones, enyucado, el dulce de naranjas de la señora Juana. Y la chicha de limón y también la chicha fuerte.
-Venid pastorcillos / venid a adorar / al rey de los cielos / que ha nacido ya...
La Navidad de l969 fue muy especial para los campesinos de Santa Fe. Pasarían muchos años antes que olvidaran la desconocida sensación de verse tantos juntos. Se reunieron en el rancho parroquial, que habían levantado entre todos con paja y caña unos meses atrás, y tuvieron una misa en la que cantaron y participaron todos. Después, fue remate del alegrón sentarse a cenar cosas tan ricas y todos juntos.
-¡Brindemos por la comunidad de Santa Fe de Veraguas!
Al final de la cena salieron los socabones y las mejoranas y sólo algunos se ajumaron y todos bailaron tamborito. Fueron muy felices en aquella Nochebuena.
-¡Brindemos por nuestro amigo Vernaza Herrera, que ahora sí está en la papa! -propuso un Arrocha, poniéndose en pie con cierta dificultad por los efectos de tanto licor como llevaba ya en el pecho-. ¡Brindemos por el primo de nuestro General Torrijos Herrera!
Siguieron aplausos, risas, chistes y chabacanadas mientras el pernil de puerco iba mostrando cada vez con menos pudor el blanco hueso. Era Nochebuena en casa de Alvaro Vernaza. Habían llegado los Ruiz, los Villagra y los Rodríguez de San Francisco, los Peralta de Santiago, los Velarde y los Arrocha y algunos colegas más. Platos y botellas aparecían y desaparecían a toda velocidad en la mesa en manos de empleadas muy jovencitas, vestidas esa noche con la ropa más cuidadosamente limpia y planchada que nunca.
-Dicen que este año el precio del café será fabuloso -comentó uno.
- Pues pidamos al Niño Dios para que nos haga el regalo de alguna heladita por Brasil o por Colombia y trepe todavía más.
Y llenaron los vasos nuevamente de licor, soñando con los prometedores precios en alza del café. Todos ellos tenían intereses en juego en el sube y baja del negocio.
-¡Recemos y mojemos la oración!
Volvieron a brindar y a reir. Tajo a tajo, el pernil de puerco asado iba perdiendo el desmesurado tamaño con el que ingresó a la mesa. En muy poco tiempo sacarían del fogón el segundo.
-¿Y has visto a tu primo últimamente, Alvaro? -preguntó uno de los comensales.
-No es fácil, el hombre está muy ocupado, se mueve mucho
-respondió Vernaza.
-Tiene que moverse si quiere meter este país en cintura.
-El tiene sus métodos -añadió Vernaza-, él dice que a la fuerza ni los zapatos entran. Primero está recorriendo Panamá de cabo a rabo en su helicóptero para inspeccionarlo todo y conocer. Dice el bandido que hace esos viajes con una sola norma: no caerse del helicóptero, ¡ni del poder!
-¡Un brindis porque mi General no se caiga nunca! -propuso Saúl Ruiz.
Fue un Arrocha, que era peleón, quien sacó el tema:
-Pues cuando el hombre y su helicóptero lleguen por este lugar se van a encontrar con tremenda ñinga. Y tú, Alvaro Vernaza, no dejas de tener responsabilidad -le habló provocativo al anfitrión de la casa.
-¿Qué dices, hombre? ¿De qué estás hablando? -le replicó a gritos Vernaza.
Aunque todos seguían hartándose y bebiendo, trataron de prestar atención al litigio recién armado.
-¿De qué estoy hablando? ¿Y tú me lo preguntas, tú que no le has parado el macho a ese curita infiltrado? ¡Tú eres el que ha dejado crecer esa mala yerba!
-¡A palabra de borracho, oído de sordo! -gritó de nuevo Vernaza, muy bravo, con la voz garrasposa.
-No te encarajines, Alvaro -le reclamó otro-. No habla el licor... Tienes que frenar a ese hombre. Ya es un pereque por todo Veraguas con ese mequetrefe, como si fuera un salvador: que si hizo esto, que si dijo lo otro... Vas a tener que hacer algo, ese tracalero te puede crear problemas.
Después de un largo silencio, por lo jumado que ya estaba, Vernaza trató de aparecer tranquilo, dominando la situación.
-Algunos problemas ha creado ya el padrecito, es verdad, yo lo sé, yo estoy al tanto de todo. ¿Quién más enterado que yo, ah...? Pero, pasa el tiempo y ¿qué más? Ese reverendo se ha querido rodear de cholos, se ha ido con ellos, anda pa' arriba y pa' abajo buscándolos, consintiéndolos... Está bien. ¿Y qué? Algo ha indisciplinado el cura con esa su religión subversiva a sus incondicionales. Pero, ¿cuántos son...? ¿Cien cholos? ¿Doscientos? ¿Más? Bah, eso no tiene filo, eso es cuchillo de palo.
-Cuchillito de palo no corta pero molesta... -le dijo Saúl Ruiz-. Alvaro, no te fíes, ese curita ha venido a preparar algo, ese hombre tiene planes y...
-¡Y yo tengo más que él, carajo! ¿El tiene planes? ¡Yo tengo realidades! ¡Yo tengo las tiendas y yo tengo el café que esos montunos vienen a empeñar a mis tiendas! ¡Yo tengo el control, coño, yo lo tengo!
No tan convencido, pero sí vencido por el poder del licor, el Arrocha peleón propuso otro brindis por las tiendas y por todo lo que ellas habían sido, eran y serían hasta la consumación de los siglos, amén. Cuando alzaban los vasos, llenos nuevamente de licor, hacían su aparatosa aparición en la mesa dos bandejas, una con montañas de arroz blanco y otra con abundante cuchifrito. El suculento aroma de aquella fritanga acabó de marearlos.
No era de los inevitables enguarapados de la Nochebuena de lo que iba a tratar la reunión de aquella mañana. El éxito de la "grandiosa cena de navidad comunitaria" permitía hablar de otro asunto. Héctor Gallego quería que los campesinos forzaran de una vez el paso, quería contagiarlos con la prisa que él acumulaba en su batería siempre cargada.
Primero leyeron en la Biblia la parábola de los talentos. Después, Héctor se levantó, echó la mano al bolsillo, lo registró y sacó del fondo una moneda. La tiró al suelo. Con puntería: cayó en el mero centro del salón. Era una moneda de un centavo. Y con ella, les tiró también una pregunta.
-Vean: aquí tenemos un talento... Es sólo un centavo. Pero algo es algo. Vamos a ver si lo hacemos producir... Se trata ahora de pensar qué podríamos comprar nosotros con este centavo para después repartirlo entre todos...
Se quedaron callados, dándole vueltas a la inesperada cuestión. ¿Qué podían comprar con un centavo y qué podrían repartir de lo comprado con eso? Nada, casi nada...
-¡Un caramelo! -gritó Pablo y añadió enseguida dudando-. Aunque con tanto personal que somos, si toca partirlo, tal vez sólo a lamerlo con la punta de la lengua alcanza...
Nadie pensó que fuera posible comprar ninguna otra cosa. Héctor volvió a rebuscarse el bolsillo, sacó otras monedas y las arrojó a la par de la primera con la misma pregunta.
-Tal vez con ocho centavos... ¿Qué compraríamos para repartirlo aquí entre todos?
-¿Algo de maíz...? -pensó en voz alta Aquilina-. Pero, si no hay para comprar la raspadura, ni siquiera una chicha podríamos preparar...
-Entonces, ¡café amargo! -propuso Inés-. Pero toca sólo un dedal siendo tantos...
Héctor echó dos centavos más al suelo. Ya eran diez...
-¿Para algo de azúcar ajustaría con eso? -preguntó uno.
-¡Qué va a ser! -respondió Filomena-. Hace falta tener más plata.
Entonces tiró varias monedas. Ya tenían quince...
-¡Para una libra de arroz! -gritaron varios.
Y como el arroz blanco era el plato preferido de todo santafereño, alguno ya se estaba levantando para ir a comprarlo ahí mismo, en ese momento, pensando que la prueba que el cura les había puesto iba a terminar dichosamente con una comida, como acostumbraban a concluir las convivencias. Pero no, Héctor seguía sacando monedas del bolsillo de sus gastados pantalones y tirándolas una tras otra. Parecía que no, que no era cuestión de comer... ¿Qué sería entonces?
Veinte centavos, treinta centavos, cuarenta centavos...
-¡Más arroz, más arroz!
-¡Voy zumbado a comprarlo!
-¡Detente, Alfredo y pon atención! -lo detuvo Héctor.
Soñando seguían todos con el puño de arroz blanco que podría comerse cada uno con la plata que iba formando un cerrito en el centro del salón. Cuando Héctor llegó a completar un balboa con cincuenta centavos, el entusiasmo fue delirante.
-¡Ya podemos comprar porotos, ya nos alcanza pa' un guacho!
-¿Y quién será la cocinera? -inquirió un hombre.
-¡Mejor un cocinero! -rectificó una mujer.
-¡Pon más, Héctor, pon más...!
-¡Con unos cuantos riales más ya tenemos las verduras! -suplicaba Avelino relamiéndose.
Cuando ya todos estaban entusiasmados con el juego que no era juego y con el almuerzo que tampoco tenía visos de terminar en almuerzo, Héctor fue al grano.
-Cuanto más se comparte, más se reparte -les dijo y se quedó callado un rato observando reacciones.
Pocas hubo. Tenían hambre y no habría comida. Ese era el sentimiento dominante. Héctor añadió:
-Si compartiéramos los esfuerzos en el trabajo y compartiéramos después las ganancias, tendríamos mucho más de lo que hoy tenemos.
Otro silencio. Ya se iban olvidando del golpe de comida con el que habían soñado durante un buen rato.
-¿Qué les parece? -les preguntó- ¿Qué les parece a ustedes? ¿Nos vamos por ese camino?
Unos a otros se miraron después de mirarlo a él como si les estuviera poniendo un acertijo. Y no parecieron entender nada del trato que les estaba proponiendo.
-Se trata -dijo Héctor- de poner junto el dinero de cada uno para con ese dinero favorecer a todos.
La mayoría se quedó todavía en blanco. Alfredo, que ya parecía estar pescando algo, alegó:
-¡Pero si nosotros no vemos dinero, Héctor, si nunca le miramos la cara a un balboa! Si el poco salario que nos dan los patrones lo gastamos comprándoles en sus tiendas una menudencia... ¿Qué dinero? Tú sabes que aquí vivimos arrancaos. Tú bien sabes que los Vernaza no nos pagan con plata, nos pagan con mercancías...
-Pues ahora se trata de que ustedes se compren las mercancías entre ustedes y que entre ustedes se las vendan -respondió Héctor mirándolos a todos de nuevo uno a uno, con la malicia que él sabía meter en sus ojos cuando quería hacerlos pensar-. Se trata de eso.
-Pues...¡yo no entiendo todavía de qué se trata! ¿Cómo vamos a hacer esa compra y venta que tú dices? -dijo Aquilina incrédula.
-¿Cómo vamos a hacerlo? Miren, si el poquito dinero que ustedes tienen, lo ponen en común, con ese poquito dinero podrían hacer muchas cosas. Es con pocos que se hace un mucho, es poco a poco que se llena de agua el coco.
-Pero, ¿qué coco ni qué poco? ¿De qué estas hablando?
-Estoy hablando de que ustedes podrían tener sus propias tiendas -habló despacio, dándole peso a cada idea-. Tiendas donde ustedes compren lo que necesitan y tiendas donde ustedes vayan a vender lo que producen. Tiendas en las que ustedes sean los que ponen los precios. Estoy hablando de que no vuelvan más a las tiendas de los Vernaza. Porque ya no necesitan ir. Porque tienen ustedes sus tiendas. Tiendas de ustedes. Ustedes los dueños.
Y se quedó mirándolos.
-Pero...¡tú estás tocao del coco! -le dijo Jacinto-. ¿Eso... eso no es un disparate, Héctor?
-No, hombre, eso es una cooperativa.
Después del terremoto que produjo aquella propuesta, lanzada la idea y sabido el nombre, Héctor Gallego agarró una tiza y comenzó a escribir en el tablero con letras bien grandes:
C O O P E R A T I V A
-Fíjense bien: lleva dos O, redondas como dos moneditas de la suerte, como las ruedas de la carreta que desde ahora vamos a a empujar entre todos.
Después les contó de las muchas andanzas de aquella palabra en otros países. Ya existían cooperativas de campesinos en Colombia cuando él se había montado en un avión para llegar a Panamá. Y funcionaban bien.
-Como funciona el trapiche moliendo la caña si todas las piezas están bien trabadas y los esfuerzos de todos los campesinos van de acuerdo para que de ahí salga buena raspadura.
También les contó que en Panamá se estaban formando cooperativas y que en Santiago de Veraguas se levantaba una, promovida por Marcos McGrath, un obispo que muchos de ellos ya conocían y que alguna vez irían a Santiago a visitar a aquellos campesinos colegas... Era una avalancha de buenas noticias.
Pedro Rodríguez, como siempre, encontró un pelo en aquella sopa, y haciéndose un camino en medio de los comentarios, tomó la palabra:
-La idea de esas tiendas cooperativas está linda, está preciosa, pero...-y alzó brazo, mano y dedo en señal de advertencia, haciendo una pausa alarmada.
-¡¿Pero, qué?!
-Que una cosa es pintar el pájaro y otra ¡que el pájaro cague!
Lo abuchearon sin darle la menor importancia a su desagradable advertencia. Y el precavido dedo de Pedro aún no había bajado, cuando ya Jacinto y Alfredo estaban contando las pocas moneditas que llevaban encima y Aquilina y Marta calculaban las otras pocas que escondían en un pañuelito entre los pechos o hacían memoria de las que guardaban en sus ranchos para imaginar cuántas podrían reunir en un sólo montón cooperativo.
En un momento, y con la unánime aprobación de todos los presentes, incluido Pedro, que determinó olvidar lo del excremento, decidieron aquella tarde histórica empezar no con una tienda, sino con siete: una en El Carmen, otra en El Pantano, otra más en El Alto, una en Vuelta Larga... Todos los responsables querían responsabilizarse de una tienda. Serían apenas cuatro horcones con un techo de penca, pero serían tiendas, nuevas y con nuevos dueños: ellos mismos, para servirse.
Entre todas las familias de El Carmen y de El Pantano reunieron 18 pesos, equivalentes a 9 dólares.
-18 trancas...¿Y qué vamos a poder hacer con esa miseria? -se preguntaron con un punto de desaliento.
-Algo haremos. Algo es más que nada.
Después de un silencio cargado de ese temor que acompaña siempre los principios de las cosas, Inés propuso.
-Compremos un quintal de sal y eso vendemos de primero.
-Como no había mucho más dónde escoger, la sal quedó aprobada sin ningún voto en contra. Fueron entonces tres de ellos -dos hombres y una mujer- a la tienda de los Vernaza a comprar la sal.
Los dos dependientes que atendían la tienda se extrañaron al verlos entrar así: en grupo, mirando de frente y con aquella desusada demanda.
-Queremos un quintal de sal.
-¿Tanta sal quieren...?
-Tanta queremos.
-¡Será para salar todo el pantano! -y el más gordo de los guachimanes soltó una carcajada bastante grosera.
-Despáchenos. Aquí tiene la plata: l8 pesos, un quintal de sal.
-Pero si ustedes no han salariado estos días...¿Cómo sacaron tanto dinero?
-Sacándolo.
Los dos tenderos estaban cada vez más inquietos y los tres campesinos cada vez más quietos.
-¡Cholos tontos! ¡¡Déjense ya de tonteras!
-Tonto es quien piensa que los otros no piensan.
Los empleados sacaron de la bodega el saco de sal.
-Pero, ¿pa' qué carajo quieren tanta sal de una sola vez?
-Pa' venderla.
-¿Venderla? ¿A quién...?
-A la comunidad nuestra, a nuestra gente.
-Pero... ¿dónde? ¿Van a ir de casa en casa?
-No, señor, vamos a venderla en una tienda nuestra.
-¿Una tienda...? ¿Y quién ha visto que un pobre tenga tienda?
-Pues ahora van a ver lo que nunca han visto. Y van a ver que en esa tienda de nosotros, algún día daremos la sal y el arroz y los porotos mucho más baratos que aquí.
Se pusieron rojos los guachimanes. Morados se pusieron.
-Pero...¿están chiflaos estos cholos? ¡Ustedes se han vuelto locos! ¡Eso es un disparate!
-No, señor, eso es una cooperativa.