Ya a los comienzos del año 70 los potreros de los caciques de Santa Fe de Veraguas se miraban llenos de monte, un monte crecido que casi ningún campesino quería ir a tumbar. Tampoco querían ir a cuidarles su ganado a los Vernaza.
-¿Por tan pocos centavos tanto martirio? -decían los que siempre fueron peones.
Mejor bregaban con sus propias tierritas y tumbaban su propio monte y ponían cercos a sus parcelas para que los caciques no les robaran sus vaquitas, según su mala costumbre. Y como ya tenían la cooperativa, si se trataba de sacrificarse, mejor en lo propio.
Después de la sal, las nuevas tiendas empezaron a vender fósforos y querosín. Y después, los campesinos comenzaron a poner en común su producción de huevos, de naranjas, de ñame, de yuca, de tomate. Vendían de una vez lo de todos y con lo que ganaban compraban de una vez otras cosas. Las mujeres empezaron a coser en juntas y aprendieron a hacer con cuero cinchas para las sillas de los caballos y cubiertas de lona de colores para las monturas de las bestias y vestidos grandes y chiquitos y bolsos y muñecas y ¡a vender todo aquello en Santiago!
Por primera vez en la historia, los campesinos santafereños manejaban dinero y llegaban hasta Santiago. Era un salto colosal. "¡Alabate pato, que mañana te mato!", recordaba a menudo Pedro Rodríguez por agriar el dulce y para que no faltara su conseja agorera, intentando moderar la ola de entusiasmo que envolvía el corazón de sus compañeros, nuevos cooperativistas, y también el corazón de él mismo, aunque no lo quisiera reconocer. Pero nadie le hacía ni poco ni mucho caso a sus augurios y los ánimos seguían elevándose y creciendo, como el tupido monte de las fincas de los Vernaza, al que ya nadie quería meterle machete.
-¡Métale ganas, compadre, que ya falta menos!
El callejón de bajada tenía una pronunciada vuelta que le daba forma de herradura. Por allí, viniendo de El Cedro y buscando el camino que llevaba a la tienda cooperativa de El Pantano, chiquita pero al fin y al cabo tienda, venían subiendo seis campesinos con unos pesadísimos sacos repletos de naranjas a la espalda. El exceso de carga les doblaba el cuerpo por la cintura, sin que pudieran mirar otra cosa que sus diez dedos asomando por entre las gastadas cutarras. Chorreaban sudor, pero andaban ligeros. Aún tenían por delante una hora de esfuerzo. La nueva cooperativa no tenía ni camión ni carro ni carretilla, pero contaba con el lomo de los cooperativistas, decididos a cargar hasta echar el bofe si era necesario.
Cuando la hilera de aquellos seis sobrecargados se iba acercando a una de las tiendas de los Vernaza, cada vez menos frecuentada por su habitual clientela campesina, los dos tipos que despachaban dentro salieron a la puerta a saludarlos...
-¡Hey! ¡Miren esto! -gritó el más flaco, uno de bigote erizado- ¡Miren la recua de mulas que viene asomando!
La gente de las casas vecinas a la tienda salió enseguida.
-¡Miren! ¡Las mulas del padre Héctor! ¡Ahí van a sus ventorrillos! -gritó aún con más ganas el otro guachimán.
Los campesinos no se ahuevaron y siguieron adelante por el callejón enlodado, sin quitar la vista del suelo, no por abatimiento sino porque tantas naranjas les doblaban el cogote. Cuando pasaron frente a la tienda, ya eran varios los que gritaban y chifleteaban.
-¡Paso a las mulas de Héctor!
-¡Sooo las mulas! ¡Sooo!
-¡A ver quién arrea a las mulas del cura!
La cantinela acompañó a los campesinos hasta que se perdieron tras una loma redondeada parecida a un caldero puesto del revés, donde empezaba el trillo que los llevaría hasta la tienda de El Pantano.
Desde ese día dio comienzo aquella molestísima maña que los tenderos alentaron cada vez que algún grupo de cooperativistas iba de ida o de regreso con sus motetes de mercancía al lomo.
-¡Ahí vienen, ya van viniendo,
las mulas del reverendo!
-¡Las mulas, las mulas
que trabajan pa'l cura!
Alvaro Vernaza disfrutaba con la estridencia de los que arreaban a los campesinos.
-Esa gente es muy penosa -le comentó un día su mujer mientras miraban caer la tarde en el portal de su casa-. Se van a amachinar viendo que son el hazmerreir de todo el pueblo. Desistirán.
-No, no será por burlas que lo hagan porque son tercos, son mulas de verdad. Lo que los hará desistir es el fracaso de esas sus tienduchas. Esa cosa, esa cooperativa que ellos llaman, va a durar lo que dura una llamarada de tusa. Van a fracasar.
-¿Eso crees de veras, Alvaro? Ya se empieza a notar que han dejado de comprarnos muchas cosas...
-Van a fracasar -repitió Vernaza, dando hacia atrás unos pasos para que el techado del portal lo protegiera del chaparrón que empezaba a caer-. Ya verás que fracasan. Y si no... los vamos a hacer fracasar.
Taf, taf, taf, taf, taf...
Después del ensordecedor ruido del motor, dominaron los aires de aquel pedazo de mundo los sonidos más atemperados de las cuatro paletas de la hélice, que daban vueltas y vueltas, cada vez más lentas, a la vez que levantaban torbellinos de polvo y desprendían lluvias de hojas de los árboles más altos. Hacía más de media hora que había terminado la misa campal de los domingos, cuando apareció en el centro del cielo, precedido por su peculiar estruendo. Todos miraron arriba, sin poder apartar la vista. Era la primera vez que los santafereños contemplaban un helicóptero.
El aparato descendió, envuelto en un remolino de polvo y sin mayores dificultades, en un claro, cerca del lugar donde se acababa de celebrar la misa. Los niños corrieron en dirección de la improvisada pista de aterrizaje.
-¡Es el General Torrijos! -descubrió alguien al ver salir del helicóptero a uno de sus tres ocupantes.
Para cuando este anuncio rasgó la rutina dominguera, casi todos los campesinos que habían asistido a la santa misa habían terminado ya sus diligencias en el pueblo y caminaban en distintas direcciones de regreso a sus campos.
A largas zancadas, con el cuerpo erguido, vestido con un impecable uniforme verde olivo de campaña y altas botas encharoladas, Omar Torrijos avanzaba hacia la explanada en donde aún estaban el altar y la cruz que presidieron la misa. Detrás de él corría una nube de muchachos. Pronto empezaron a rodearlo otros muchos curiosos.
-Viene buscándote, Héctor -le dijo una campesina al cura, dándole un codazo.
Omar Torrijos fue directo a donde estaba Héctor Gallego. Aunque ya se había quitado la estola y nada lo señalaba como sacerdote, no vaciló un momento en identificarlo. Tal vez eran los no tan frecuentes y gruesos lentes de miope lo único que permitía no confundirlo con cualquier otro campesino.
-¡Padre Héctor Gallego! -le saludó Torrijos eufórico-. ¡Cuántas ganas tenía de conocerlo! -y le estrechó calurosamente la mano.
-Mucho gusto, General -respondió al saludo Héctor.
La gente que se había arremolinado fue separándose poco a poco de ambos, tratando de guardar un prudente cerco diplomático. Aun distanciados, todos pararon las orejas por ver qué lograban escuchar de la conversación. Sobraba la expectación. ¿A qué venía Torrijos? ¿A conocer? ¿A regañar? ¿A disponer? ¿A donar? Todo era posible y todo querían saber, aunque fuera leyendo las palabras en los labios de los conversantes.
-No lo esperábamos... -inició la plática Héctor.
-¿Y no es eso lo que haces tú con los campesinos de por acá? -preguntó sonriente Torrijos-. ¡Yo creo que somos de la misma raza! Aparecemos cuando menos nos esperan. Me han contado muchas cosas de tu trabajo aquí...
-¿Y quién se las ha contado..? ¿Tal vez su primo?
Dejando a Héctor con la pregunta en la boca, Torrijos continuó:
-Me han dicho que has recorrido todos los rincones de esta zona. ¡Muy bien, padre Gallego, así se hace! -y le dio una sonora palmada en la espalda-. Así se gobierna: pateando el territorio de arriba a abajo. Lo que quiero saber ahora es cómo te va. ¿Necesitas algo en lo que yo te pueda ayudar?
-Bueno, yo creo que vamos bien... Despacio, pero avanzamos y en realidad...
Nuevamente, Torrijos le cortó la palabra.
-He escuchado también que con tanto avance ya has tenido aquí algunos choques. Yo te recomendaría meterle el breque al carro, no pises el acelerador. No te busques enemigos...
-Realmente, yo no los busco, sucede que...
-Mejor es no tener enemigos, créeme.
-General, yo mejor creo al Evangelio. Y ahí Jesús no dice que no tengamos enemigos, sino que los amemos.
-No me metas en discusiones religiosas, padre, porque en esas vainas pierdo. ¡Y a mí no me gusta perder!
-A mí tampoco, a nadie le gusta -le dijo Héctor de muy buen humor.
-¡Tengamos paz y moriremos viejos! Bueno, ¿y por qué no me reúnes ahora a tu gente para conocerla? ¿Esta es tu gente...? -y Torrijos señaló al pequeño círculo de curiosos que los rodeaba a la distancia que había logrado establecer su prudencia pueblerina.
-No precisamente -dijo Héctor sonriendo al mirar en aquel círculo a muchos de los vecinos del pueblo que llamaban mulas a los campesinos.
-¿Pues dónde está toda esa gente que dicen que tienes? Porque cuentan que te siguen montones. Reúnemelos aquí, díles que se acerquen, que yo quisiera hablarles -y puso en aquel reclamo un punto de orden y de impaciencia.
-General, mi gente, como usted dice, está ya de camino a sus campos. Esa gente vive muy dispersa, desconfía... Aquí no vale dar una palmada y ¡ya se te juntan! Si usted quiere hablar con ellos, convóquelos usted, avíseles y que ellos vengan y lo escuchen.
-Está bien, está bien, debí haber llegado un poco antes -dijo Torrijos, sin sombra de haber perdido el buen ánimo con el que bajó del helicóptero-. Tal vez no me informaron bien de la hora de la misa. No importa, será en otra oportunidad. Pero ya que llegué hasta aquí, dime en qué te puedo ayudar... ¿Qué necesitas?
-Nada, realmente no necesito nada...
-Bueno, está bien. Piénsalo mejor y me lo pides la próxima vez que nos veamos. ¡Prometo llegar otra vez! ¡Y lo prometido es deuda!
Y sin más comentarios, le estrechó de nuevo la mano al cura despidiéndose. Héctor se quedó observándolo con atención durante todo el trayecto de regreso al helicóptero. Caminaba de prisa y con paso decidido, mientras iba acariciando una tras otra las enmarañadas cabezas de los niños que se le acercaban para verlo más de cerca.
El helicóptero encendió los motores y empezó a girar la hélice, primero suavemente, después muy rápido, y al final vertiginosamente. El aparato ascendió a los cielos. Todos, también Héctor Gallego, lo siguieron con la vista fija en lo alto hasta que una nube y la distancia lo borraron de sus ojos curiosos.
Todo el mundo comentó al derecho y al revés aquella primera y fugaz visita de Omar Torrijos a Santa Fe de Veraguas. Pero ninguno parecía encontrar una interpretación definitiva y concluyente de los motivos del General. Tampoco el cura, a pesar de que era indudable que era a él a quien Torrijos buscaba.
-Tienes que ser astuto con los políticos, con ellos no conviene ir de frente -le recomendó a Héctor su obispo, Martín Legarra, preocupado cuando éste le contó en Santiago del encuentro con Torrijos y de las palabras que cruzaron.
-¿Astuto como serpiente? ¿O sencillo como las palomas? Habrá que ver lo que quiere cada momento. Pero no se preocupe, monseñor, guarde su afán para el montón de cosas que tenemos pendientes y no le dé importancia a esa conversa.
Más que preocuparle, a Héctor le divertía el asunto. Y no iba a dejar de hacer lo que estaba haciendo por ningún consejo de freno, aunque viniera del General.
-Hay que meterle el acelerador a la cooperativa -planteó aquellos mismos días al equipo de pastoral cuando se encontraron en Santiago en una de las reuniones mensuales para evaluar las tareas que llevaban entre manos.
-¿Y a qué viente tanta prisa ahora? -lo cuestionaron los demás, como hacían siempre que lo veían tan acelerado.
-No nos sobra tiempo -respondió Héctor enigmático.
La tienda de El Carmen ya tenía paredes de cañacilla, ya le habían puesto un mostrador y ya se le miraba un pequeño almacén de provisiones en la parte de atrás. Hasta habían pintado con letras rojas TIENDA CAMPESINA en un tablón para lograr un buen efecto publicitario.
Cuando en la mañana Héctor pasó por allí, estaban diez responsables y sus mujeres en la tienda revisando entre todos las cuentas de las ventas y de las compras al por mayor y al menudeo.
-¿Y cómo van las clases con ese Mario Pérez? -les preguntó- ¿Es bueno el hombre para enseñar números?
-Le agarramos bastante.
-Sí, es aprendido el tipo y no enreda las cosas, le entendemos.
Héctor había contratado a un cuerpo de paz de los muchísimos que en aquellos años andaban por los campos panameños para que adiestrara en contabilidad a los nuevos cooperativistas. Esa era la especialidad del tal Mario Pérez.
-Lo que les enseñe de números: con eso quédense. Y a todas las demás vainas que les diga, no le hacen caso.
-Así lo hacemos. Con un cuerpo de paz, más vale creerlo que averiguarlo.
-Pero ese hombre no es lo que me preocupa ahora. ¿Alguno de ustedes ha empeñado ya su café?
-Yo no.
-Yo todavía.
-Eso toca hasta la semana que viene o la otra.
-Pues -casi les ordenó-, ¡que nadie empeñe ni un grano ni dos de café hasta que no tengamos la convivencia de la próxima semana! Corran eso por ahí y que llegue a todo el mundo. ¡Que nadie empeñe nada!
-¿Ni a mi suegra la puedo empeñar? -dijo Alfredo.
-¡Ni a tu suegra! Prohibido empeñar hasta nuevo aviso.
Héctor se despidió con prisa. Tanta que ni se detuvo a tomar la chicha de limón que le ofrecieron. Iba de El Carmen hacia otros campos, caminando como siempre. Corriendo. La mula que los campesinos le habían conseguido le había resultado definitivamente lenta y la animalita permanecía desempleada en el rancho de Quila, sin otra ocupación que comer yerba y sacudirse las moscas.
-¡No nos sobra tiempo! -les gritó cuando ya iba lejos.
Cuando llegó el día de la convivencia, la expectativa creada con el aviso y la prohibición eran muy grandes. Todos habían cumplido. Hasta aquel día nadie había empeñado su café, aunque ya era tiempo de empezar a hacerlo y en las tiendas de los patrones andaban preguntándoles y ofreciéndoles precios. Inquietos por la demora.
Poco después de mediados del año los campesinos santafereños empeñaban toda la producción de café que les iban a dar sus siembros. El precio lo fijaban los Vernaza y otros cafetaleros que manejaban de principio a fin todos los eslabones del negocio. El grano estaba todavía verde en la mata cuando se hacía aquella operación rutinaria, parte del ritual de su dependencia de siglos.
-Pero el precio del café, ¿no varía de la mata a la lata?
-¡Y también de lata a lata! ¡Porque una lata en Santa Fe no es lo mismo que una lata en Santiago!
-Y a la corta y a la larga, café empeñao es café regalao.
-¡Ellos le doblan el precio de aquí a allá!
-¿Se lo doblan? ¡Se lo redoblan! Lo multiplican hasta por cinco o más algunos años.
La convivencia estuvo destinada a reflexionar sobre el café. Toda la tarde. Algo habían aprendido ya los campesinos sobre los muy variables precios de este producto, que parecían estar montados en un tintibajo: baja y sube, sube y baja. Los precios del café eran de los que más se movían de una cosecha a otra, de una calidad a otra, de un país a otro. A veces, aquel sube y baja era de un día para otro. Todo eso ya lo habían aprendido. Ya sabían. En aquella cosecha, Héctor quiso llevarlos a tomar una decisión.
-Con el café es con lo que podríamos darle a la cooperativa el supremo grandísimo empujón. El café es de todos los productos santafereños el que mejor se paga. ¿O no? Estos caciques de aquí, ¿cómo han hecho sus fortunas? Con el café, ¿con qué más? ¡También la han hecho con el café de ustedes! ¿Y qué podrían hacer ustedes con el café? No digamos que una fortuna, que para eso siempre hay que robarle a alguien. Pero sí podrían ponerle mejores cimientos a la cooperativa.
Lo miraban más decididos que otras veces. Las tiendas tenían éxito y cada vez hacía menos falta que el cura los empujara. Se empujaban solos.
-Todos ustedes -insistió Héctor por costumbre de insistir-producen café en sus siembros. Y el de Santa Fe no es cualquier café, es café de primera...
Después de nuevas consideraciones y evaluaciones, Jacinto Peña habló:
-¿Qué podemos hacer? ¡No demos más rodeos, que ya sabemos que el pozo es redondo! ¡Tomemos ya la decisión, carajo! No le vendamos más nunca nuestro café a los Vernaza.
Aunque todos estaban ya con el pensamiento olfateando la misma idea, cuando la escucharon formulada en la boca de Jacinto Peña les pareció que oían un pecado mortal.
La principal función de las tiendas de los patrones no había sido nunca el venderles a ellos puñados de sal, cajitas de fósforos o botellas de aceite. Las tiendas nacieron ante todo para comprar el café que ellos producían. Y durante generaciones, había sido esa anual venta de café empeñado la que les había puesto en las manos el único dinero contante y sonante que tenían luego para el resto del año. Lo demás era el consabido trueque de trabajo por mercancías, del que ya estaban escapando con las tiendas de la cooperativa. Y ahora... ¿Tampoco empeñar el café?
-No le vendamos más nunca nuestro café a los Vernaza -repitió Jacinto con voz más alta.
-Pero... ¿se puede hacer eso?
-¡Ajo! ¿Y a quién se lo vendemos si no es a ellos?
-¿Se le puede vender a otros?
-¿Y cómo vamos siquiera a sacarlo de Santa Fe, en qué carro, si sólo los Vernaza tienen ese camión doble tracción que hace falta para cargar café?
-¡Sacar el café podemos! Pero, ¿sabremos sacar cuentas? ¡La venta de montón de café quiere cuentas largas! ¡Eso es una contabilidad peluda!
-¿Se puede hacer eso, Héctor? -le preguntaron ansiosos, como queriendo que con un sí de absolución el cura les liberara del temor a romper el rito más sagrado que habían conocido desde que nacieron: empeñar café.
-¿Se puede hacer eso, Héctor?
Pero no fue el cura quien contestó, sino una mujer.
-Se puede. ¡Tenemos que poder! -dijo Aquilina.
Todo tiene su hora. Y fue aquel mismo día, el día en que decidieron dar un salto que les llevaría tan lejos, cuando la bautizaron. Cada uno escribió en un papelito el nombre que más le gustaba para ella y lo echó a un sombrero de palma, el de Teófilo exactamente. El nombre que más salió y salió en los papelitos fue Esperanza.
Héctor agarró una rama de limón, la mojó en agua y los roció a todos. Al fin y al cabo, ellos y ellas eran la cooperativa que estaban bautizando.
-En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, te llamaremos "Cooperativa Esperanza de los Campesinos".
Y así se llama hasta el día de hoy.