-Yo conozco a un Satanás / que a este pueblo ha llegado / en una mula montado / un cura sin sacristán / Quién sabe qué fin tendrá / porque ya nadie le cree / por toda parte se ve / registrando recoveco / parece gallo clueco / y nadie le tiene fe...
Un aplauso cerrado recibió la décima que Efraín dedicaba al padre Héctor Gallego.
-¡Aún tengo otra más! -anunció jubiloso el cantor a la barra que se había juntado para escucharlo.
Allí estaban los capataces y servidores de los patrones y otras gentes de Santa Fe, que siendo peones le tenían vendida o alquilada su mente a los patrones desde hacía una generación.
-¡Concho! ¡Pues suelta esa otra décima! -le pidieron, mientras el cantinero les llenaba los vasos de chicha fuerte a cuenta de don Alvaro Vernaza, promotor de aquella reunión.
Efraín se aclaró la voz con un trago de chicha y siguió punteando la guitarra y cantando.
-Es toda la realidad / la religión se ha perdido / por el cura corrompido / que ha llegado a este lugar / Aquí ha venido a intrigar / entre el campo y el poblado / entre el ladrón y el honrado / quien trabaja y el que no / Por eso es que creo yo / la religión se ha acabado.
Los entusiastas aplausos hicieron temblar las paredes de tablas de la cantina. No era difícil, eran muy endebles y ya se había desplomado cuatro veces. El gordo Efraín vació el vaso de un solo trago y se quedó mirando embelesado a los que le aclamaban.
-Les prometo que voy a componer más décimas -dijo en tono solemne-. ¡Y con más pimienta que éstas!
Entonces, uno de los más conocidos capataces de Alvaro Vernaza se puso en pie y se dirigió a todos en tono grandilocuente.
-Don Alvaro les promete que este palo de décimas se estrenará para San Pedro! ¡Será el tanganazo de la fiesta!
Mientras todos ovacionaban el anuncio, Efraín y el capataz chocaron los vasos llenos de chirrisco en señal del pacto y la complicidad.
Como siempre, al llegar a su mitad la carrera del año, Santa Fe de Veraguas se volcaba en los preparativos de la fiesta de San Pedro, pescador de Galilea, primer Papa de la historia y santo patrón del pueblo. Sólo en esos días, la única calle de Santa Fe y la red de callejones que la rodeaba permanecían abarrotados.
De todos los campos, aun de los más remotos, llegaban a la cabecera a celebrar. Y celebrar significaba beber hasta rodar en las cantinas y comer todas las burundangas que en esos días ofrecían las tiendas. También se organizaban peleas de gallos. Y juegos de apuesta, chinguias de todas las especies. Eran los días del mayor negocio para tiendas y cantinas. Desde las vísperas engalanaban techos y paredes con papelitos de colores y se preparaban para largas jornadas sin final. Las cantinas no cerraban ni en todo el día ni en toda la noche. Algunas contrataban a músicos capaces de arrancarle a sus guitarrones melodías llorosas, del gusto de los clientes pegados durante horas al vaso de chirrisco. Otras cantinas preferían aturdir con la ruidosa música de las vitrolas.
Siempre lo más vistoso de las fiestas resultaba el desfile de caballos. Los más ricos de Santa Fe y sus colegas de Santiago y de San Francisco se paseaban orgullosos en flamantes cabalgaduras por el centro del pueblo. Salían a lucir monturas, arreos, botas recién embetunadas y sonrisas. Y hacían carreras, en las que a menudo resultaban atropellados algún viejo, mujeres o niños. Los pisoteados ponían su sello a las fiestas. Anualmente, aquellos caballos que dejaban los caminos llenos de cagajones, también volvían a dejar bien en claro quién era quién en Santa Fe de Veraguas.
El último en desfilar era siempre San Pedro. Cuatro mayordomos llevaban su imagen en procesión por el enredijo de callejones enlodados, seguidos por el cura, que guardaba para ese día el incienso y los más dorados ornamentos. El santo daba así su bendición final a jinetes y a caballos, a comilonas y chupatas. Era de esperar que también quedaran benditos los múltiples engomados que amanecían por las cunetas.
-Sin borrachos no hay fiesta. Ahí está el detalle -planteó Alfredo con tono fatal.
Unos días antes de la celebración de San Pedro, el equipo de pastoral que Héctor coordinaba se reunió con varios de los campesinos responsables. Entre todos trataban de pensar cómo darle una vuelta de tuerca, o tal vez dos o tres, a celebración tan poco cristiana.
-Con San Pedro, nosotros tenemos todavía un mandamiento pendiente que no hemos cumplido -dijo Héctor-, el de santificar las fiestas.
-Pero ese mandamiento no es fácil de cumplir, ¡porque esta fiesta es pura juma! -dijo Porfirio y puso los ojos en blanco, imaginándose aquel licor al que había renunciado desde su elección como responsable-. Y yo me pregunto -continuó, añorando vaso y botella-: ¿es que se podrá santificar el guaro?
-Claro que se puede -lo sacudió de su ensoñación Héctor-. Tú sabes, Pillo, que se puede.
-¡Caraste con el cura! ¿Y cómo se sale de la bebida? -dijo Joaquín, nuevo en las reuniones.
-Se sale de la bebida saliendo de la cantina -contestó Héctor. La cantina siempre tiene dos puertas, no lo olviden. Y una es de salida.
-Eso ya lo sé, pero ¿cómo se santifica la bebida? -volvió a la carga Pillo.
-Eso también lo sabes, pero te lo voy a repetir. Si invitas a un amigo y los dos beben juntos y se alegran un rato, ¡ta' bueno! ya santificaste la chupadera con la amistad. Pero si después de dos tragos juntos no la paran y siguen los buches, entonces al licor se le quita todo lo de santo y sólo le queda lo de diablo.
Porfirio se rascó la cabeza. A pesar de todos sus esfuerzos, que no eran pocos, no le era fácil cumplir con lo que el cura le volvía a recordar. Ni a él ni a varios más. Pero aquel día la reflexión era otra y a ella volvieron.
-¿Y si en los días de San Pedro hacemos una convivencia entre nosotros? -se preguntó Aquilina y ella misma se contestó-. No, eso no sirve, porque nosotros no somos todos y la fiesta seguiría igualita, cortada por la misma tijera.
-¿Y qué podemos hacer entonces...?
-¡No podemos clausurar las cantinas!
-¡Ni podemos poner tranques en los caminos para que la gente no se apuñusque en las cantinas!
-¡Ni podemos encerrar los caballos de los ricos en sus cuadras para que no desfilen!
-¡Entonces, ¿para qué decimos que somos un poder? ¡Un poder que no puede nada, carajo! -se desesperó Jacinto.
-Tengo una idea -dijo con su dulce sonrisa la hermana Cecilia, después de un largo rato de lamentos de impotencia-. Y me parece que es muy buena idea.
La hermana Cecilia, la responsable de las reuniones de las mujeres, era alta, recia, rubia y sus palabras y sus consejos, hasta sus regaños, siempre resultaban dulces como la miel de palo.
-¿Y con esa idea suya, Cecilia, haremos santa la fiesta? -preguntó Teófilo.
Cecilia sonrió misteriosamente para intrigarlos.
-Díganos la idea... ¿Cómo haremos santa esta fiesta tan pecadora?
-Bueno -dijo Cecilia sin dejar de sonreír-, si no podemos hacer santa la fiesta, ¡hagamos que no haya santo en la fiesta!
-¿Y qué es lo que propones? -le preguntó Esteban.
-Propongo... ¡que secuestremos a San Pedro! Sin San Pedro no habrá procesión y sin procesión, al menos no habrá...
-¡Excelente! -Héctor pegó un brinco de aprobación, agarrando incompleta la idea en el aire como si fuera balón de fútbol.
Mientras Cecilia les explicaba su plan, se deshizo aún más el poco orden de la reunión.
-Lo que propone la hermana Cecilia -gritó Andrés para hacerse oír- es peligroso porque si...
-¡Si demasiado se pensara, no se haría nada! -lo calló Jacinto.
Y siguieron preparando entre risas la osada operación del secuestro de San Pedro.
-No hay tiempo que perder. En menos de 72 horas el comando entrará en acción -dijo muy serio Jacinto.
Llegaron por fin las esperadas fiestas de San Pedro. Las cantinas abrieron desde la primera hora y multiplicaron sus ventas las tiendas. Corrió el chirrisco. Santa Fe se llenó de gentes que venían de más lejos y de más cerca y aunque llovía torrencialmente varias horas diarias, la fiesta no se detenía. Tampoco la música. Los Vernaza llenaban sus bolsillos.
Así transcurrió el primero y el segundo día de las fiestas.
-¿Y cuándo vamos a escuchar las décimas dedicadas al cura, Efraín? -le preguntaban.
-En el momento cumbre. Cuando los mayordomos paseen al San Pedro y el curita vaya en la procesión, ahí mismo salgo yo a cantarlas. ¡Como Dios puso al perico! ¡Así se va a quedar el padrecito! -y soltó una carcajada.
La imagen de San Pedro tenía unos veinte años de vivir en Santa Fe, soportando calores, humedad y polvo. Los ojos del santo, redondamente abiertos y algo viruecos, miraban a lo alto, como azorados. El pelo lo tenía ensortijado y prieto. Con la mano izquierda se sostenía el manto, de un color verde desteñido, y en la mano derecha llevaba una llave dorada para abrir la cerradura de la puerta de los cielos. Tenía un metro de altura y aun siendo de yeso, moverla era difícil, resultaba muy pesada.
Cuando los responsables levantaron con Héctor el rancho que hacía las veces de centro parroquial, San Pedro se había ido a alojar en uno de sus rincones. Al fin y al cabo, la imagen era patrimonio eclesiástico. De aquella residencia, el santo salía únicamente en ocasiones especiales. La más solemne, la procesión que el 29 de junio en la mañana celebraba en su honor el pueblo de Santa Fe de Veraguas.
Cuando ya era oscuro y las cantinas empezaban a llenarse de la luz y las sombras que propagan las lámparas y subía el volumen de las canciones más desgarradoras, la hermana Cecilia, la hermana Consuelo, Héctor y dos responsables se reunieron en el rancho parroquial en torno al San Pedro. A esas horas no levantaban sospechas y si alguno miraba una guaricha encendida en el rancho de la parroquia, no se iba a extrañar. Pensarían que el cura y los suyos andaban en una de sus muchas reuniones o tal vez elevando plegarias por los pecadores cantineros.
Los secuestradores llevaron al centro parroquial un par de sábanas viejas y unas bolsotas de plástico para envolver en ellas a San Pedro.
-Compañero Pedro -le dijo Héctor, cuando la imagen estuvo acostada en el suelo ya lista para ser envuelta en su sudario-, usted ya sabe que lo estamos disfrazando por la fe de Santa Fe y no por ninguna otra razón. Para que chupen lo que quieran, pero al menos no lo manoseen a usted.
La operación fue rápida y ordenada. Sólo la retrasaban las risas y la procura de no hacer ruidos. Dos vueltas de sábana acá, dos allá, dos acá... Cecilia dirigía y los demás se coordinaban para mover con mucho cuidado al santo y con más ligereza los trapos.
-Ya está -dictaminó Cecilia satisfecha-. ¿Quién lo reconocería así? Nadie.
Listo el bulto, Héctor dio las órdenes.
-Tú, Cheque, te vas a quedar de guardia aquí dentro y con los ojos bien pelados por si acaso llega alguien... Y Pablo se acercará con el jeep cuando aún sea oscuro...
-Sin hacer mucho ruido -insistió Cecilia-. Nosotras estaremos esperando. Entre las dos sacaremos el santo paquete.
-Cuando sea la hora de que vengan a buscar a San Pedro para la procesión, ustedes ya estarán a medio camino de Santiago...
-calculó Héctor.
-Si nos para la guardia, decimos que llevamos una donación de medicinas...
-Descuida, Cecilia, en estos días la guardia no busca santos ni medicinas, ¡busca enemigos de Torrijos! -dijo Jacinto.
-A ustedes tal vez ni las paren, para algo son monjas -punteó Héctor-, pero a nosotros acá, ¡nos esperan unos buenos mongazos! -y se carcajeó, cuidando de no hacer ruido.
-Bendice al secuestrado -le propuso Cecilia riendo, antes de despedirse.
Héctor Gallego trazó la señal de la cruz sobre el bulto informe y blanco que escondía al santo patrono. Después todos se fueron a dormir, menos Ezequiel, que se mantuvo allí en el centro, en vigilancia.
Con el cielo aún lleno de estrellas y el sol todavía sin desperezarse, el commander de la cooperativa se acercó sigiloso al rancho de la parroquia para recoger a Cecilia y a Consuelo, más ataviadas de monjas que nunca, con hábitos, tocas y velos blancos y grandes cruces al pecho. Cuando las religiosas tuvieron al santo empacado bien colocado sobre sus piernas, Pablo arrancó haciendo el menor ruido posible. Pronto, el vehículo se zambulló en las sombras en su misión clandestina rumbo a Santiago.
La mañana amaneció radiante. Para la procesión, las tradiciones mandaban que cada quien se vistiera con sus mejores ropas. Muchos estrenaban ese día, traía suerte. Los mayordomos lucían siempre camisas muy lavadas y planchadas y en los pantalones, una raya tan marcada que parecía filo de navaja. Cuidaban de no beber la noche anterior para andar sanos en la procesión y así el santo no se les fuera a caer desbaratado de su base por causa de un traspié. "Después de honrado San Pedro, ¡comienza la parranda!": ésa era la más sagrada ley de aquel día de cierre de las fiestas.
Bien temprano, los mayordomos se acercaron al centro parroquial para montar la imagen en su anda y rodearla de los moños de flores preparados por las beatas.
-Venimos a buscar al San Pedro -le dijo uno de los mayordomos a Ezequiel, que había amanecido allí y andaba dormitando en un taburete.
-Pasen.... -les respondió él, abriéndoles con gran cortesía la puerta de cañas del rancho parroquial.
Entraron directamente al rincón que era el habitual refugio del santo.
-Pero, ¡¿dónde está San Pedro?! -gritaron alarmados.
-Pues, ¿dónde va a estar, hombre de Dios? -respondió Cheque, haciéndose más dormido de lo que estaba-. Si es santo, en el cielo ha de estar.
-¡La estatua, carajo! ¿Dónde está la imagen del San Pedro?
-¿Es que no está ahí...?
-¡No, hombre, no está ahí!
-Pues si no está ahí, yo no sé dónde está...
-¿Tú no sabes y tú eres el que cuidas aquí, ah? Y el cura, ¿dónde está el cura?
-Ese sí sé dónde....Voy a avisarle al padre Héctor, tal vez él sepa del santo, ése es su oficio...
Era lo que habían acordado. Sería Héctor el que daría la cara, asombrándose todo lo que fuera capaz de la inexplicable desaparición de la imagen, en un teatro que tenían estudiado.
Los mayordomos quedaron esperando en la puerta del rancho que Andrés regresara con el cura. Pero cuando Héctor llegó, ya medio Santa Fe sabía que algo grave estaba ocurriendo y la gente empezaba a aglomerarse alrededor del centro parroquial para no perderse nada del seguro trepaquesube.
-No me explico lo ocurrido -dijo Héctor al llegar, haciendo un esfuerzo por acentuar la ingenuidad que ya tenía su rostro-. Realmente, no me lo explico.
-Pero, ¡si usted es el cura y hablamos de un santo, es usted el que tiene que saber!
-No crea, amigo. No siempre sabe del sancocho el que está más cerca del fogón...
-¡Déjese de historias y sea responsable de lo que es su responsabilidad! -gritó un mayordomo.
-Y ahora, ¡¿qué hacemos ahora...?! -gritó el otro.
-Buscar al santo... Quién sabe si unos borrachos no se lo llevaron, quién sabe si fuera alguna beata por devoción... Todo es posible.
El alboroto crecía como la marea a sus horas, indetenible. Y amenazante.
-¡Qué vaina! ¡Sin San Pedro no tenemos fiesta!
Algunos se pusieron a correr a un lado y a otro, pero sin concierto y sin brújula, viendo si por acaso o si por milagro aparecía.
-¡Sin San Pedro no tenemos fiesta! -insistió uno de los guachimanes de Vernaza, indignado.
-¿Cómo no van a tenerla? -les dijo Héctor en el colmo de la tranquilidad para quitarle dramatismo al drama-. Ayer hubo fiesta y hubo fiesta antes de ayer. La parranda puede seguir hoy igualita.
-Pero, ¡¿sin procesión?!
-Tal vez es mejor así. Sin revolver lo junto con lo pegado. Y que la procesión y el homenaje al santo no vayan por la calle, sino en el corazón de cada uno.
Héctor trataba de aguantarse la risa al trazar en el aire una gran cruz con la que ponía punto final al asunto. Después se alejó con Cheque del tumulto, temiendo lo peor.
Pero no fue así. Lo mismo que subió, bajó la marea y el desconcierto inicial de los aglomerados se transformó muy pronto en conformidad y la mayoría decidió olvidar la procesión llenando las cantinas y apostando sus últimos centavos en los juegos o regresando a sus casas. Los niños correteaban por las calles luciendo sus vestidos de domingo y toda la expectativa fiestera se desplazó al lugar por donde desfilarían en unas horas caballos y caballeros.
A la tarde, Héctor estaba reunido con varios responsables en el rancho parroquial evaluando lo ocurrido. Se felicitaban por la inesperada calma de la reacción general y calculaban los días en que estarían de regreso las secuestradoras, cuando por el costado del rancho escucharon unos gritos apremiantes.
-¡Padre, padre! ¡Apareció San Pedro! ¡San Pedro apareció!
No era posible. ¿Qué habría ocurrido? El primero en salir disparado fue Héctor. Al sólo abrir la puerta, tres borrachos le cayeron encima y comenzaron a garnatearlo y a jalarle los pelos. El instinto le hizo quitarse a tiempo los anteojos. Y la puntería, lanzarlos sin romperlos al centro de la habitación.
-¡Es un sacerdote, carajo, eso es pecado! -gritó Cornelio, que desde que salió comenzó a repartir trompadas.
-¡Más pecado es tocar a un santo que a un cura! -gritaba quien dirigía la operación, que no estaba bebido.
Pronto ya eran diez los que repartían y recibían golpes y cien los que miraban y azuzaban. En una primera fila alejada Alvaro Vernaza contemplaba satisfecho el espectáculo.
-¡Basta, es suficiente! -gritó al rato-. Ya tuvo su merecido.
El pleito se disolvió poco a poco, como se va desenredando una maraña. Héctor se enderezó, se compuso la camisa, se sacudió el polvo y se colocó los anteojos. Ya con ellos puestos, cruzó una mirada con Vernaza, montado en su caballo y listo para el desfile. Lucía satisfecho cuando le dio la orden a Efraín para que comenzara a cantar. El gordo, apostado frente al rancho, se acompañó con la guitarra y alzó la voz más que nunca haciéndose oír de los que se habían reunido al calor de los mameyazos.
-Ya los santos se acabaron / nadie sabe dónde están / de la iglesia los botaron / los padres sin sacristán / Dónde iremos a parar / se acabó la devoción / este cura es maldición / comunista sin piedad / él falta a la caridad / y no tiene religión.
Héctor no se achicó. Al contrario, fue el primero en aplaudir la décima en su honor. Después saludó a los congregados con una inclinación de cabeza. Y sin dejar de sonreír entró de nuevo con los responsables al rancho parroquial para continuar la reunión. Cuando cerraron la puerta, el estallido de un cohete marcaba el inicio del famoso desfile.
-¡Santificamos la fiesta, carajo! Los dejamos sin santo, ¡pero por nada nos dejan sin cura! -dijo Alfredo, todavía agitado por la pelea.
-Querían matarte, Héctor -aseveró Cornelio.
-No, sólo quieren asustarnos. -respondió Héctor riendo.
-¡No, ombe! ¡Es contigo! ¡Eran ojos de mucho odio! ¡Querían era matarte! -recalcó Andrés bravo, sacudiéndolo por los hombros, como para que recapacitara.
-Bueno... ¿y qué? -siguió sonriendo Héctor- Prefiero morir en la calle por una causa que en la cama como un pendejo.