Dos guardias golpearon la puerta del Centro Juan XXIII de San Francisco de Veraguas haciendo un estruendo. Fue uno de los campesinos que participaba en el encuentro de capacitación quien dejó el salón de clases para abrir.
-¿Está aquí un cura que se llama Héctor Gallego? -dijo el guardia peor encarado.
-Aquí está. El da el cursillo.
-¡Pues que no dé nada y que salga!
Héctor Gallego se aproximaba ya por el corredor. Aunque el salón estaba apartado, había gritado tanto el guardia que desde lejos lo escuchó mentar su nombre.
-Usted -lo señaló imperioso el guardia, que no distinguió en él al cura-, vaya a llamar al padre Gallego. ¡Que se apersone aquí!
-Ya estoy apersonado, yo soy Héctor Gallego.
-Ah, ¿usted es el cura?
-Eso dicen... ¿Qué es lo que pasa?
-Traemos una orden de detención. Usted está detenido por órdenes del señor fiscal.
-Pero, ¿por qué...?
Sin darle tiempo a más, el otro guardia le puso las esposas y las cerró con un ¡tácata!
-¡Acompáñenos! -y le dio un soberano empujón para que siguiera al guardia peor encarado.
Héctor volvió el rostro hacia el campesino, que se había quedado junto a la puerta, paralizado. Lo miró divertido y le hizo un guiño de ojos, tratando de quitarle importancia.
-Corre, ¡avisa a los demás que me metieron en chirola! -le ordenó risueño.
Al llegar a la cárcel de Santiago, el guardia que estaba en la oficina de entrada se puso en pie y antes que Héctor le preguntara nada le dijo en tono ceremonioso:
-Señor padre Héctor Gallego, usted está acusado ante la Fiscalía Segunda de Veraguas de instigar a un grupo de jóvenes de Santa Fe de Veraguas -valga la redundancia- para que quemaran una planta eléctrica de propiedad del señor Alvaro Vernaza.
-Hermano, ¡pero si eso ocurrió hace más de dos años! -le argumentó Héctor.
-Ya ve usted: la justicia tarda pero llega.
-Pero si a aquel aparato sólo le arruinaron unos alambres y le rasparon la pintura de la tapa y yo no...
-Usted va a guardar todas esas explicaciones para contárselas al juez. Ahora está detenido.
Héctor sonrió, tratando de acopiar paciencia, mientras los guardias ya lo hacían caminar por un estrecho pasillo que desembocaba en un pequeño calabozo vacío.
Abrieron la reja, le quitaron las esposas y lo dejaron allí dentro, después de darle dos vueltas al cerrojo. Héctor se sobó las muñecas, aliviado de sentirlas de nuevo libres y se sentó sobre un saliente de cemento que había en la pared. "Debe servir de cama", pensó. Hedía a moho y a ratones. Decidió poner en orden sus ideas para lo que fuera a ocurrir después silbando suavemente un bambuco antioqueño que le recordaba su infancia.
Omar Torrijos estaba en Santiago. Manuel Antonio Noriega le había prometido la oportunidad de un encuentro con el cura Gallego fuera de Santa Fe, donde parecía ser todo más complicado y donde nunca iba a existir la privacidad que requería la plática.
A la media hora de estar encerrado en el calabozo y cuando ya tenía repasadas con silbidos las melodías de siete bambucos y entraba al octavo, un guardia fue a buscarlo para llevarlo a una sala, que parecía ser la más espaciosa y central de aquel edificio.
Al entrar vio una mesa redonda, rodeada de sillas vacías y en la puerta entreabierta que tenía enfrente a unos guardias que estaban esperando a alguien.
-¡Siéntese en una de esas sillas! -le ordenó el guardia y lo dejó solo.
A los dos minutos, y mientras se limpiaba los lentes con la punta de la camisa, el movimiento de los vigilantes le indicó que había llegado quien esperaban. Era Omar Torrijos. Acompañado de un par de oficiales, el dirigente entró con paso apresurado y ruidoso a la sala y tomó asiento frente a Héctor. Los otros dos lo flanquearon. Sin ningún preámbulo, Torrijos entró en la conversación.
-Nos volvemos a encontrar, padre Gallego. Dime, ¿qué es lo que ha ocurrido?
-Eso es precisamente lo que yo me estoy preguntando desde que me trajeron aquí.
-Pero, ¿no te han dicho por qué te trajeron...?
-Un guardia habló de un asunto que ocurrió hace dos años y que...
-Si, ya sé, pero eso de la planta eléctrica es noticia vieja, eso es un periódico de ayer... Yo prefiero que hablemos de hoy, del presente....
-También yo lo prefiero.
-Mira, Héctor, yo conocí Santa Fe desde que era un pelao y allí había una comunidad de gente muy unida. Y ahora, ¿qué es lo que hay en Santa Fe? Todo el mundo anda dividido, hay indisciplina, hay pleitos, mucho bochinche, hay gente que no se habla unos con otros... Dicen que tú tienes que ver con eso...
-En la vida todos tenemos que ver con todos, General. La verdad es que lo que yo encontré en Santa Fe cuando llegué fue gente que nunca hablaba con nadie, que no sabía hablar de nada, que no pensaba...
-¿Y eso por qué? ¿Los oligarcas no los dejaban hablar? ¿Era eso?
-Bueno, no exactamente así, pero los caciques de Santa Fe...
-¿Caciques? ¿Gamonales? ¿Oligarcas? Dime, ¿de dónde tela si no hay araña? ¿El sastre es también un oligarca? ¿El peluquero? Hay mucha gente sencilla que no entiende esa religión extraña que tú quieres imponer allá...
-No es una religión extraña. De la religión que se vive en un compromiso social es de lo que hablan los documentos de Medellín...
-¿Medellín? ¡No quiero que me metas cosas colombianas aquí! A este país le sobran copiones del extranjero. Panamá está cocacolizado... ¿Y ahora tú me lo quieres colombianizar?
-Medellín no es nada extranjero, General. Los documentos de Medellín los acaban de firmar todos los obispos latinoamericanos, también los obispos panameños...
Torrijos frunció la boca en un gesto de duda.
-No quiero discutir con un cura cosas de religión, ya te dije que no me gusta perder... Lo que me preocupa es que tú quieras imponer esa religión...
-Yo no quiero imponer nada. Pero tampoco quiero que los dueños del pueblo le impongan al sacerdote lo que debe hacer.
-¿Y según el padre Gallego qué debe hacer un sacerdote? ¿Una cadena de tiendas para vender latas y hacer negocio? ¿Una cooperativa?
-¿Un quilombo? -dijo uno de los oficiales y pegó una carcajada.
Torrijos ni lo miró ni le vio la gracia. Héctor siguió como si nada hubiera escuchado.
-General, el sacerdote debe ayudar a formar una comunidad cristiana que comparte, que se compromete, que se organiza para mejorar su vida. En Santa Fe, las tiendas y ahora la cooperativa están siendo un camino. Los campesinos viven mejor. Y que la gente mejore su vida aquí en la tierra y no hasta en el cielo es lo que Dios quiere. Dios no nos quiere esclavos, nos quiere hijos.
-Eso está bien, tienes razón. La revolución panameña también quiere que los campesinos vivan mejor. Para eso la estamos haciendo. Para eso trabajo.
-Entonces, ¿cuál es el problema? -dijo Héctor riéndose.
Sin esbozar una sonrisa, Omar Torrijos sacó de una carpeta que el oficial sentado a su derecha había colocado sobre la mesa un papel mimeografiado. Lo tomó en las manos y empezó a leerlo.
-Veamos.... Aquí dice: "Lo que queremos conseguir". Y dice también: "Actitudes que debemos tomar" y "Actitudes que deben evitarse"...
Torrijos puso el papel delante de Héctor.
-¿Lo reconoces, padre, verdad...? Es la agenda de la reunión que tuviste con esos campesinos en las Navidades pasadas....
Héctor le echó una rápida ojeada y sonrió.
-Efectivamente. Nos tienen ustedes bien controlados.
-Como ustedes, ¡que también tienen controlados a los caciques del pueblo! -Torrijos se rió y Héctor también-. Mira, padre Gallego, he estado leyendo todos tus papeles para estar claro de cómo piensan ustedes matar las pulgas... Reconozco que hay una gran habilidad detrás de estos planteamientos que, por cierto, no me parecen hechos por unos pobrecitos campesinos... -y volvió a tomar entre sus manos el papel para leerlo en voz alta-. "No podemos mostrar que estamos opuestos", dice aquí. Se entiende que opuestos a mi gobierno, ¿no? Y aquí más abajo: "Evitar que se nombren nuevos comités del gobierno en las comunidades, evitar que se adueñen del movimiento y tomen el control de los grupos, evitar que las ayudas se conviertan en compromisos políticos con el gobierno..." ¡Ustedes quieren evitar demasiadas cosas!
-El campesino tiene muchos temores acumulados.
-¡El que no la debe no la teme!
-Nosotros no tememos nada. Podemos hablar de ese documento de principio a fin, si usted quiere, General. Y yo le puedo explicar el razonamiento que hay detrás de cada una de esas precauciones. No son gratuitas.
-Está bien, está bien... Veo que tenemos mucho de qué hablar usted y yo, padre, pero tendrá que ser en otra ocasión. ¡Y le prometo que habrá esa otra ocasión -dijo Torrijos, levantándose para salir.
Los dos oficiales se levantaron a la par de él, repitiendo sus movimientos. Ya en el pasillo, Torrijos se regresó a la sala donde Héctor permanecía sentado, tratando de interpretar la conversación, concluida tan intempestivamente como había comenzado.
-¡Ah, padre! ¡Y ya estás libre! Ya les dije a éstos. Ahora mismo te sacarán de aquí. ¡Y no me armes revoluciones, que con la mía basta!
Y volvió a salir. Escuchando en el pasillo los pasos secos y golpeados del General, Héctor Gallego sonrió perplejo.
El padre Alejandro Vásquez Pinto lo esperaba a la salida del gris edificio de la cárcel. No lo llevó al centro pastoral, donde el cursillo de capacitación continuaba, sino a la casa cural. Al cuarto donde, desde el primer momento y por disposición de obispo McGrath, Héctor Gallego descansaba cada cierto tiempo de sus trajines de Santa Fe. Allí en aquel cuarto tenía una cama más cómoda que el lecho de cañas de los ranchos campesinos y tenía lo que le proporcionaba más descanso que cualquier otra cosa cuando allí se refugiaba: cerros de libros. Héctor había obedecido con cierta regularidad la orden de descansar en Santiago. Ahora llegaba de nuevo al oasis, aunque sin quererlo.
Vásquez Pinto se le sentó enfrente a Héctor, le agarró con fuerza las rodillas y lo miró con aire dramático y alarmista.
-Ahora me vas a explicar qué sabes, qué pasó... -le dijo Héctor, en el colmo de la impaciencia.
La respuesta fue taxativa:
-Te están acusando de tener armas.
-¿Armas...? A mí me hablaron de aquella dichosa planta eléctrica...
-¡Cortina de humo, muchacho! A mí me dijo Torrijos que sabe que tú tienes armas y que andas entrenando guerrilleros... ¡y guerrilleras!
¿Yo...? -Héctor no pudo aguantar la risa.
-Tú. Armas, tú. Tú mismo. Vernaza le ha venido a vender todos esos cuentos a su primo y "alguien" los ha comprado.
-¿Pero qué armas...? ¿Será que como ya la cooperativa compró un vehículo piensan que estamos metidos en trasiego de armas...? Y Torrijos, que parece tan listo, ¿se cree eso?
-No sé si Torrijos lo cree o no. Pero insiste y es evidente que lo hace porque en el gobierno hay quien lo cree.
-¿Pero qué armas tengo yo?
-Lo que ahora tienes que tener es paciencia. Te vas a quedar aquí unos días en Santiago, fuera de todo...
-Pero, el cursillo... Si no ha acabado.
-¡Ningún cursillo! Vas a estar unos días fuera del juego.
-Pero, en Santa Fe...
-¡Sal del juego unos días, óyeme lo que te digo! ¿No ves que ellos te quieren sacar de él... para siempre?
-¿Para siempre...?
-Sí, hombre. Me pidieron que yo hable con el obispo Legarra para que te saque ya, ¡pero ya! de Santa Fe... ¡y del país!
-¿Te pidieron...?
-Bueno, ya sabes que cuando el jefe pide, pidiendo manda.
-¿Y Torrijos pidió eso...?
-No Torrijos. Otros. Esta orden viene de otro lado, pero viene de muy arriba. Noriega está en esto...
-¿Y qué dijiste tú...?
-¡Que el gobierno ni quita ni pone párrocos! Que el que manda en ese quita y pon es la Iglesia y sólo la Iglesia. Así que... quédate unos días aquí descansando, leyendo, y después regresamos los dos a Santa Fe y yo como Vicario de la Iglesia ¡te pongo y te repongo de párroco! Le vamos a callar la boca a ese bochinchoso de Alvaro Vernaza...
Héctor tuvo que darse por vencido. Y allí se quedó, en el cuarto, devorando la biblioteca.
Alvaro Vernaza supo del apresamiento de Héctor Gallego y también de su rápida liberación, pero interpretó su ausencia de casi dos semanas como un relativamente sencillo triunfo que anotar en su libreta de debes y haberes. Tendría ahora que completar tamaño éxito volviendo a poner el resto de las cosas trastocadas en su sitio: los campesinos comprando de nuevo en sus tiendas, salariando otra vez en sus fincas y empeñándole a él todas sus latas de café... ¡Y la cooperativa al mismísimo carajo! El mundo otra vez en orden.
-Sin el cabecilla, el revulú se aplaca rápido -consideraba Vernaza y así se lo decía a sus amigos.
Fue por eso que reaccionó con tanto enojo cuando supo que Héctor Gallego había regresado a Santa Fe acompañado del padre Vásquez Pinto, que llegó con él con aires de guardaespaldas ensotanado. El enojo se hizo ira al enterarse de la misa campal que celebrarían para darle la bienvenida a aquel cura de sus pesadillas que él había imaginado ya en una oscura sacristía de Colombia.
A la misa acudió una multitud. Como las malas noticias tienen alas, por todos los campos había circulado la historia del apresamiento de Héctor, pero como después no se supo más, la incertidumbre había crecido como mala yerba. Por eso, al enterarse del final feliz, de todos los campos bajaron al pueblo a celebrar con pan y vino, maracas y guitarras, el regreso de quien temieron no volver a ver nunca más.
Al terminar la misa, Héctor se despidió de Vásquez Pinto y agarró su habitual camino a El Pantano, acompañado de varios responsables, con los que iba a tener una reunión. Por eso no estaba presente cuando ocurrió lo nunca visto ni imaginado en Santa Fe.
Ocurrió cuando cada uno de los que habían asistido a la misa se había puesto ya en su propio rumbo y el padre Vásquez Pinto en el suyo: decidió ir a visitar a unos viejos amigos a quienes no veía desde hacía muchos años. Caminaba por uno de los callejones de Santa Fe cuando sintió un vehículo abalanzándosele por detrás. Por instinto, logró esquivarlo, dando un salto casi de venado que lo arrojó en un montecito. Pero el vehículo no quería paso, quería al cura. Al no lograr toparlo por detrás, frenó en seco y de él salió disparado como un bólido Alvaro Vernaza.
-¡Cónchole, cura! No se esconda detrás de ese turrumote!
Llevaba un grueso cable de alta tensión en las manos y con él a manera de garrote le cayó encima a Vásquez Pinto.
-¡Sooo! -gritó el cura como si espantara una bestia, al sentir el primer tanganazo en la espalda.
Pero el lugar había sido bien elegido, era apartado y solitario. Y nadie estaba por allí para librar al sacerdote de una buena docena de chicotazos.
-¡¿Por qué trajiste a ese cura de regreso, ah?! -gritaba enfurecido Vernaza cada vez que descargaba el cable sobre la espalda del cura.
-¡Sooo! -gritaba inútilmente Vásquez Pinto.
Por fin logró quitárselo de encima y hasta empujarlo derribándolo en el pasto. Vernaza estaba tomado y perdió el equilibrio. Entonces, desistió. Aturdido y dando traspiés regresó al carro, lo encendió y se fue como alma que lleva el diablo.
Sobre el monte quedó Vásquez Pinto lleno de moretones y con la camisa empezando a manchársele de sangre. Pero como era recio, aún tuvo fuerzas para darse el gusto de ponerse en pie, alzar con brío su brazo acusador y gritarle al atacante aunque ya no lo pudiera oír:
-¡A mí me quedarán las cicatrices, pero tú, Alvaro Vernaza, quedarás excomulgado!
La noticia de los fuetazos y de la excomunión anunciada corrió mucho más ligera que ninguna otra y Héctor se regresó en carrera al saber lo ocurrido. Vásquez Pinto se recuperó de los golpes, nunca llegó a decretar formalmente la excomunión y como era de esperar, no hubo alcalde ni policía ni juez que se atreviera a decirle ni mu a don Alvaro Vernaza Herrera.
"General Omar Torrijos Herrera". Así escribieron con su mejor letra los campesinos de Santa Fe de Veraguas en el sobre que enviaron con un mensajero de confianza a la ciudad de Panamá.
Héctor les había explicado lo ocurrido en Santiago, las preguntas de Torrijos, la reacción de los guardias contra él y lo peligrosos que podían ser para los campesinos santafereños los informes con que Alvaro Vernaza alimentaba la cabeza de su primo y quizás la de alguno más en la Guardia Nacional. Además, todos habían sabido de la paliza de Vernaza al padre Vásquez Pinto. Ante semejante crisis, la decisión de todos fue escribirle a Torrijos. Pero no para denunciar sino para invitar.
-Vamos a demostrarle que no tenemos armas, que tenemos una cooperativa.
-¡Y vamos a hacerlo socio de la cooperativa!
Todos aprobaron la idea de invitar a Torrijos a Santa Fe a formar parte de "La Esperanza de los Campesinos". Y cuando el General aceptó, juntaron esfuerzos para que el acto quedara no bueno sino perfecto. Era una cuestión de honor.
-Y también una estrategia -dijo Jacinto.
-¿Y eso qué quiere decir? -preguntó Aquileo.
-Que tal como se nos están poniendo las cosas, más vale maña que fuerza.
Durante unos días hubo trabajo de sobra para muchos. Se estableció un lacito verde en la solapa como distintivo de los socios de la cooperativa. Los impondrían solemnemente en el día de la fiesta. ¿Se dejaría Torrijos colocar un lacito sobre su casaca militar?
Construyeron con tablones una tarima para que los discursos tuvieran más relevancia y prepararon mesas y sillas para la comida al aire libre que cerraría el acto.
-¡Y en cada mesa se me sienta uno de la cooperativa! ¡Pero más a oír que a comer! - estableció Jacinto.
-¿Y eso por qué...? -preguntó Aquileo.
-Porque esto es una estrategia.
Mataron una vaca para el brindis. Y a prepararla. Y el arroz. Y a garantizar suficiente ron ponche y chirrisco para asegurar que todos estuvieran alegres y hablaran suelto. Torrijos, sobre todo. Para ver si lograban saber qué pensaba en sus adentros el General del trabajo de ellos y si de verdad creía que en lugar de campesinos eran guerrilleros.
Lo que más en serio se tomaron fue la preparación de los discursos. Palabras de bienvenida, presentación de la cooperativa, explicación del trabajo realizado en dos años, estado de cuentas, palabras de despedida. Aquilina fue la elegida para decir el discurso central a nombre de todos los cooperativistas.
-¡Vaya responsabilidad, Aquilina!
-Pero nada leído, todo hablado.
-Te lo aprendes bien en la cabeza y lo vas sacando de allí con calma, sin precipitud...
-Tú, tranquila, demostrando que eres pesada: ésa es la estrategia, Aquilina.
Aquilina ensayó mañana y tarde varios días hasta adueñarse de aquellas palabras destinadas a impresionar a Torrijos y a ganarse su respeto. Fueron tantos y tan seguidos los ensayos que muchos que no tenían que hablar nada en la ceremonia se aprendieron de memoria las palabras de Aquilina y eran capaces de repetir pedazos del discurso durante varios meses.
Todo Santa Fe y centenares de gentes llegadas de los campos estuvieron en aquel primer acto público que organizaba en su corta vida la cooperativa. Nadie quiso faltar. Torrijos y varios oficiales llegaron en helicóptero. Alvaro Vernaza se apareció con su gente, pero no estuvo en las primeras filas, se quedó al fondo. La fiesta no era suya. Encargados de todos los pasos del acto estaban los directivos de la cooperativa.
-¿Y dónde anda el padre Gallego? -preguntó Torrijos a los campesinos identificados como del comité de recepción, y que lo acomodaron con los otros oficiales de la Guardia Nacional en la tarima.
-Allá anda, con los demás -le señalaron hacia un lado-, con aquellos que llevan ya puesto el lacito verde. Ahí en ese grupo están los socios de la cooperativa. El padre Héctor también es un socio.
-¿Pero él no es el cura? ¿No es él quien manda aquí?
-No, aquí hay otra forma de mando, aquí manda la comunidad -le aclaró Alfredo.
Después de un par de cantos con mejoranas, compuestos para la ocasión, le tocó el turno a Aquilina. Habló con firmeza, sin ningún papel, sin ningún temblor en la voz ni canillera, haciendo exactamente las pausas donde tocaba y al hacerlas, mirando a Omar Torrijos a los ojos con gran presencia de ánimo. Ni los relinchos de algunos caballos circulando por entre la gente ni los llantos estridentes de los niños más chiquitos la distrajeron.
-Durante muchos años -dijo Aquilina- nos faltó lo principal. Ni se nos ocurría cómo hacer para trabajar por nuestro desarrollo. No teníamos un pensamiento ni una imaginación para hallar la salida a tantas pobrezas. Andábamos domesticados como bestias, por otros. Ahora, ya sabemos que Dios no quiere a unos pobres y a otros ricos sino a todos hermanos. Ahora, con la cooperativa, trabajamos para nuestro provecho y para el de todos. ahora estamos trabajando todos los días por las tres ces: cambio, compromiso y comunidad...
Torrijos la escuchaba sinceramente interesado, sorprendido del orden magistral que encontraba en todo. En medio del discurso de Aquilina le dio un codazo al oficial que tenía sentado al lado y le dijo con satisfacción:
-¡Esta es mi gente, carajo!
Y cuando "La Gata de Agua", como la llamaban todos, una niña de ocho años de lindos ojos de micifuz, le impuso entre aplausos el lacito verde que acreditaba a Omar Torrijos como nuevo socio de la "Cooperativa Esperanza de los Campesinos", la cargó conmovido y la llenó de besos. Aunque los tenía ubicados, desde la tarima no consiguió apreciar ni por un momento la expresión irritada de su primo Alvaro Vernaza ni el gesto de dicha de Héctor Gallego.
El discurso del General cerraba el acto y abría el brindis. Torrijos habló con entusiasmo, con la recia voz de todas sus arengas.
-La verdad es que cuando la gente lucha por liberarse, ¡nadie la puede detener! ¡Y eso es lo que yo estoy viendo hoy aquí! Porque ustedes han decidido salir adelante, los felicito de todo corazón. Pero también quiero darles un consejo y espero no lo boten a la basura. Me han dicho que aquí en Santa Fe hay desunión, que hay rivalidades y pleitos, que los descalzos están contra los enzapatados. Eso no es bueno, mejor es juntos, ¡todos juntos! Mi consejo es que terminen con esas enemistades. Si todos viven aquí, todos tienen que vivir unidos. Miren que donde hay pelea, ¡ni las puercas paren!
Hubo más risas que aplausos, pero también hubo aplausos que venían de la zona del fondo, donde estaban Vernaza y sus amigos.
-Ustedes saben -siguió Torrijos- que la revolución panameña se hizo buscando lo mejor para el pueblo panameño. Yo quiero lo mejor para el pueblo y ustedes, que son el pueblo, también quieren lo mejor. ¡Entonces, trabajemos juntos! ¡Jalen la carreta conmigo y no me le serruchen las ruedas!
Si el acto de la tarima salió perfecto, el brindis logró superarlo. La comida estaba sabrosa y no faltó chirrisco en ningún vaso. Y aunque casi todos terminaron medio jumados, ninguna alegría llegó a pleito. En cada mesa, según la estrategia, estuvo sentado uno de la cooperativa, bien abiertas las orejas para no perder nada de cuanto se hablaba.
En la mesa de Torrijos, y por fidelidad a la estrategia, no se sentó Héctor Gallego, sino tres campesinos dirigentes de la cooperativa: Pedro, Aquilina y Jacinto.
-¡El de Santa Fe es el mejor chirrisco del mundo! -les dijo el General alzando su vaso por quinta vez-. ¡A ver si con este chirrisco se bajan un poquito tantas pasiones como hay por aquí!
Aunque era un medio regaño, Torrijos lo dijo riéndose.
-¡Mejor que suban, General! ¡Para cambiar Santa Fe hacen falta grandes pasiones! -dijo Pedro, levantando su vaso.
-¡Y más va a necesitar usted para cambiar Panamá! -añadió Aquilina, que prefirió no tomar ni gota para mantenerse despejada.
-Usted y nosotros queremos un cambio, General, eso ya nos quedó hoy clarito -le dijo Jacinto a Torrijos, más atrevido frente al poder gracias al espíritu del chirrisco-. Usted y nosotros estamos en un mismo trajín. Pero con una diferencia, mi General...
Jacinto hizo una pausa esperando cortésmente la obligada pregunta de Torrijos sobre cuál sería la tal diferencia. Pero como no preguntó nada, él remató la frase:
-La diferencia, mi General Torrijos, es que usted quiere hacer el cambio de arriba pa' abajo ¡y nosotros lo estamos haciendo ya, de abajo pa' arriba!
Omar Torrijos se quedó viendo fijamente a aquel insignificante y esmirriado Jacinto Peña, que le sostenía firme la mirada con las dos bolitas de acero de sus ojos. Recorrió el rostro de los tres campesinos y después chocó pausadamente su vaso lleno de brillante chirrisco con el vaso de cada uno de ellos.
-No dejas de tener razón -dijo secamente.