La cooperativa crecía. Se desarrollaba, maduraba, prosperaba de abajo hacia arriba, trepando como enredadera por un árbol. De aquella "Esperanza de los Campesinos", con dos mil socios y muchos proyectos, se hablaba en Santiago y en otros lugares de Panamá. El éxito hace bulla y la cooperativa de Santa Fe de Veraguas ya lo hacía.
Del Centro de Capacitación Campesina de Santiago, el CEPAS, iban y venían a Santa Fe asesores y técnicos. Aquel día le tocó ir a Lucho, que había estado dos años en Canadá, preparándose mejor en cooperativismo.
-No vas a conocer aquello, no es lo que dejaste -le dijo un compañero de trabajo-. ¡Santa Fe está prendido, cuidado te quemas!
-¿Y cómo han logrado prender un terreno tan árido?
-¿Cómo? Voluntad, apego...¡querer! Lo que se quiere se cría, lo demás es bobería.
El viaje de Santiago a Santa Fe o era el día entero aguantando baches y tumbos en un jeep o era en la avioneta. Aunque tan frágil aparato de dos alas y un solo motor desataba en Lucho incontenibles temores, lo eligió para ganarle horas a los días y poder pasarse más tiempo en Santa Fe.
Llegó al aeropuerto temprano, con bastante antelación. La avioneta ya estaba parqueada en la pista, le estaban ajustando algo en las hélices. El cielo lucía despejado, sólo en lo más alto lo adornaban unas inofensivas nubes deshilachadas.
Pasada casi una hora no había llegado nadie más.
-¿Soy yo el único pasajero...? -preguntó Lucho deseando equivocarse.
-No, viene otro. Ya avisó. Debe estar al llegar. Cuando aparezca, ahí mismo arrancamos -le dijo el piloto, que fumaba con parsimonia un tabaco de mala calidad.
El otro apareció en el último instante. Ya Lucho y el piloto estaban dentro amarrándose los cinturones, cuando atravesó corriendo la pista y se montó de un salto, como si fuera autobús. Sólo un usuario habitual del servicio de avionetas podía haberlo hecho con tanto desparpajo.
-Buenos días -saludó sonriente y con un leve punto de agitación causado por la carrera a Lucho, su vecino en el viaje, mientras acomodaba sobre sus piernas su único equipaje, un maletín negro y abultado.
-Buenos días, amigo -respondió Lucho, deseando iniciar de inmediato una conversación con la que olvidar la hora en que estaría colgado entre el cielo y la tierra.
La avioneta empezó a deslizarse por la pista buscando impulso para subir. Por fin despegó, tambaleándose un poco, como siempre.
-¡Ajo! ¡Hasta que este chuncho sube y se estabiliza no se siente uno conforme! -se desahogó Lucho.
-¿Le tiene miedo usted? -le preguntó el otro.
-No miedo, pero sí respeto... Todos los artefactos merecen respeto...
-Olvídese de él. Más se sufre con la imaginación que con el sufrimiento.
Lucho fue aflojando poco a poco la tensión que le engarrotaba todos los músculos del cuerpo, tranquilizado con el estable volar logrado por la avioneta y con la cordialidad de su acompañante.
-Y dígame -le dijo el otro-, ¿a qué va usted a Santa Fe? Yo hago a menudo este viaje y creo que nunca nos habíamos cruzado...
-He estado en el extranjero un buen tiempo y hace ya bastante que no voy por Santa Fe... Antes allá había poco que hacer, allá no pasaba nada, pero ahora dicen que aquello ¡está que arde! Tal vez si usted viaja tanto a Santa Fe ya escuchó de la cooperativa...
-Claro, ¿quién no? ¡La cooperativa!
-¿Y qué le parece? ¡Esa fue la chispa! ¡Ha sido bingo para los campesinos!
-Parece que sí funciona....
-Funcionar es poco. ¡No trotan, galopan! Yo creo que si a esa gente no les cortan las patas, van a correr muy lejos...
-Y si no es indiscreción, ¿usted tiene algo que ver con los de la cooperativa? -le preguntó el otro muy interesado.
-Mucho que ver. En el centro donde yo trabajo les damos asesoría, capacitación. Hacemos intercambios. Van y vienen, vienen y vamos. Con ellos tenemos ahora un pocotón de planes. Yo es hasta ahora que voy a incorporarme al equipo. En este viaje espero darme cuenta del gran cambio que ha habido allí...
-El cambio fue desde que llegó el cura...
-¿Usted cree? Eso creen muchos, que fue el cura. Pero yo conocí al padre Gallego cuando llegó a Panamá y no sé, no parecía alguien capaz de generar un cambio tan grande... Más parecía un don nadie...
-Pero es tenaz. Y ya sabe usted que más puede gota que dura que chorro que para.
-Eso sí es verdad.... Me dicen que el padre Héctor ya es más panameño que el sancocho, que lo conocen por todo el país... Cuentan que desde su llegada se ganó a todos los campesinos.
-Bueno, desde su llegada comenzó el relajo...
-Pero eso es natural. ¿No es natural eso? ¿No es lógico? ¿No pasa siempre así? Pues así pasó en Santa Fe. Yo digo que cualquier proyecto de liberación trae enemistades... ¿No es así, amigo?
-Así es, así es... También puede haber algún fanatismo entre sus seguidores, ya sabe usted. El que nunca ha visto un santo, ante una escoba se persigna.
Aunque aquello no le hizo a Lucho demasiada gracia, sonrió por cortesía. La escoba barrió algo la conversación y abrió un silencio.
-Y usted, ¿viene buscándolo a él, al padre Gallego? -retomó la conversación el otro.
-Sí, claro, ¿a quién más? Héctor nos convocó a unas jornadas de reflexión. Reuniones, ya sabe usted. Es que tenemos muchos planes... Déjeme que le cuente, le va a interesar...
Arrastrado por el entusiasmo, Lucho compartía con el otro lo que sabía y lo que imaginaba. Y el otro recibía agradecido su euforia y sus informaciones.
-Tranquilo el vuelo -dijo el otro cuando Lucho terminó de explicarle planes y proyectos de la cooperativa.
-Tranquilo, por suerte -comentó Lucho aliviado.
-¿No quiere una menta...? Siempre llevo conmigo.
-Gracias -Lucho tomó cuatro mentas de la cajita que el otro le ofrecía y se las echó en la boca de un solo tiro-. Y dígame
-le preguntó al otro-, ¿usted también viene aquí por trabajo?
-También por trabajo, también... Y oyéndole a usted me estoy dando cuenta que los dos vamos en busca de la misma persona.
El otro sonrió enigmáticamente y apretó con firmeza su hinchado maletín de cuero negro. Lucho lo miró algo extrañado, sintiendo de repente y sin saber exactamente la razón, que un frío le peinaba todo el cuerpo. Pero el día era caluroso.
-¿Buscamos...a la misma persona? -preguntó intrigado.
-Coincidencias -le respondió el otro con la misma cordialidad de antes, mientras concentraba toda su atención en zafar los seguros del cierre de su maletín. Cuando lo tuvo abierto, metió la mano, lo sacó y se lo mostró a Lucho.
-Y este artefacto -le dijo sonriendo-, ¿le merece respeto?
Era un fierro del tamaño de una tijera de podar, pero con la punta en forma de tenaza. Lucho lo miró fijamente.
-¿Qué es eso...? -le preguntó con un punto de temor.
-Eso es para mi trabajo.
-¿Y qué trabajo es el suyo? -dijo tragando en seco.
-Mi trabajo es capar. Con esto lo hago.
Un ramalazo de hielo volvió a azotar el cuerpo de Lucho, pero esta vez la frialdad se concentró en su bajo vientre.
-Aunque no tiene cuchilla, esto corta -dijo el otro dejando que su dedo índice recorriera lentamente los bordes curvos de la tenaza-. Voy a castrarle varios toros a don Alvaro Vernaza, pero ya me dijo él que me quedara un tiempito para capar a alguno más...
El otro no cesó de sonreirle. Tampoco guardó el artefacto. Lo mantuvo sobre las piernas, ante los ojos perturbados de Lucho. También dejó entreabierto el maletín para que su acompañante pudiera ver el resto del instrumental.
En silencio total pasaron los dos lo que restaba del vuelo, un rato que nunca supo calcular Lucho si fue corto o prolongado. Se había tragado de golpe las cuatro mentas y por poco se ahoga y la avioneta tocó tierra en Santa Fe y él ni lo notó. Cuando el artefacto de dos alas quedó inmóvil, el otro guardó el artefacto de hierro, cerró su maletín, abrió la puerta y se bajó de un salto, con la misma ligereza con la que había entrado.
-¡Mucho gusto! -le tendió la mano a Lucho, que al estrecharla la sintió sangrante- ¡Ya buscaré al padre en esa reunión para el trabajo!
Lucho tardó minutos en bajar del artefacto. Tenía helada la entrepierna.
Cuando llegó al rancho parroquial ya estaban reunidos allí varios responsables. No conocía a la mayoría de ellos, nunca los había visto. La última vez que él había estado en Santa Fe hacía dos años, aquellos hombres eran campesinos cimarrones a los que nadie les conocía ni el tono de la voz.
Al verlo entrar, Héctor Gallego hizo un alto en el debate para presentarlo:
-Es Luis Batista, del CEPAS, que sabe todo de cooperativas y viene a colaborar con nosotros a partir de ahora.
Le dieron un aplauso y como era casi la hora del receso, todos se levantaron a tomar una limonada. Continuarían discutiendo en quince minutos.
Lucho encontró a Héctor más flaco que nunca y con un ojo tapado, como pirata fuera de su nave.
-¿Y eso qué fue? ¿Qué te pasó? -le preguntó alarmado señalando el parche.
-Nada, hombre. Se me quebró un cristal de los anteojos y prefiero ver negro que no ver nada por un agujero. Andaré así hasta que me los arreglen. ¡Es una promesa!
-Peligroso, peligroso.... Mejor que te los arreglen pronto. Aquí ni los dos ojos bastan para sortear los peligros. Está difícil la situación, ¿no?
-No especialmente -a Héctor le daba risa verlo tan nervioso. No más que otras veces... ¿Por qué lo dices?
-Es que en la avioneta vine con un tipo que no me hizo ninguna gracia. Bueno, a decir verdad, el tipo me asustó...¡El capa!
-¿Qué capa? ¿Traía capa? ¡Viniste con Drácula!
-¡No, hombre! Capa. Castra. El tipo castra toros. Pero me dio a entender... ¿Tú estás amenazado, Héctor? ¿Cómo está ese asunto?
-Te veo novelero, Lucho. Déjame el cuento para después, que ahora tiene que seguir la reunión. Mejor siéntate ahí y escucha el debate. Así vas conociendo a los responsables y vas dándote cuenta de los problemas en los que estamos. Ahora sólo escucha y a la noche hablamos...
-Realmente, estoy viendo visiones. No cargué yo el cajón, así que no sé lo que pesaba el muerto. Santa Fe era lo último de lo último y ahora ustedes van en cabeza. Díganme, ¿cómo han logrado ustedes tanto en tan poco tiempo?
-¡Algún día te daremos la receta! -le dijo Héctor riéndose, no sin satisfacción por el elogio que suponía tanto asombro.
Lucho había pasado todo el día de reunión en reunión con los nuevos cooperativistas, comprobando avances en la producción, en la comercialización, en la organización y sobre todo, avances en la conciencia de la gente. De todo eso ya le habían hablado en Santiago, pero no imaginaba saltos tan enormes. Ahora, era de noche y estaba reunido con Héctor, con Esteban, con Cecilia y con otros del equipo. Con los que habían "cargado el muerto".
Estaban felices y lo habían contagiado. No se le olvidaban las amenazantes tenazas negruzcas del tipo de la avioneta, pero el susto ya se le había acomodado en un rincón de la memoria y allí lo tenía bajo control. Ni siquiera le había vuelto a hablar de eso ni a Héctor ni a ninguno de ellos, tan absorbido estaba con lo que descubría en Santa Fe, un lugar por el que hacía sólo dos años no hubiera dado ni un centavo.
-Estamos pensando en abrir la experiencia a todo Panamá, Lucho -dijo Héctor con cara de pirata soñador-. Estamos pensando en una convivencia en Chilagre. Juntar universitarios de Panamá, gente de las comunidades de San Miguelito, de Chiriquí, varios jóvenes de Santiago, todos reunidos varios días con los campesinos de acá, viviendo como ellos, pasando la burra de necesidades que ellos, al menos por unos días... Eso hace conciencia, ¿no? Sobre todo en los jóvenes. ¿Cómo la ves?
-¡Chuleta! ¡Espléndida idea!
-Estamos convencidos que Santa Fe aislado no va a ningún lado.
-Bueno, a algún lado, sí vas tú... ¡A la cárcel ya fuiste! -le dijo riendo Esteban.
-Precisamente por eso. Pueden joderte porque estás aislado. Pero cada vez pueden menos, porque ya mucha gente nos conoce, esto ya suena...
-Suena, suena...¡es un estrépito! -confirmaba Lucho.
-Pero -siguió Héctor soñando-, todavía falta mucho. El día en que esto deje de ser un puro movimiento local y agarre un nivel nacional y se vincule con otros movimientos que ya hay en Panamá y esos movimientos empiecen a mirar hacia los campesinos y a contar con ellos, entonces nadie nos para. ¿Quién se atreverá a tocarnos?
-Yo creo -dijo Lucho- que es muy importante para lograr todo eso que dices que la cooperativa siga agarrando la fuerza de una empresa. Y aquí hay materia prima, esta gente ha aprendido rápido cómo hacer. ¡Empezaron con centavos y ya manejan miles de pesos!
-Pero no queremos hacer sólo una empresa, queremos hacer conciencia, hacer gente -le aclaró Cecilia-. No estamos aquí sólo para hacer dólares.
-Está bien, Cecilia. Pero por algo hay que empezar. Y antes, ¡aquí no había ni gentes ni dólares, carajo! Y ahora ya tienen hasta vehículo, ¡y no un chunchito sino un commander de primera! Por cierto, ¿de dónde lo sacaron?
-Lo compramos en un remate que hicieron los americanos del canal.
-¡Está bueno! Los gringos hicieron el bien y no sabían a quién...
-Mira, Lucho -seguía Héctor-, vamos a tener otro commander si hace falta y un tractor y cuarenta tiendas, pero aquí lo fundamental es el coco de la gente. Tenemos que asegurar un buen plan de capacitación para los campesinos. Un plan que tenga continuidad. Con el método de Pablo Freire, que está lleno de pistas... Nos tienes que ayudar, hombre. Ya les hemos conseguido becas a seis y ya los metimos a estudiar en la escuela de agricultura de Atalaya. Hay que mandar a otros a Panamá a los cursos del ICI. Tenemos que sacar profesionales de esta primera camada: abogados, técnicos en agronomía, de todo nos hace falta... Este proyecto sólo se mantiene y sólo va pa'lante si lo manejan los mismos campesinos santafereños. Netamente ellos.
-Eso está hecho, con la clase de cimientos que ustedes ya han puesto, ¿qué cuesta ahora poner paredes y ventanas?
-Vamos a darle la vuelta a la tortilla en Santa Fe...¡Y desde Santa Fe a todo Panamá! ¿No lo está haciendo Allende en Chile? Y aquello es un país diez veces más grande y más complicado que éste. Se puede... ¡Se puede! -Héctor estaba entusiasmado.
-¡A éste se le queda chiquito el mar para hacer un buche de agua! -advirtió Pedro, que siempre hacía advertencias-. Yo creo, Lucho, que el primer plan es no andar de pretenciosos.
-Pretensión sería querer esto para pasado mañana, Pedro. Esto es un plan para años, esto es un plan estratégico. ¡Y tú no seas tan tibio!
-Esto es un plan estrambótico, ¡y ustedes no sean tan calientes!
Se enzarzaron en un debate sobre lo ardiente y lo templado a la hora de hacer planes y Lucho tuvo que volverlos al orden. Con Pedro Rodríguez todo acababa en discusión.
-Helados o calientes, no está mal que mantengamos bien abiertos los dos ojos. En Santiago todo mundo sabe que la Guardia Nacional está preocupada con tanta gente despertando en Santa Fe.
-¿Tú crees, Lucho? -dijo Héctor, con cara de no creer.
-No creo, estoy seguro. Es lógico que más pronto que tarde el proyecto de Torrijos vea una competencia en el proyecto de ustedes. Hay celos.
-¿Sí? ¿Siendo tan pequeños...? -preguntó, modesta, Cecilia.
-Bueno, ahora son pequeños, pero están creciendo, ¡yo no les veo a ustedes vocación de enanos!
-La Guardia ya está detrás, eso está claro -dijo Esteban-. Sabemos que por aquí ya hay campesinos que sapean, que se han hecho informantes de la Guardia.
-Eso mismo he dicho yo cuántas veces -recordó Pedro-, pero Héctor es necio y no quiere creer que hay campesinos soplones, que los hay, que los hay...
-¿Cuántos hay, Pedro? ¿Uno? ¿Dos? ¡Ajo! ¡Tú ves fantasmas donde sólo hay sábanas! -lo cortó Héctor.
-Héctor, Pedro tiene razón. Ustedes deben de cuidarse, tienen que cuidarse. ¡Tú, Héctor, tú sobre todo! Mira que esto no es jugando -dijo Lucho en tono dramático-. Alvaro Vernaza tiene un gran poder aquí y es primo de Torrijos que tiene todo el poder allá. Hay muchos intereses en juego. Si ustedes le han tocado el bolsillo a estos caciques, a ustedes...¡les van a tocar los huevos! -a la mente de Lucho regresó la imagen de la tenaza-. Yo sé, yo sé... ¡yo tengo datos que ustedes no tienen! Yo vine con un tipo de ojos siniestros que ofrecía mentas, pero que llevaba un maletín con un fierro y...
-¡Shht! ¡Silencio, Lucho!
Pedro mandó callar a Lucho e hizo gestos para que ni hablara ni se moviera ninguno. Sus avezados oídos de viejo cazador de conejos habían percibido unos ruidos desacostumbrados en la quieta noche de Santa Fe. Cuando todos callaron, pudieron escuchar claramente los lentos pasos con que cuidadosamente alguien estaba rodeando las cuatro esquinas del rancho. En la mente de Lucho reapareció, nítida y brillante, la filosa tenaza de hacía unas horas en las manos del pasajero de la avioneta... Y comprendió de golpe: ¡venían a caparlos!
-¡Yo sé quién es! -dijo en susurros-. ¡Vienen buscándote!
-y señaló a Héctor.
A Héctor le dio risa aquel Lucho aterrorizado y se puso el dedo en la boca mandándolo a callar. Lucho se levantó nervioso, procurando no hacer ni un rumor y agarró a Héctor por los hombros. Le habló en un tenue susurro casi inaudible, señalándole ahí mismo:
-Vienen a cortarte los huevos....
Aunque los demás no escucharon bien, presintieron un desenlace fatal y empezaron a tomar medidas. Los seis se levantaron sigilosos y se concentraron cerca de la puerta del rancho, en distintas posiciones, listos para responder al que entrara. Lucho movía las manos como si abriera y cerrara con ellas la tenaza castradora. Los ruiditos seguían, amortiguados por la voluntad de sorprenderlos de los asaltantes.
Parecía como si estuvieran arrastrando algo. Parecía como si la sorda bulla se trasladara de abajo a arriba. Parecía como si treparan...
-¡El techo! ¡Van a entrar por ahí! -musitó Pedro, señalando hacia arriba, para que todos estuvieran alerta.
En la reseca paja del techado se percibían ya unos golpeteos más firmes. Un paso, otro paso, una rama desgajada, otra, otra... Cuando todos miraban hacia arriba, para ubicar más precisamente el lugar por donde iba a empezar el ataque, escucharon el desgarrado crujir de unas pajas arrancadas de golpe y al instante ¡plash! Desde lo alto cayó sobre sus cabezas un líquido que les bañó la coronilla.
-¡Son orines! ¡Es meado! -gritó Pedro.
Consumado el baño, los atacantes echaron a correr entre carcajadas, con las bacenillas vacías. Más sonadas eran dentro del rancho las risas de Héctor y de los demás atacados, que se sacudían los orines como los perros se sacuden la lluvia, sin parar de reir.
-¡Joó! ¡Y ni fresco es este meado! ¡Son orines viejos! -protestó Lucho, tapándose la nariz.
Sobre él había caido el mayor caudal.