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Héctor Gallego está vivo
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-¿No va a viajar ese cura Gallego a visitar a su familia en Colombia? Pues que se quede de una vez en su tierra, que aquí ya estorba. ¿No están muy ancianitos sus papás? Que haga la caridad de cuidarlos. Háganselo saber. Es un aviso.

El aviso venía de Noriega y fue a dar al despacho del obispo de Veraguas, Martín Legarra. El monseñor se puso más que bravo.

-Pero...¿quién se cree este hombre? ¡A mí no me manda nadie! Las cosas de la Iglesia las decidimos en la Iglesia.

Pronto, el aviso subió de tono.

-Está bien, está bien, cuando quiera regresar de Colombia, Migración no le dará el permiso de entrada al país. Háganselo saber. Es un aviso.

Entonces, Legarra se fue a hablar directamente con Torrijos.

-Es que ese muchacho me crea problemas -le argumentó al obispo el General, que parecía no estar al tanto de los avisos-. Ese muchacho es demasiado exagerado en todo y la turbulencia social no es conveniente, siempre termina violentamente.

-Exagerado es todo en Santa Fe -no se calló Legarra-. Oiga esta barbaridad: no sé qué inculto anda diciendo allá que el Nuevo Testamento es un libro comunista que el padre Gallego se trajo de Colombia para organizar guerrillas... Y usted sabe, General, que el Nuevo Testamento es la segunda parte de la Biblia donde se recoge el mensaje de Cristo y...

-No, no, no, señor obispo, ¡yo no discuto de cosas de religión! Váyase en paz y a ver qué podemos hacer...

Aunque Torrijos sólo prometió y no dio ninguna seguridad, Héctor decidió viajar en enero a Colombia a visitar a su familia.

-¿Y si al regreso no te dejan entrar?

-Si hay problema por aire, entonces me monto en una lancha y llego por mar -les dijo Héctor a los del equipo y a los responsables en la última reunión que tuvo con ellos-. Desembarco por el lado de la selva y llego hasta Santa Fe. Yo me conozco ya ese camino, lo he hecho.

-No te lo conoces -dijo Pedro-. Te perdiste por Guabal y te perdiste por Calobre... Eso es pura selva.

-Me perdí, pero no me quedé perdido. Estoy aquí. ¿O no? Hallé el camino entonces y lo hallaría ahora. ¿O no?

No duró mucho la discusión. Había temas más importantes de que hablar el día que despidieron a Héctor al salir para Santiago. De allí seguiría a Panamá y de allí a Medellín.

A Salgar, con los papás y los diez hermanos y los sobrinos, que ya empezaban a nacer y a gatear, llegó para un mes y medio de vacaciones.

-Allá en Panamá sólo me hace falta la mazamorra, mamá... ¡Prepáreme una! -le decía a su madre a diario.

-Ay, hijo -le decía ella a diario-, lo veo tan flaco y lo oigo contar los peligros que pasa allá y lo que más me asusta es verlo hecho una pura carcajada...

-Y usted... ¡una pura lágrima! -se reía Héctor-. Mamá, ni una mosca estira las patas antes de su hora...

La finca de café del padre seguía prosperando. Héctor le prometió que en un año regresaría para ayudarlos a hacerle unas cuantas mejoras a la casa, que ya hacían falta...

-Usted me promete, hijo -le decía llorosa doña Alejandrina-, pero a mí algo me dice que no lo voy a volver a ver...

-Pues a ese algo usted no lo escuche.

El tiempo de estar juntos se pasó volando. Ya estaba concluido el corte del café y los rojos granos hacían reventar latas y sacos a la hora de la despedida.

No quiso adioses formales ni besos ni llantos. La madre ni se atrevió a estar allí para verlo salir de la casa. Y cuando agarró su maleta para ir con uno de sus hermanos a buscar el autobús que lo llevaría hasta el aeropuerto de Medellín, lo mejor que se le ocurrió a Héctor fue sacar el tocadiscos viejo de su hermana Nubia, la más querida, y tocar a todo volumen una canción que siempre le había gustado mucho: "Madre prepara mis cosas / porque tengo que partir / a buscar nuevas fortunas / aunque me cueste salir / Sólo te pido no olvides / de darme tu bendición / pero el destino me lleva / y junto a él yo me voy..."

-Ese cura está de regreso -informó secamente Noriega a Torrijos-. Lo hemos dejado regresar. Ahora vamos a seguirle los pasos uno a uno. Ya está avisado.

En Santa Fe ya estaba casi lista la organización del campamento en Chilagre: jóvenes de la universidad, del Chorrillo, de San Miguelito y de otros barrios de la ciudad de Panamá se reunirían durante toda una semana en el mero corazón de la montaña santafereña con los campesinos. En la convivencia y en la discusión aprenderían unos de los otros. Héctor había dejado amarrado todos los detalles del plan antes de salir para Colombia. Al regresar, se moría de impaciencia por saber cómo iba aquello.

-¿Cómo va esa mafia? ¿Cómo van esos preparativos? -preguntó a los del equipo nada más llegar a Santa Fe.

-Van...¡que van! Unos cuantos empujoncitos bien dados y ya todo estará listo.

Chilagre era allá arriba, en la pura montaña. El camino hasta llegar al lugar previsto para el campamento sería difícil. No para los campesinos, curtidos en lodos y caminatas, sino para las muchachas y los muchachos de la ciudad. Para ellos todo fue novedad desde que empezaron a llegar a Santa Fe con mochilas, botas, cantimploras, repelente contra mosquitos, libros, radios, linternas y una grandísima curiosidad. El entusiasmo ponía parches a cualquiera de sus temores.

Cuando estuvieron todos concentrados en Santa Fe, una mañana muy tempranísimo, los sesenta participantes en la novedosa experiencia iniciaron la caminata, que sería de ocho, nueve, diez horas, dependiendo de los aguantes de cada uno.

-Acuérdense: más vale paso que dure y no trote que canse.

Con ese consejo los despidió Jacinto Peña en El Carmen. El no iría a Chilagre. Alguien tenía que quedarse al frente de la cooperativa mientras durara la convivencia.

Héctor, como siempre, iba en cabeza de la caravana de los caminantes. Y así salieron, como hilera de hormigas.

-¿Resultará esto...? -le preguntó Jacinto a Aquilina viéndolos alejarse.

-Verás que sí. Chilagre será como un nido donde empollarán compromisos y en poco tiempo, de esa docena de universitarios van a nacer profesionales que se vengan con los campesinos pa'l monte.

-Antes del amanecer, esa tropa de locos se fue pa'l monte

-le avisó a Alvaro Vernaza uno de sus capataces, cuando el patrón ya estaba desayunado con su buen café.

Y Alvaro Vernaza pasó enseguida el aviso a quien lo estaba esperando en Santiago y en Panamá.

-¡No te revientes, Yique, que es el último jalón!

-Lo peor no es lo duro sino lo tupido -se quejaba Silvia, agarrando fuerzas para su último jalón.

Habían dejado atrás Narices, Guayabo, Guayabito, varios ríos crecidos, y los estudiantes más atrasados ya avistaban lo más alto de las espesas montañas de Chilagre, cuando abajo dos guardias se presentaron en la tienda de la cooperativa en El Carmen.

-¿Jacinto Peña?

-Para servirle -contestó Jacinto.

-Acompáñenos, está detenido.

-¿Y ese honor...? -preguntó Jacinto.

-¡El que te ganaste!

Los guardias se habían movilizado en un jeep hasta Santa Fe. Sin decir más, montaron a Jacinto en el vehículo y arrancaron a toda velocidad rumbo a Santiago.

Esposado, Jacinto fue a parar nada menos que al cuartel de la Guardia Nacional en Santiago de Veraguas, donde lo esperaba nada menos que el jefe de inteligencia de la Tercera Región Militar, el subteniente Eugenio Magallón. En el camino, uno de los muchachos que trabajaba en Radio Veraguas vio a Jacinto, nada menos que el gerente de la cooperativa, en manos de unos guardias. Se olió algo malo y echó a correr hacia la emisora a regar la noticia.

-Dicen que tú eres el brazo derecho del cura Gallego... ¿O eres el izquierdo? -le preguntó Magallón.

-Héctor no es mocho, él tiene sus dos brazos enteros y yo tengo los míos propios -le contestó Jacinto.

-Y dime, ¿a qué fue tanta gente a la montaña?

-Fueron a un encuentro entre campo y ciudad.

-¿Y no sería a un campo de entrenamiento?

-No que yo sepa.

-¿Cuántos...?

-¿Cuántos qué?

-¿Cuántos se fueron a ese campo?

-Al encuentro que le digo se fueron treinta y seis campesinos, dieciocho universitarios, dos religiosas y tres sacerdotes contando a Héctor. Numeritos exactos.

Para cuando Jacinto le hacía a Magallón el preciso recuento de los que habían subido a Chilagre, ya Radio Veraguas, la emisora campesina que estaba recién nacida en la ciudad, repetía minuto a minuto el aviso: "Se anuncia a todos los cooperativistas de Santiago y campos adyacentes que Jacinto Peña, el gerente de la cooperativa hermana de Santa Fe, ha sido detenido. ¡Todos deben acercarse al cuartel al término de la distancia reclamando su inmediata libertad!"

-Dime qué armas llevó el cura a la montaña -Magallón siguió el interrogatorio.

-Bueno.... -Jacinto se detuvo, achicó más sus diminutos ojos y movió los dedos como si estuviera haciendo cuentas-. Bueno, él carga su vestimenta de sacerdote: ahí va un alba, una estola, el cordón... Lleva también un potecito donde guarda el vino y las hostias... No sé cuántas cargó con él... Esas herramientas van en su mochila. Y el machete y el cuchillo, que los necesita en la montaña.

Entonces sonó el teléfono que estaba sobre la mesa del despacho del subteniente. El militar levantó despaciosamente el auricular pero no respondió nada, sólo escuchó con expresión indiferente el mensaje que le llegaba del otro lado y colgó.

-Yo quisiera -le dijo a Jacinto, mirándolo con cierta benevolencia- que tú entendieras esto: no estás preso.

-¿Ah no? ¿Y cómo estoy entonces?

-Sólo estás recibiendo un aviso que yo te estoy dando y que tú debes hacer llegar al cura para quien trabajas...

-¿Y cuál aviso le doy a ese cura?

-Sólo eso. Que ya está avisado.

En dos horas Jacinto quedó libre. La radio cumplió bien su papel, hizo suficiente alboroto y decenas de campesinos se reunieron en las afueras del cuartel reclamando. Magallón cumplió también su papel. "Por ahora basta con el aviso": era el mensaje de su jefe desde Panamá.

Como a Chilagre varios habían llevado radios, allá en la montaña y mientras levantaban un rancho que los protegiera en la noche, escucharon del apresamiento de Jacinto y poco después de su liberación.

-La cosa se está poniendo fea, Héctor -comentó más de uno.

-¡Va a ser! ¡Se está poniendo chévere! Nosotros no tenemos nada que esconder. Entonces, ¿qué van a encontrar? ¿Qué pueden hacernos?

-¡Pueden hacernos picadillo!

-No lo creo. Nos acusan de guerrilleros, están buscando las armas que tenemos, pero la nuestra es una guerra de compromisos, una guerrilla de exigencias, no de armas. Nosotros no damos entrenamiento, damos conciencia. ¿Qué nos pueden hacer?

La larga convivencia les dio ánimos a todos. La nueva sociedad y el hombre y la mujer nuevos venían ya, estaban al doblar de la esquina, a punto de tocar las puertas de la historia panameña, tan rezagada durante siglos.

La convivencia fue también un desafío agotador para los que no estaban acostumbrados a arar la tierra, a los zancudos, a dormir en el suelo o a comer tan parco y aburrido. Para los que habían nacido conociendo todo aquello y lo habían soportado durante años mudos y domesticados, el desafío fue otro: ponerse a la par con los universitarios en el diálogo y en las reflexiones. El desafío de pensar y de hablar.

Hubo tensiones, timideces, tanteos, tedios, temores, de parte y parte. Y muchos debates, trabajos del campo y plegarias en común. Al final, como suele suceder, de todos los choques salieron chispas de luz.

La bajada de la montaña y el camino de regreso a Santa Fe fue más fácil y más ligero. En Santa Fe se despidieron unos de otros con la seguridad de que volverían a encontrarse pronto en alguna otra montaña de Panamá.

-¡Yerba mala nunca muere! ¡Yo sabía que sólo era para asustarte, que no te iba a pasar nada, Jacinto Peña! -lo saludó Héctor riendo al encontrarlo en su rancho de El Carmen.

-Yo también lo sabía. ¡Porque a quien le va a pasar es a ti!

-No creo, Jacinto. Alvaro Vernaza nos tiene una ley horrible, pero toda su pólvora ya está mojada. Aún siendo tan influyente ese tipo, ¿qué ha logrado? Su primo Torrijos ha venido acá, ha visto lo que hacemos y ha terminado por apoyarnos...

-Torrijos no nos apoya. Torrijos nos tolera. Ese tipo tiene su revolución en su cabeza, él tiene sus planes y esos planes suyos no siempre embonan con los nuestros.

Uno de los planes que tenía en su cabeza el General Omar Torrijos era el de nombrar distrito especial a Santa Fe de Veraguas. Después de muchos ires y venires, Torrijos había conseguido que San Miguelito, en la capital, se convirtiera en distrito especial.

-Y ya ese barrio clase, ese barrio modelo, es distrito bajo control.

Así le comentaron a Héctor algunos responsables, los más críticos, los que mantenían estrecho contacto con las comunidades cristianas de San Miguelito y sabían el costo que aquella experiencia independiente estaba pagando desde que se había matrimoniado con la política oficial.

Héctor decidió reunirse con Torrijos para ver más en detalle cuáles serían los pasos para hacer de Santa Fe de Veraguas un distrito especial. Antes del encuentro, Noriega había aleccionado al General: "Adviértele de las consecuencias de un no. Sólo avísale."

-Este es un plan de desarrollo -le dijo Torrijos a Héctor-. ¿No es eso lo que quiere tu gente y lo que quieres tú, padre, en esas sesenta comunidades que tienes? ¿No escribes tú del desarrollo todos los meses en tus boletines? Yo los leo...

-Sí, pero el desarrollo no se ordena por decreto -respondió cauteloso Héctor.

-Está bien, puede ser. Pero éste es un plan positivo. Y sobre todo, es un plan decidido. Va con ustedes o va sin ustedes. Pero va. Y no quiero ninguna oposición. Mucho menos la tuya.

Héctor se reunió con los responsables en Santiago y también en San Francisco, para explicarles del plan y del aviso, para alertarlos de la avalancha que iban a tener que enfrentar. A los dos encuentros llegaron gente de la comunidad de San Miguelito para contar los pros y contras que la fórmula de distrito especial estaba teniendo allí, entre ellos. Fueron discusiones tumultuosas.

-¡Los militares se quieren montar en el carro que nosotros echamos a andar! -decía uno.

-¿Cuáles programas de desarrollo nos prometen? ¿Los van a inventar ellos? ¿Y los programas de desarrollo que nosotros ya tenemos? ¡¿A la mierda?!

-El que pone la plata, pone las reglas. La pregunta del millón es cómo nos van a cobrar después lo que nos ofrecen ahora...

-No, señores, la pregunta del millón es si Vernaza va a estar al frente de esos programas de desarrollo y de ese distrito.

-¿Y quién más que él, si todos son zorros de un mismo piñal?

-¿Se atreverán a poner a Vernaza al frente? ¿No te pondrán a ti, Héctor?

-Lo mejor es que los pongan a ustedes, no a mí -Héctor se sentía desbordado-. Miren, pongan a quien pongan esta vez no vamos a ganar mucho sólo con resistencia. Nosotros no vamos a poder impedir el plan del distrito especial. Eso va con nosotros o sin nosotros.

A fuerza de murmullos de protesta, los campesinos callaron lo que estaban interpretando como una inexplicable resignación del siempre rebelde Héctor. Uno más atrevido le alegó:

-¡Carajo! ¿Cómo es la cosa? ¿Hicimos a Torrijos socio de la cooperativa para que tú te hicieras socio del General? ¿Esa era la famosa estrategia?

-No es eso, no es eso -trató de aplacarlos Héctor-. Pero ya les digo que aquí no nos va a valer sólo la protesta. A la par, necesitamos presentar una propuesta.

De nada servía razonar. Seguían los murmullos, crecían.

-¿Qué les parece -propuso Héctor como si pensara en voz alta, después de un buen rato de clamoreo desordenado-, qué les parece que aceptemos, pero que le exijamos al gobierno que el alcalde, los concejales y los personeros de ese distrito especial sean campesinos, elegidos de entre ustedes mismos? Naturalmente, si nos dicen que sí es porque van a intentar controlarlos, comprarlos, pero ustedes también tendrán poder para resistirse... ¡Y a ver quién gana!

-¿Y tú crees que Torrijos va a beberse esa chicha tan aguada? -dudó Cheque.

-Hay que probar, hay que negociar, hay que proponerles algo... ¿No dijimos desde hace dos años que algún día ustedes serían la autoridad en Santa Fe? Pues tal vez... ¡ahora es cuando!

Los murmullos se fueron ordenando.

-No está mal esa propuesta, hermanos. No está mal probar, compañeros -dijo Jacinto, que agarró al vuelo la pelota-. La peor gestión es la que no se hace. Si el General Torrijos está tan preocupado por nosotros los campesinos, si como él dice los campesinos somos los hijos predilectos de su revolución de octubre, ¡que lo demuestre! ¡Que nos dé a nosotros un poder especial en ese tal distrito especial!

Todos ovacionaron a Jacinto y siguieron debatiendo, encarrilados ahora en el atajo que se había abierto en su inconformidad.

Antes de iniciar una gira por los campos más alejados de la cabecera, ya casi tocando la selva, Héctor le escribió a Omar Torrijos solicitándole una nueva entrevista para comentarle los puntos de vista de los campesinos en aquellas dos polémicas reuniones.

-¿Tú crees que Torrijos te acepte esa conversa? -le preguntó Jacinto.

-¿Por qué no? Yo sigo creyendo que Torrijos tiene buenas intenciones...

-¿Y crees que las tienen buenas los que rodean al General?

La carta que Héctor le enviaba a Omar Torrijos fue a dar al despacho del máximo jefe de la inteligencia, Manuel Antonio Noriega.

-¡Coño con este cura! Está avisado y no entiende... Dice el tipo que el proyecto "no ignore a los campesinos"... ¡que son unos ignorantes! Y hasta se atreve a amenazar el padrecito: que si los ignoramos, eso "pudiera influir adversamente" en ellos... ¿Qué? ¿Se van a alzar sus campesinos? ¿Qué más queremos? Santa Fe es un foco guerrillero. ¡El foco, que ahora es la última moda de los subversivos!

Unos días después, Torrijos respondió a Héctor Gallego con un telegrama: no tenía tiempo para una nueva entrevista.

Pero un pequeño papelito cuadrado en forma de telegrama no iba a aplacar los ánimos de los campesinos, exaltados con la propuesta con la que habían decidido poner a prueba al General. Cuando se enteraron de la negativa de Torrijos a hablar con Héctor, entonces se amarraron pantalones y polleras.

-Esta va a ser una lucha peliaguda, Andrés.

-Va a ser, sí.

-Dura, arriesgada. ¿Tú quieres ser mártir, Andrés?

-Sí quiero -dijo Andrés y volteó la cara para mirar el cielo estrellado.

Fue en aquellos días de vehemencia y gloria que Saúl Ruiz, uno de los principales y más conocidos compinches de Alvaro Vernaza se buscó un tractor estatal, se trepó en él y lo llevó hasta la comunidad de El Cerro para meterlo a la fuerza en la parcela de doña Juana.

¡Esta tierra es mía! -gritaba Saúl Ruiz, trepado en el tractor, mientras se alejaba de la parcela dejando arruinados los cercos, los siembros de frijol de palo y una buena cantidad de arbolitos de naranjo aún tiernos.

Doña Juana y su hija Panchita vivían en aquella tierra y la habían hecho producir desde hacía cuatro años. ¿De quién iba a ser la tierra sino de ellas? Sin embargo, "papelito habla", había dicho amenazante Saúl Ruiz, afirmando tener registrada a su nombre la tierra de la señora y guardada en una gaveta y bajo llave la constancia con el sello de un señor juez. La verdad era que Saúl Ruiz había comprado un terreno cerca y quería agrandarlo a costa de la parcela ajena.

Doña Juana y Panchita vivían solas en aquella tierra, pero desde que apareció en Santa Fe la cooperativa se empezaron a sentir acompañadas. En una hora, catorce socios de la cooperativa estaban en el rancho violado de las dos mujeres, con Héctor al frente, viendo qué hacer.

-¡Carajo! ¿No estamos reclamando ser autoridad? ¡Pues actuemos como quienes tenemos mando! -propuso Cheque.

-Y además, este pleito nos va a dar ocasión para empezar a resolver los problemas de tierra que aquí nunca se resuelven. ¡Comencemos con la parcela de doña Juana! Empecemos por ésta y después, ¿quién nos para?

-¿Qué dice usted, doña Juana? -le preguntó Héctor, mientras la abrazaba tratando de calmarle el temblor de pájaro que sacudía su escuálido cuerpo.

-¿Qué digo yo? Pues...¡que yo no los voy a parar! ¡Empiecen!

Los campesinos se organizaron y en la noche tenían ya levantados de nuevo, más firmes y más altos, los cercos de la parcela. Cuatro de ellos se quedaron de guardia allí desde la caída del sol, armados con machetes. Y cuando el jefe de policía de Veraguas llegó en la mañana, allí estaban los cuatro, apostados en la entrada de la parcela.

-Les aviso que esto tiene dueño conocido. ¡Esto es propiedad privada! -los saludó a gritos el capitán Cal.

-Pues nosotros le avisamos que la dueña conocida por nosotros es socia de nuestra cooperativa. ¡Y que de aquí sólo salimos con los pies pa'lante!

El capitán los miró con ojos helados, hizo una mueca muy ligera y se retiró sin darles el esperado segundo grito. Todos se quedaron extrañados de tan rápido repliegue de la autoridad.

-¡Concho! ¿Es que será tan fácil tomarse tierras en Santa Fe? -preguntó riéndose Cornelio.

-Esta vaina está fea, aquí hay gato encerrao -pronosticó sombríamente Pedro.

-¡No le busques seis pies a ese gato, que sólo tiene cuatro!

-le dijo Cheque-. Lo que hemos visto sucede simplemente porque ¡nosotros ya somos un poder que puede algo!

Esa tarde celebraron con doña Juana la tierra rescatada y empezaron a hacer planes para ocupar otras tierras y aumentar con ellas la producción de maíz y porotos de la cooperativa.

Pero habían sido reiterados y muy en serio los avisos. Y la fatalidad rondaba. Todo sucedió en un instante, al filo de una medianoche silenciosa, como eran siempre las de Santa Fe de Veraguas.

La chispa inicial voló por los aires con una puntería pasmosa y de repente, con el chasquido de las pencas de palma que al crepitar se deshace, un ramalazo de fuego se alzó por uno de los costados del rancho donde dormía Héctor Gallego, rendido por la fatiga de un día agotador.

Las cañas y las pencas propagaron velozmente la candela y en segundos el rancho entero se convirtió en una sola llamarada de la que se alzaba una negra columna de humo y altos chorros de chispas que volaban en todas direcciones.

Mientras las lenguas ardientes lamían el rancho y el incendio se lo tragaba, por la única calle del pueblo un grito destemplado, como de silbato ronco, convocaba a los vecinos a quebrar el sueño:

-¡Vengan, vengan todos a comer chicharrón de cura! ¡Chicharrón de curaaaa!

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Agosto 2006