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Héctor Gallego está vivo
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Héctor Gallego despertó al sentirse envuelto en una pesadilla de fuego, luz y chasquidos. En sueños supo que la candela era real y quemaba y era humo lo que estaba llenándole los pulmones. Logró huir a tiempo. Al salir fuera del rancho en llamas, gritó pidiendo auxilio y de los ranchos vecinos llegaron a ayudarle a apagar el fuego con baldes de agua y de tierra. Al final, sólo fue el susto y casi todo lo que tenía hecho cenizas.

-¿Y qué tenías ahí dentro? -le preguntaron.

-Todo. La cama, una silla, una mesa, mis zapatillas, otra camisa, la guaricha, la linterna, el machete, lo de la misa, los libros de la parroquia, otros libros míos... Y aquella chaqueta de cuero tan elegante que me regaló mi papá ahora en este viaje. Cuando el viejo sepa que se me chamuscó se va a poner bravo...

-Bueno, mañana te vienes a dormir a mi rancho, ahí cabes -lo consoló Jacinto-. Mis camisas te sirven. Y los libros quemados, ya veremos cómo los va comprando la cooperativa...

Amaneciendo, Héctor escribió, con mano aún temblorosa, un telegrama dirigido al departamento de inteligencia de Santiago: "Pedimos investigación inmediata incendio consumado mano criminal ayer l2 pm." Unas horas más tarde llegaron desde Santiago no los investigadores, sino el obispo Legarra, Esteban y Cecilia. Para esas horas Héctor ya se sentía el optimista de siempre y los recibió riéndose, como si huyendo a tiempo de las llamas se hubiera anotado otro triunfo en su personal libro de aventuras.

-¡Yo sabía que usted iba a venir enseguida! -le dio la bienvenida al obispo, cerca del esqueleto de cañas quemadas en que habían convertido su rancho.

Se abrazaron. También con Esteban y con Cecilia, que llegó armada con su cámara, para dejar constancia fotográfica del atentado, por si acaso el juez...

-¿Crees que harán justicia? -le preguntó Cecilia.

-¿Tu lo crees? Yo no. Harán una comisión, harán bulla, eso sí harán.

-Te vas a tener que ir de Santa Fe -le dijo el obispo con firmeza.

-¿Por qué dice eso monseñor? ¿Está asustado?

-¿Yo? Yo no estoy asustado, ¡tú eres el que estás vivo de milagro! Este incendio colmó el vaso, Héctor.

-No, no, espérese, monseñor, déjeme que yo le explique. Ese vaso lo rebalsaron ellos con lo que hicieron estos días en el terreno de la señora Juana. Fue una provocación, una fanfarronada, para ver cómo reaccionábamos nosotros. Pero como nos plantamos, la autoridad terminó fallando a favor nuestro. Déjeme que le explique...

Para explicarle, sentó a los tres sobre unas piedras cercanas al rancho quemado. Al final de la historia, el obispo terminó más tranquilo, sobre todo viendo a Héctor de tan buen humor.

-Además, monseñor, yo tengo que ir en unos días a Panamá. Antes quiero dejar listas varias cosas. Pero me cuidaré, se lo prometo. ¡Y le prometo también que no voy a bravear! Ya verá que en poco tiempo a esta gente se le habrán quitado las ganas...

Una de las cosas que Héctor quería dejar listas antes de viajar a la capital era una visita a un campo remoto del norte, cerca de Narices, que durante años de tantos avances se había quedado fuera del juego de la cooperativa. Los campesinos de Santa Fe querían incorporar a su movimiento a aquellos campesinos tan aislados.

-Si me dejas, te acompaño a ese campo -le propuso Alan a Héctor.

-¡Hecho! Yo tampoco conozco mucho por allá...

El cura Alan estaba de visita en Santa Fe. Trabajaba en Chiriquí desde hacía unos años, había oído hablar de lo rápido que iba Héctor en su experiencia y quería ver más de cerca cuál era su método, cómo hacía él las cosas.

A Narices llegaron ya de noche. Héctor pasó el aviso para una reunión al día siguiente y buscó el rancho de un conocido donde Alan y él pudieran dormir y cenar un par de yucas cocidas.

Amaneció radiante. Llegaron unos quince al campo abierto que haría las veces de salón de reuniones. Todos movieron las piedras más grandes y más parecidas a sillas que encontraron por los potreros y se acomodaron en ellas formando un círculo bajo un anciano árbol de mango. Alan también escogió su piedra y decidió quedarse más atrás, a cierta distancia del grupo.

Como siempre, Héctor llevaba la Biblia y de ella se valió para empezar. Del Evangelio de Mateo leyó la parábola del sembrador. Todos los campesinos estaban atentísimos. Al terminar, les dijo:

-Bueno, ya ven cómo en la Biblia también podemos leer cosas que tienen que ver con la agricultura. Jesús conocía del trabajo en el campo: la siembra, la semilla... ¿Qué habrá querido decirnos Dios con esta parábola? Porque en todo lo que está escrito en la Biblia hay un mensaje de Dios para nosotros... A ver, ¿qué les dice a ustedes esta historia? ¿Tendrá algo que ver con nuestra vida aquí en Narices...? El que quiera puede hablar para compartir su pensamiento con los demás...

Después de abrir así la reunión, Héctor se sentó en su correspondiente piedra, cruzó las piernas y quedó a la espera de los aportes de los campesinos.

Alan estaba a la expectativa. Pero ninguno habló. Esperó, calculó, imaginó quién de ellos arrancaría el primero, los observó a todos uno por uno y nada... Cuando miró el reloj habían pasado cinco minutos en total silencio. Ninguno hablaba. Tampoco ninguno se movía. Sólo el pestañeo. Héctor seguía con la cabeza ladeada y apoyada sobre la palma derecha, inmóvil como todos. Alan volvió a mirar el reloj: diez minutos y todo seguía igual, como la imagen fija de una película congelada en el proyector.

No aguantó sentado más tiempo y se levantó, aunque con el cuidado de no pisar ni una hoja ni una triste ramita para no distraer a nadie de aquel profundo silencio, para él inexplicable. Se quedó de pie, sin moverse, como si hubiera echado raíces, convirtiéndose en un árbol más del paisaje. Miró otra vez el reloj: quince minutos, casi dieciséis. Algunas palabras se le empelotaron a la altura de la campanilla, buscando salir fuera. Experimentaba la imperiosa necesidad de hacer algún ruido, cualquier ruido, para romper aquella parálisis. ¿O era un éxtasis? Se contuvo.

A los veinte minutos ya lograba distinguir con precisión el vuelo de abejorros, moscas y libélulas. Se sintió a punto de gritar. Cuando miró de nuevo el reloj, que marcaba veintitrés minutos y diez segundos, escuchó una leve voz tímida y respiró confortado, como un ahogado que sale a flote.

-En lo que usted leyó -dijo uno de los campesinos, el más viejo- la Biblia nos dice que pueden encontrarse distintas clases de tierras. Y también habla de un sembrador...

-¿Cuántas clases de tierras? -le preguntó Héctor- ¿Te acuerdas de cuántos tipos de tierra habla la Biblia?

Entonces volvió el silencio y Alan volvió al reloj. Cuando habían pasado cuatro minutos y doce segundos continuó otro campesino, el que tenía nariz de loro.

-También habla en la Biblia de diferentes tipos de semillas, que dan diferentes frutos asegún donde ellas caen...

-¿Cuántos tipos de semillas, te acuerdas...? -le preguntó Héctor.

Alan estaba desesperado. Si aquel era el ritmo, moriría. Fueron necesarios cinco minutos más para que hablara un tercero y diez más para que tomara la palabra un cuarto. Ciento veintitrés minutos después de haber llegado al potrero, tras ingentes esfuerzos, concluía una conversación más o menos interesante, que Alan no pudo ni seguir ni escuchar. Agonizaba de calor y de impaciencia.

Cuando Héctor despidió a los campesinos, anunciándoles que regresaría en unos quince días para continuar la reflexión, Alan empezó a recobrar el aliento. Al quedar los dos solos, ya habían vuelto a su cuerpo todos los signos vitales.

-¡Meto, Héctor! Esto ha sido peor que un parto... ¡aunque yo no haya parteado ni a una chiva! ¡Los primeros veintitrés minutos fueron los más largos de toda mi vida!

-¿Los estuviste contando....?

-¡Uno encima de otro! Y ya me había dicho: si pasan de veinticinco, yo digo algo, ¡lo que sea!

-Mejor que no lo hiciste, Alan, porque te hubiera mandado a callar...

-¡Pero si tampoco me hubiera valido de nada! ¿No ves que después de la primera respuesta que dieron, tuve que seguir colgado todo el tiempo del dichoso reloj? ¡Meto, Héctor, entre una frase y otra, un silencio que asustaba!

-Pero, Alan, ¿tú no viniste aquí buscando..? Pues en esos silencios, en los de ellos y en el mío, está lo que tú andas buscando.

-Pero... ¿tanto tanto..?

-Tanto cuanto haga falta. Sólo con nuestro silencio es que hablarán los campesinos. Mientras nosotros sigamos hablando, Alan, ellos sólo van a reafirmar lo que tú y yo les decimos. Tenemos que aguantar con paciencia todos los silencios del mundo. ¡Es como una cura de caballo! Así, ellos se van a ir liberando, van a ir descubriendo lo que piensan con su propia cabeza. Y de ñapa, si nos callamos, nosotros vamos a ir superando toda esa jodida prepotencia de curas que llevamos metida dentro.

Alan lo miraba tan atento como podía, aunque el exceso de silencio lo tenía realmente apolismado.

-Entonces, tu método es darles a ellos la primera palabra...

-No sólo. También la última.

Radio Hogar invitó a sus estudios a Héctor Gallego, cuando supo que el famoso cura de Santa Fe de Veraguas estaba por Panamá. Querían hacerle una larga entrevista para transmitirla días después y también para llevarla a Ecuador a un encuentro internacional sobre pastoral campesina. En la capital, los grupos cristianos tenían gran curiosidad por conocer mejor cómo era aquel cura del que tanto se escuchaba hablar en los últimos meses.

-La comunidad de Santa Fe no es algo ya crecido. Está comenzando, está naciendo... Pero creo que ya hay allí señales de cambio -dejó grabado Héctor-. Hay más comunicación entre las personas, hay un ambiente más optimista, más humano... La sociedad de hoy es capitalista y por eso domina tanto el individualismo. Para ser comunitario, hay que morir a esa mentalidad y no es tan fácil...

La entrevista fue larga, de casi una hora.

-Me han hablado mucho de usted, padre. Yo quisiera conocer Veraguas, conocer Santa Fe, el trabajo que usted hace allí...

Un muchacho alto, de barba bien recortada y claros ojos azules, tocado con una boina negra ladeada, estrechó con decisión admirada la mano de Héctor a la salida de Radio Hogar.

-Yo regreso a Santa Fe en dos días... ¿No quieres venir conmigo?

-¿Podría...?

-Pues claro. ¿Cómo te llamas, qué sabes hacer tú?

-Diego... Yo estudio ingeniería en los Estados Unidos. Ahora estoy de vacaciones. Soy panameño, pero todavía conozco muy poco de mi país... Quiero saber cómo viven los campesinos...

-Pues seguro que los campesinos van a querer saber de ingeniería....

Quedaron en encontrarse al día siguiente en Santiago. Diego llevaría el jeep de su tío y viajarían juntos a Santa Fe.

-¡Quemaron el rancho, pero no al ranchero! -así saludaban a Héctor los que lo encontraron entre los asistentes a una esperadísima conferencia de teología de la liberación que el brasileño José Comblin daba esos días en un local del viejo Panamá. Entre el público ya todos sabían la historia del rancho achicharrado.

-¿Cómo dejaste las cosas en Santa Fe? -le preguntó preocupado el obispo McGrath, que no veía a Héctor desde hacía meses y que desde hacía tiempo ya no era su obispo sino arzobispo de todo Panamá.

-Ahora ya están tranquilas. Le pegaron fuego al rancho para pegarme un susto.

-¿Sólo un susto...?

-Sí, yo creo que van a estar molestando durante un tiempo, pero poco a poco se van a cansar.

-Y tú, ¿no estás cansado? ¿Por qué no te quedas una semanita por acá?

Héctor aprovechó que Comblin ya iba a empezar su conferencia y que todos se dispersaban buscando asiento para dejar la pregunta colgada en el aire, sin respuesta.

En Santiago lo esperaba Diego de Obaldía con su boina y con el jeep de su tío, donde había acomodado un montón de libros, mapas y una cámara de fotos hasta con lente telescópico y gran angular para usarla durante su gira por el campo.

-¿Listo, padre? -lo saludó feliz.

-¡Listo, hijo! -le dijo muy alegre Héctor, que se reconocía a sí mismo en el espíritu aventurero de Diego.

Después de que el cura saludara a bastantes conocidos que encontró por todos los rincones de Santiago, emprendieron viaje a Santa Fe. Por el camino tuvieron que detenerse muchísimas veces más para más saludos de muchos más conocidos. Con una diferencia de sólo diez minutos, un jeep de capota blanca y carrocería azulada con tres hombres dentro, salió desde Santiago siguiéndolos.

Los caminos ya estaban atascados de lodo por un mes de lluvias constantes. Pero Héctor no sólo no faltó sino que llegó exacto en tiempo a la programada reunión con los responsables en El Carmen. Los campesinos lo vieron aparecer con un acompañante y un vehículo desconocidos.

-¿Y ese forastero de la barbita...? -le preguntaron.

-Creo que es el primer fruto de Chilagre -comentó Héctor radiante-. Un amigo que estuvo en la convivencia le contó, le habló de la cooperativa y aquí está... Un futuro ingeniero. Se llama Diego.

-¿Y qué viene a enseñar...?

-No, eso será después. Ahora sólo viene a aprender.

En la reunión se discutió al derecho y al revés del "lagarto con patas", como los santafereños habían bautizado a la carretera que uniría Santiago con Santa Fe y que el gobierno iba a comenzar a construir de un momento a otro.

-Ese lagarto traerá ventajas a la cooperativa -decían unos-. Todo lo conseguiremos más rápido, tendremos que hacer menos maromas para vender.

-¡Va a ser! Ese lagarto nos traerá problemas -decían otros. Al olor de nuestro negocio, ¿cuántos no vendrán a zangurutearlo, a meter su cuchara en nuestra olla?

La discusión duró casi toda la jornada y quedó abierta. La continuarían dentro de dos días, sumándole los puntos de vista de los cooperativistas de El Tute.

Apenas había comenzado la reunión en El Carmen, llegó a Santa Fe el jeep de capota blanca que los seguía desde Santiago. Se parqueó frente a la casa de Alvaro Vernaza, donde tomaron café recién colado sus tres ocupantes.

Al día siguiente, Diego se quedó en El Alto, ayudando a los campesinos. Estaban levantando su tienda cooperativa. Después de una larga reunión en La Montañuela y de dos o tres caminatas más, Héctor regresó al caer de la tarde a El Carmen.

-Ña Guillermina, ¿llego a tiempo para cenar? Aunque sea el concolón...

-Hoy tengo más que eso, hijo. Hice un chorizo. Entra, que quiero que lo pruebes.

-Vamos a tantearlo...

Y entró a comer al rancho de la señora.

-Está más rico que nunca -le dijo Héctor, chupándose los dedos-. Si me da permiso, me llevo un pedacito más para el desayuno de mañana...

-Llévese todo lo que quiera, ¡pero no lo regale, cómaselo usted solito! -lo despidió la abuela.

Cuando salió caminando hacia Santa Fe ya era noche cerrada. Salió silbando, satisfechos el corazón y la barriga.

-¿Hay posada? -llegó diciendo al rancho de Jacinto Peña.

-Bueno, hoy la posada está más concurrida que nunca. Y parece gallinero, porque todos se han ido a dormir mira qué temprano. Están durmiendo ahí dentro Leonor, dos hermanas que salen mañana para Las Palmas y Cleotilde, que le dio de mamar al niño y al poquito se quedó dormida. Nadie te esperó, Héctor.

-Me esperaste tú. ¿No tienes sueño?

-Tú sabes que yo voy con los búhos, me duermo tarde.

Jacinto y Héctor se quedaron conversando un rato fuera del rancho, a la luz de una luna casi llena.

-¿Qué te pareció ese muchacho, Diego? -le preguntó Héctor.

-Se ve listo, se mira bueno. Parece un Ché Guevara. Si lo ven por aquí, quién sabe si nos traerá problemas... Bueno, ya lo habrán visto...

-Ya. Ayer ese guardia prieto, ese Walker, estuvo con otro guardia registrando el jeep de Diego cuando él lo dejó al lado del puente y los dos seguimos caminando pa'l Carmen. Le sacaron algo del carro.

-¿Qué le sacaron?

-Creo que sólo fue un lente de la cámara... Pensarían tal vez que era algún chéchere militar. Como ahora somos guerrilleros...

-Qué cosa, ah... Magallón y Walker dicen que andan investigando el incendio de tu rancho, pero en vez de perseguir a los que lo quemaron, ¡persiguen al que se quemó! ¡Bonita investigación!

Siguieron conversando. Hablaron del próximo boletín, de todas las reuniones pendientes, de volver a escribirle a Torrijos pidiéndole entrevista, de hacer pronto un paseo al río para bañarse, como otras veces, del precio que alcanzaría el café aquel año, de la misa del domingo y de lo sabroso que estaba el chorizo que mañana se iban a desayunar los dos. Al final, Héctor empezó a bostezar.

-Jacinto, mano, ya es hora, que mañana hay que seguir la lucha.

-Está bien, vamos a dormir...

Los dos entraron a tientas al rancho para no despertar a nadie y en sólo unos minutos ya estaban rendidos.

A la medianoche todos en Santa Fe dormían. Todos menos tres. El jeep de capota blanca había subido hasta El Carmen. Según todos los indicios, Héctor Gallego había cenado y estaba durmiendo en el rancho de doña Guillermina. Allí llegaron buscándolo después del primer canto del gallo.

-No, señores, el padre Héctor está en Santa Fe, donde Jacinto Peña -les informó sin desconfiar la señora, indicándoles cómo llegar.

Pero cuando los vio alejarse rompiendo la noche con la luz de los faros del jeep, ya no pudo volver al sueño.

Al segundo canto del gallo, el jeep estaba de nuevo en Santa Fe, frente al rancho de Jacinto. De él se bajaron dos hombres vestidos con ropas oscuras y acercándose a la puerta, uno de ellos llamó en voz baja pero nítida:

-¡Jacinto! ¡Jacinto!

Fue Héctor el que se despertó. Su cama estaba pegada a la puerta del rancho. Asomó la cabeza y medio cuerpo por la frágil entrada de cañas, pero sin los lentes y en tanta negrura, apenas distinguió un par de sombras.

-Estamos localizando a Héctor Gallego. ¿Dónde está? -le dijo en susurros una de las sombras.

-Soy yo, yo soy Héctor Gallego -contestó adormilado.

-Pues si usted es, ¡salga! Tiene que venir con nosotros.

Entonces se despertó Jacinto. Había escuchado los murmullos. Pero no se asomó ni hizo el más leve ruido. Se quedó al acecho detrás de una cortina.

-¿Y a dónde tengo que ir con ustedes ahora en la noche?

-les reclamó Héctor, aún adormilado, a media voz y sin sacar más que la cabeza.

-Tiene que venir al cuartel.

-¿Al cuartel? ¿A esta hora...? No, déjenlo para mañana, estoy muy cansado.

-Tiene que ser ahora.

-Déjenlo para mañana, yo mismo iré al cuartel temprano, en cuanto me levante.

-Ahora. Es una orden superior.

-Pues díganle al superior que dio la orden, que es inhumana. Mejor mañana...

Cuando encendieron la linterna, su poderosa luz le hirió los ojos y terminó de despabilarse. Enfocaron con el foco un papel que llevaban.

-¡Léalo usted mismo!

-Sin anteojos no veo una letra....

-Si quiere se lo leemos nosotros. Es una orden de captura.

-Está bien, ya entendí. Mañana a las ocho estoy en el cuartel para que me capturen. Ahora, por favor, váyanse, necesito dormir.

-Si usted no viene, cargará con las consecuencias.

-Ya las cargo y ya me pesan, pero ahora, déjenme dormir.

-Si seguimos discutiendo aquí, a quien no va a dejar dormir usted es a todos los que están ahí dentro en el rancho. ¿Por qué mejor no se sale fuera para hacerle unas cuantas preguntas?

-Está bien -les dijo, cediendo a pesar del cansancio-. Sólo esperen que me vista.

Cuando estaba tanteando una silla en busca de su ropa, Jacinto le preguntó en un susurro:

-¿Qué es lo que pasa?

En la penumbra distinguió a Héctor, con un dedo sobre la boca le pedía silencio y le hacía un ademán para que no se moviera de donde estaba. Jacinto obedeció.

Después de ponerse el pantalón, la camisa y los zapatos tenis, con su infaltable agujero, Héctor se colocó despacio sus anteojos, se los ajustó bien, recorrió cuidadosamente con la punta de los dedos las patas de aquella montura que sostenía los cristales amigos, los compañeros que habían ido con él a todas partes, su brújula. Era el gesto que solía hacer cuando ponía gran atención a algo y quería verlo de frente y con claridad, sin perder detalle. Con los lentes así acariciados, se sintió seguro, sonrió y salió fuera, a las tinieblas.

Las dos sombras lo flanquearon, y caminando lentamente y sin hacer ruido los tres se dirigieron hacia el jeep de capota blanca. El silencio podía partirse de un tajo de machete. Jacinto aguaitaba por la rendija del bajareque, aguzando los ojos como hace el gato de monte. Cuando con sus ojos ya no logró distinguir nada, escuchó dos quejidos que cortaban la noche. Eran de Héctor, sin duda.

Inmediatamente salió del rancho. Sólo para ver que el jeep prendía las luces y arrancaba a toda velocidad, alejándose del rancho y enrumbando hacia Santiago.

-¡Hey! -gritó Jacinto-. ¿Por qué se llevan a ese hombre? ¿Por qué se lo llevan?

El negro telón de las tinieblas se fue cerrando ante sus ojos.

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Agosto 2006