Corrí a la cooperativa a llamar a mi compadre Pillo y le conté lo que había pasado. Era noche cerrada. Le dije que yo me iba zumbado para Santiago en el commander con Leonor y que él avisara a todas las comunidades, ¡a todas! A las seis estaba yo con el obispo Legarra en el cuartel de Santiago poniendo la denuncia ante el capitán Cal, pero vi que le prestó muy poca importancia. Tuve un mal presentimiento.
(Jacinto Peña)
Yo había dormido esa noche en El Alto. En la madrugada nos trajeron la noticia. Al amanecer, llené el jeep con campesinos y nos fuimos a San Francisco. Nunca olvidaré aquello. En todos los campos ya conocían lo que había ocurrido. No sé cómo, pero en la noche se habían comunicado unos con otros. Por todo el camino vi filas de campesinos, buscándolo en las zanjas, en los yerbazales... Pensaban que lo habrían herido y que lo habían botado por cualquier lado.
(Diego de Obaldía)
Cuando me dieron la noticia, ya queriendo amanecer, aún oscuro, le dije a Feyo: "Viejo, él lo previno". Porque me acordé que en la última reunión que tuvimos en El Carmen, cuando estábamos discutiendo tanto de la carretera, él nos había dicho: "Si yo desaparezco, no me busquen, sigan la lucha". Pero, ¿cómo obedecerlo? Yo me tiré al monte, como todos, a buscarlo.
(Aquilina Abrego)
Al día siguiente de capturarlo, la Guardia Nacional le puso un cerco a Santa Fe. Nadie podía ni entrar ni salir del pueblo, ni la avioneta ni el commander ni ningún vehículo. Pero como no podían controlar ni las trochas ni los trillos, por ahí nos movíamos. Al principio nadie imaginaba la muerte, sólo que estaba preso y que lo negaban.
(Cecilia Navarro)
Al cuartel de Santiago llegaron decenas de campesinos de Santa Fe con sus machetes. Estaban desesperados, querían hacer algo, que los escucharan. Un muchacho llamado Régulo se estrenaba precisamente aquel día como locutor en Radio Veraguas. A él le tocó dar el primero la noticia y acusó directamente a Torrijos. Los campesinos no se movieron de Santiago durante varios días. Bajo los aguaceros desafiaban a la Guardia, que quería desalojarlos. Reclamaban que apareciera, que nos dijeran dónde estaba, que nos dijeran algo.
(Esteban Ellis)
Al día siguiente del secuestro, el 10 de junio, el Ministro de Gobierno y de Justicia, Juan Materno Vásquez, habló en una cadena de radio y televisión. Se refirió a las excelentes relaciones de Torrijos con Gallego, contó la gran mentira de que Torrijos le había regalado a Héctor 50 mil balboas para la cooperativa y afirmó que yo era el principal sospechoso de la desaparición y que había orden de captura contra mí. No salía de mi asombro.
(Diego de Obaldía)
Todas nuestras mamás y todos nuestros papás dejaron sus parcelas, sus campos, sus ranchos, y nos dejaron a nosotros y se fueron a pie hasta San Francisco y hasta Santiago a buscarlo. No había otro oficio aquellos días que buscarlo. Todos los chiquillos quedamos al cuidado de unos vecinos y dormíamos todos juntos en un solo rancho. Durante toda una semana estuvimos en aquella emergencia. No se me olvida, yo tenía once años.
(Florentino Urriola)
En Santiago encontrábamos notas anónimas en un banco de la Catedral, en otro, en el altar, en el obispado, en una tienda: que el cuerpo está aquí, que está allá... Hacían llamadas anónimas dándonos falsas pistas. Corrimos al río Santa María a buscar dentro, fuera, en las orillas, fuimos al cementerio, hasta abrimos una fosa, lo buscamos por todos los caminos... Campesinos de Santa Fe, jóvenes de Santiago y algunos del equipo estábamos todo el día dedicados a esta tarea. Nos quedamos en Santiago buscando, reclamando, y dejamos todos los trabajos abandonados. Nadie nos informaba nada de lo que hacía el obispo en Panamá, de la búsqueda de la Iglesia allá. El obispo Legarra hablaba por la televisión, pero los campesinos no tienen televisión. No hubo un trabajo coordinado. Estábamos desorientados, perdidos, sin la cabeza.
(Cecilia Navarro)
Lo buscamos quince días seguidos, de la mañana a la noche, sin descanso. Dos mil personas buscando. La cooperativa organizó esta operación. Buscamos por las montañas y bordeando los ríos, buscamos en Santa Fe, en San Juan, en San Francisco, en San José. En una avioneta de un trabajador de la aeronáutica civil, buscamos también por aire. Nada. Nada.
(Porfirio Pineda)
Cuarenta y ocho horas después del secuestro me fui a entregar al cuartel de la Guardia en Santiago, para quitarles esa excusa. Me tuvieron 2l días preso y todos los interrogatorios que me hicieron, absolutamente todos, estaban amañados y orientados para que yo confesara que Héctor y que yo mismo éramos guerrilleros.
(Diego de Obaldía)
Había pasado una semana... y nada. En Santiago, te montabas a un bus y sólo oías hablar de él. Una señora le contaba a otra que había oído decir que murió en la cárcel. Un hombre le decía al que iba a su lado que sabía que le habían arrancado una a una todas sus uñas. Sólo se hablaba de eso. Yo iba llorando en todos los buses.
(Silvia Rujano)
Dos días después del 9 de junio, un amigo de la casa recibió un periódico donde venía la noticia de lo que le había pasado a Héctor en Panamá. Yo no sabía nada, nosotros no escuchamos radio. Pero cuando a distancia lo vi llegar con el periódico, sentí como una puñalada en el pecho y grité: ¡Han matado a mi hijo!
(Alejandrina Herrera)
En San Miguelito sentimos la noticia de su captura como una tragedia. Y todos nos movilizamos protestando, exigiendo, participando en las manifestaciones, en las vigilias. Nosotros habíamos estado siguiendo con un gran entusiasmo la experiencia de Santa Fe. No queríamos creer que se hubieran atrevido a matarlo.
(Enrique Molina)
La primera misa que tuvimos en la ciudad de Panamá concluyó con una marcha multitudinaria hasta el cuartel de la Guardia Nacional. Tan grande, tan beligerante, que los militares pensaron que nuestro propósito era forzarlos a rendirse. La Iglesia tuvo una fuerza extraordinaria en aquellos días y en torno al caso Gallego. Panamá estaba consternado: ¡tocar a un sacerdote! ¡Y a un sacerdote tan querido!
(Marcos McGrath)
Todas las parroquias de ciudad Panamá se conmovieron. Porque él ya era conocido, su nombre, el estilo de sacerdote que representaba, el trabajo que hacía con los campesinos, su compromiso. Yo era un muchacho y recuerdo haber ido con mis padres a todas las manifestaciones que esos días llenaban a diario las calles de Panamá pidiendo al gobierno que diera una explicación, pidiendo que apareciera.
(Carlos Lee)
Hacía unos días, él me había preguntado si yo quería ser mártir. Y yo le había respondido de seguido que sí. Pero yo no sabía lo que hablaba. Yo pensaba que era ser "marte", esa estrella tan linda que aparece en el cielo de noche y tira chispas de brillo rojas. Yo pensé que ser mártir era ser como ella. Pero cuando vi el secuestro, llevarse a un hombre bueno así y más nunca aparecer, cuando nos dimos cuenta de que ya nunca más lo volveríamos a ver... "Eso es ser mártir", decían. Y yo me asusté.
(Andrés Guevara)
Nos vemos en la penosa y dolorosa necesidad, como pastores de esta Iglesia, y en consulta con la Conferencia Episcopal de Panamá, de castigar con la pena más severa de la Iglesia Católica y Apostólica, cual es la excomunión, a todos los responsables de este horrendo delito, tanto a los ejecutores inmediatos de la captura y a los que dieron la orden de que se llevase a cabo, como a los autores intelectuales y responsables directos e indirectos que lo planearon y a todas aquellas personas que teniendo conocimiento de algún dato importante con relación al hecho, no quieren ponerlo en conocimiento de las personas competentes ni quieren declarar lo que saben.
(Martín Legarra, en la TV nacional)
A finales de junio, llegaron unos jesuitas de Panamá con la entrevista que Radio Hogar le había hecho a Héctor el 4 de junio. La pasaron por Radio Veraguas enterita. Fue una bomba. En los campos de Santa Fe, por todos lados, los campesinos escucharon su voz, tan conocida, sus declaraciones, y empezaron a festejar. "¡Ya apareció, ya salió en la radio!", corrían la voz, locos de contento. Se creó una gran confusión. Y nos tocó hacer recorridos por muchos campos aclarando que sólo era una entrevista, que Héctor había hablado todo aquello antes de desaparecer. No querían creerlo. El dolor se les dobló. Como si lo perdieran por segunda vez.
(Cecilia Navarro)
Desesperado por la falta de avances, Monseñor Legarra fue a ver a Torrijos. "La Iglesia va a pedir la ayuda de un grupo de investigadores mexicanos para que esclarezcan el caso", le dijo. Torrijos le dio total carta blanca para que buscara esa ayuda. Pero cuando a los ocho días Legarra regresó de México con los nombres de los especialistas que iban a llegar a Panamá, Torrijos ya no lo recibió solo, como la primera vez, sino acompañado por todo el Estado Mayor. Y muy serio le dijo al obispo: "Hemos decidido no permitirle la entrada a esos investigadores mexicanos. Sería una violación a nuestra soberanía. Para encontrar al padre nos bastamos nosotros".
(Alan Mac Lellan)
Pero, ¿dónde, dónde estás? / Se ha perdido nuestro hermano / se ha perdido en el pantano / El río se desbordó / y aquella turbia corriente / me trajo el sudor caliente / y me habló de Santa Fe / Toda una vida lloraron / bajo los ranchos de palma su esperanza / De sol a sol se pasaron / con el machete en la mano / y en la noche atormentados / temiendo y temiendo al amo / El lugar estaba a oscuras / hasta que encendiste hogueras / que alumbraron la llanura / y barrieron sus tinieblas...
(Canción que transmitía Radio Veraguas)
Cada día 9 de cada mes, hicimos una vigilia popular en Chiriquí, con oraciones, con cantos, exigiendo que se nos dijera la verdad, que apareciera, vivo o muerto. En la plaza hacíamos fogatas y se reunían hasta tres mil personas. También se llenaba aquello de guardias y de orejas. El obispo Legarra nos llamaba a menudo a Chiriquí para darnos noticias de cómo iban las gestiones de la Iglesia para encontrarlo, pero como todos los teléfonos los tenía intervenidos la Guardia, nos hablaba en latín. Yo andaba con un diccionario al lado del teléfono para entenderlo. Vivíamos pendientes de cualquier noticia, de cualquier pista. Panamá entero era una familia buscando a su hermano.
(Alan Mac Lellan)
En los días siguientes, en las semanas siguientes, se perdió mucho tiempo corriendo al río, a la playa, al camino tal, al camino cual, aquí, allá. Yo creo que todas esas versiones contradictorias que se daban, que las pistas que aparecían, que todas las especulaciones, fueron lanzadas desde el mismo ejército. Son típicas de las operaciones de inteligencia y contrainteligencia.
(Carlos Lee)
El Procurador General de la Nación, Olmedo Miranda, inició la "investigación" oficial. Con ese objetivo viajó a Santa Fe. Pero lo único que él iba buscando era un escándalo entre Héctor y alguna mujer. Sobre eso preguntaba: qué hacía con la maestra, qué hacía con Fulanita o con Menganita... También mezclaron entre sus cosas volantes de grupos subversivos. Todos los pasos que dio el gobierno no los dio para encontrarlo, sino para desprestigiarlo.
(Alan Mac Lellan)
Oímos de un jeep que había aparecido a la entrada de Santiago de Veraguas, en un garage, lleno de lodo y sangre. Seguimos esa pista. Oímos que lo habían golpeado y que "se les había ido la mano" y que lo estaba atendiendo el médico personal de Torrijos. Seguimos esa pista. Monseñor Legarra instaló su oficina en mi oficina de Panamá y desde aquí coordinábamos la búsqueda. Un piloto muy cercano a Torrijos le contó a alguien, que después me contó a mí, que él mismo había arrojado el cuerpo de Héctor, ya muerto, al mar. A ese piloto lo mataron después unos narcotraficantes colombianos. También tratamos de seguir esa pista. Lo intentamos todo.
(Marcos McGrath)
Al sacarlo de la casa, los guardias, para callarlo, lo golpearon con la cacha de un revólver y quedó privado. Como no volvía en sí, lo llevaron al hospital militar, donde el médico declaró que "se les había ido la mano", que había fractura del cráneo y que era necesario dejarlo en observación. Estando en observación, y sin volver en sí, le sobrevino embolia, que lo paralizó. Ante este estado de cosas, las autoridades de Veraguas se vieron obligadas a ocultar los hechos. La noticia llegó hasta el General Torrijos. Lamentó el caso y advirtió que eso no había sucedido por orden suya, pero dijo que "ya no había remedio". Y que era mejor que muriera un cura y no todo el gobierno. Porque si se propagaba lo ocurrido "lo iban a tumbar". Torrijos ordenó que hicieran desaparecer a "ese cura enfermo", que lo llevaran en un avión y lo arrojaran al mar.
- (El Tiempo, Bogotá, 2l agosto 1972,
- citando declaraciones del religioso español Pedro Hernández Rabadán)
Como a los dos meses de la desaparición, Juan, un religioso de Atalaya, me llamó. "Tengo una misión para usted", me dijo. Me contó que conocía en Holanda a un grupo de gente que tenía poderes paranormales y sólo mirando la foto de una persona desaparecida, ubicaban a distancia dónde estaba su cuerpo. Que él les había mandado una foto de Héctor y que ya le habían enviado una respuesta. Decían que el punto de referencia para buscarlo era "un rápido de agua". Del rápido, 800 metros al norte y 200 al oeste, donde habría unos rastrojos y bajo ellos, unas guacas excavadas por indígenas. En una de esas guacas estaba enterrado Héctor. Mi misión era buscar por todo Panamá, ¡por todo Panamá! aquel lugar que los holandeses habían fijado telepáticamente. Empecé por Veraguas. Pasé cuatro meses en verdadera desesperación buscando en todas las cascadas, saltos de agua y chorros que existían en Veraguas, cuadrando luego los 800 metros al norte y los 200 al oeste y encontrando rastrojos... Pero nunca hallé ninguna guaca. No hice otra cosa en cuatro meses. ¡Pucha! Lo intentamos todo, ¡carajo! para volverlo a ver.
(Luis Batista)
Durante tres meses tuvimos marchas, misas y vigilias nocturnas, siempre masivas, en la ciudad de Panamá, exigiendo una aclaración. La Iglesia trató de crear un ambiente de oración y de insistencia. Al cuarto mes suspendimos esas actividades. ¿Por qué? Grupos políticos de derecha, anti-torrijistas, querían montarse en el gran poder de convocatoria que la Iglesia tuvo en aquellos momentos, en la justa causa que nos animaba, para desafiar al gobierno y hasta para derrocarlo. El gobierno de Torrijos aún era débil, no estaba consolidado. No quisimos prestarnos a eso.
(Marcos McGrath)
A mí me tocó investigar en nombre de la Iglesia durante unos meses. Y por esa razón, la Guardia mandó a echarme preso. En ese tiempo me pude dar cuenta de aspectos claves en el caso. El que dirigió la investigación oficial fue el Procurador Olmedo Miranda. La táctica con la que él procedió es uno de esos elementos claves. Primero investigaron a todas las personas que en el gobierno estaban involucradas en el hecho. Lógicamente, para amarrar una única "versión oficial". Y sólo después de esto entrevistaron en Santa Fe a testigos que eran realmente de capital importancia si de verdad se quería aclarar lo sucedido. Pero sólo hablaron con ellos y recogieron su versión cuando ya tenían listas todas las coartadas.
(Irving Bennett)
Hubo entonces, y siguen habiendo hasta el día de hoy, todo tipo de especulaciones, más o menos creíbles. Yo sé de un sacerdote salesiano, de apellido Calero, muy amigo de la familia Torrijos, que un día, de visita allí, se dio cuenta de la responsabilidad que tenía el General en el caso Gallego. Según Calero y según lo que él oyó en la casa de Torrijos, a Héctor le dieron un mal golpe al capturarlo y para curarlo lo ingresaron en el hospital de Las Tablas, donde murió. Después, arrojaron el cuerpo al mar e hicieron desaparecer el registro de su ingreso en el hospital. Pudo haber sido así. Lo que está muy claro es que el crimen fue responsabilidad de la Guardia Nacional. Pero desde aquellos días hasta el día de hoy prevalece entre los responsables un pacto de silencio, al estilo del código de la mafia, orientado a que nunca jamás sepamos lo que ocurrió.
(Fernando Guardia)
La explicación familiar -Torrijos que protege los intereses de su primo Vernaza- no basta para interpretar lo ocurrido. Torrijos trataba de someter a su control a todos los grupos organizados de Panamá que representaran una oposición a su proyecto: empresarios, ganaderos, sindicatos, taxistas, campesinos, religiosos, grupos cristianos... A todos. Organizando a los campesinos, Héctor atentaba no sólo contra los intereses de los Vernaza, sino contra la "seguridad nacional" panameña y como era colombiano, ahí tenían la mejor de las excusas para sacarlo del país. Primero jugaron con la enemistad de los caciques de Santa Fe y de quienes no lo querían en el pueblo, para forzarlo a irse. Pero como no se iba ni con amenazas ni con cárceles ni con candela, como era una guabina que siempre se les escapaba,lo tuvieron que capturar. Nunca quisieron matarlo, querían expulsarlo a Colombia. ¿Cómo ese gobierno iba a querer un mártir? Un mártir de su talla los perjudicaba. Para Torrijos no hubo mancha mayor en su gobierno que el caso Gallego. Este crimen no fue un caso local, en este crimen estuvo comprometido todo el Estado. No sólo los militares. Todos los funcionarios de la justicia comenzaron a elaborar desde el primer momento un expediente totalmente falseado. Yo he revisado en detalle todo ese expediente: siete mil quinientas páginas orientadas a confundir, a enredar, a falsear el caso. El Procurador General de la Nación y los magistrados de la Corte Suprema de Justicia se confabularon desde el primer día para respaldar y esconder lo ocurrido. De lo que no queda duda es que el complot para su captura y el complot para encubrir su muerte fueron obra de Manuel Antonio Noriega, que era el jefe de la inteligencia militar en aquellos momentos.
(Carlos Lee)
En el movimiento estudiantil nunca entendimos por qué Torrijos no hacía una investigación a fondo. Eso nos separó definitivamente de él. Como a los quince días de la desaparición, Francis, un estudiante de Derecho que había estado en la convivencia de Chilagre, empezó a hacer pintas con otro muchacho, por las calles de Panamá. Ponían por todos lados: "Torrijos mató a Gallego". El G-2 los capturó en un operativo y estuvieron casi dos meses presos, totalmente incomunicados. No los interrogaron, sólo los torturaron, y salvajemente. Después hubo que sacarlos del país.
(Santander Tristán Donoso)
Me siento orgulloso de que mi hijo haya trabajado en favor de los campesinos. Ruego a la Iglesia de Panamá que siga haciendo el esfuerzo para encontrar a mi hijo Héctor, para que él pueda nuevamente estar entre nosotros. Señores secuestradores, por favor, devuélvanme a mi hijo.
(Horacio Gallego en mensaje grabado desde Colombia)
La Iglesia jamás fue informada por el gobierno de que Héctor Gallego estaba muerto. Nunca. Cuando pasaron seis meses, y al no tener ningún dato nuevo, al extinguirse todas las pistas, dimos por supuesto y estuvimos ya seguros que él ya no estaba con vida. Yo mantengo la versión de que Noriega dio la orden de apresarlo para después expulsarlo. Y que, a consecuencia de golpes muy fuertes, que creo no recibió en una sala de tortura, Héctor murió. Torrijos sabía todo lo que había ocurrido. Pero jamás lo reconoció ante ninguna autoridad de la Iglesia. Nunca. El Vaticano sabe lo mismo que sabemos nosotros. Nada.
(Marcos McGrath)
La inteligencia norteamericana supo del operativo Gallego e interceptó una conversación telefónica de Noriega, cuando iba a bordo del helicóptero del que arrojaron al sacerdote al mar. Noriega se jactaba de su hazaña y decía haber aprendido una lección con aquel caso: "Antes de tirar a un hombre de un helicóptero, siempre hay que matarlo primero".
- (Dato aparecido en un artículo de Seymour M. Hersh
- en The New York Times, mayo l988 y en Life, marzo 1990)
Nunca hemos sabido dónde siquiera llevarle una flor. Pero en Santa Fe siempre estuvimos seguros de que la orden última vino de Noriega. ¿De quién más? Pero Noriega lo pidió capturado y vivo para después deportarlo. No quería matarlo. Lo que ocurrió fue que aquí, frente a mi rancho o allá, qué sé yo dónde, le dieron un mal golpe en la cabeza y no lo pudieron recuperar nunca de ese mal golpe. Y entonces, o se murió o tuvieron que matarlo.
(Jacinto Peña)
La Iglesia panameña está decidida a introducir en Roma su causa de beatificación. Queremos que sea proclamado santo y mártir. Pero nunca podremos hacerlo sin conocer cómo murió. Sin saber con exactitud y con todos los detalles cómo fue el preciso momento de su muerte, Roma no declara a nadie ni santo ni mártir. Necesitamos la verdad. Manuel Antonio Noriega debe saberla.
(Marcos McGrath)