INICIO POR QUE PANAMA PROFUNDO BOLETIN IMÁGENES PUBLICA LO TUYO
SUSCRIPCION
 
CONTACTO
Héctor Gallego está vivo
14

Desde el primer momento el gobierno torrijista se asustó de haber construido un mártir. Que la sangre de aquel hombre bueno manchara las manos de tantos funcionarios perjudicaba sobremanera al régimen. Por eso optó por la desaparición y por una pesada losa de silencio. Tampoco le convenía el recuerdo del cura organizador de campesinos y de sus proyectos. Por eso, decidió enseguida echar tierra sobre la memoria de Héctor Gallego en Santa Fe. En l972, el gobierno construyó por fin, tras más de doce años de promesas incumplidas, la carretera Santiago-Santa Fe, abrió el ciclo de educación básica en la zona y con el respaldo de los Vernaza, levantó un templo de desproporcionadas dimensiones para tan pequeña población. "Hicieron de todo para borrar la memoria de Héctor", dicen los campesinos. Santa Fe de Veraguas se convirtió en distrito especial, aunque en realidad para poco sirvió. Otros proyectos llegaron a la cabecera y a algunos campos para empolvar y enterrar la persistente memoria viva del desaparecido.

Sobre la cooperativa "La Esperanza de los Campesinos" nadie pudo ni ha podido echar tierra, nadie ha logrado siquiera empañar la memoria de su inspirador. A pesar de los muchos golpes y de tremendos obstáculos, y a pesar de toda la gente que ha querido llevársela en los cachos, aquella cooperativa que empezó vendiendo bolsitas de sal en destartaladas tiendas de pencas, comercia hoy 450 productos de consumo, desde un lápiz a una lámina de zinc, y otros 250 productos agrícolas y veterinarios: vacunas, semillas, abonos. La central está en Santa Fe y mantiene siete sucursales en los campos.

Las luchas por la tierra iniciadas con la defensa de la parcela de doña Juana, unos días antes de que Héctor desapareciera, continuaron y crecieron en fuerza y en decisión. En los años siguientes, los cooperativistas lograron recuperar más de 200 hectáreas de magníficas tierras a los caciques de la zona en Bermejo, en El Carmen, en El Cuay, en Nueva Mula. Entre ellas, 35 hectáreas que le ganaron a los Vernaza.

Hoy, "La Esperanza de los Campesinos" marca a nivel zonal los precios de todos los productos que vende en sus tiendas, otorga créditos, cuenta con excedentes, produce y comercializa todo el café de la zona, tiene un bus que hace la ruta a Santiago y otros siete vehículos para sus distintas tareas, maneja un capital de casi un millón de dólares -el 75% es capital propio-, ha empezado a trabajar experimentalmente más de una docena de parcelas con las técnicas de la agricultura orgánica y está comprometida en una nueva red de comercialización, basada en el Mercado Solidario, junto a otras cooperativas que en el resto de Veraguas, en Colón, en Coclé y por todo Panamá mantienen vivo el recuerdo de Héctor Gallego.

Panamá es uno de los países latinoamericanos donde el movimiento cooperativo tiene más tradición y arraigo. Desde los años 60, la Iglesia Católica, con diferentes iniciativas, se dedicó a sembrar la semilla del cooperativismo y a roturarle el terreno a este modelo de organización. Desde aquellos años, Veraguas es la zona de Panamá donde las cooperativas pegaron más fuerte. Con todos sus más y con todos sus menos, la cooperativa de servicios múltiples Juan XXIII de Santiago ha llegado a ser hoy el negocio más rentable de toda la provincia de Veraguas.

En el paisaje productivo veragüense y panameño, la cooperativa de Santa Fe ha marcado pautas. Por la mística que defienden, razonan, conservan y comparten los que fundaron con Héctor Gallego "La Esperanza de los Campesinos". Los santafereños tienen un sello especial. "Hay que poner a la gente por encima de los dólares, hay que humanizar el capital", repiten en todas las reuniones. "El día en que sólo seamos una empresa, aunque tengamos éxitos económicos, estamos acabados", recuerdan a quien se les ponga delante. "Cualquier persona negativa puede desarrollar una empresa con éxito económico, pero no puede desarrollar a una sola persona positiva. Y una persona positiva vale más que toda una empresa", reflexionan permanentemente.

"Héctor siempre nos dijo..." Así inician y terminan sus conversaciones. "La cooperativa -les dijo él una vez, cuando por poco se ahoga en un río desbordado- es como un bejuco al que ustedes se tienen que agarrar para cruzar todas las corrientes". Y a ese bejuco viven agarrados y con ese bejuco van atravesando los muchos ríos, por crecidas que corran sus aguas.

Los principales depositarios, las principales herederas del legado de Héctor Gallego, su memoria viva e inquietante, son sin ninguna duda, los cooperativistas de Santa Fe de Veraguas. Aquella organización que nació de abajo y cuando se rompió un silencio de siglos, aquel grupo que inició su camino con sólo 18 centavos, es el fruto madurado del trabajo organizativo y pastoral de un cura extraordinario, singular y pionero.

Pero este trabajo no tuvo continuidad dentro de la estructura eclesiástica cuando Héctor desapareció. También se asustó la Iglesia institucional de tener un mártir en su seno. No estaba preparada para sacar las consecuencias de ese regalo que Dios hace de vez en cuando. Durante meses, la Iglesia buscó a Héctor a su estilo, reclamándole al gobierno, exigiéndole de poder a poder. Luego, no fue capaz de buscarlo en los campesinos ni de continuar su obra.

Un año después de la desaparición del párroco de Santa Fe, el obispo Legarra hizo una gira por aquellos campos que Héctor había recorrido infatigablemente y valoró así la situación: "Es como un gran huerto o jardín que ha sido azotado por un vendaval. La furia de éste arranca de cuajo las plantas débiles, a otras las deja medio marchitas. La desaparición de Héctor fue para estas comunidades como un vendaval muy peligroso. Más de uno de los que estaban al lado del padre Héctor se han retirado o se han enfriado, muchos temen que les suceda lo mismo que a él".

Pero este miedo de la base y estos enfriamientos no los abonó la sangre del mártir, llamada a fructificar, como siempre sucede, en semilla de nuevos cristianos. Fue la soledad a la que retornaron los campos de Santa Fe. Los campesinos se sintieron más abandonados que temerosos. Según muchos panameños, el miedo a amenazas que nunca existieron, el exceso de prudencia o la falta de coherencia en el compromiso no estaban en la base, sino en el techo mismo de la Iglesia. La inexperiencia ante un acontecimiento tan inesperado y difícil de manejar, altas dosis de ingenuidad política y la incapacidad para dar continuidad a un trabajo de frontera, se aliaron en los techos institucionales de la Iglesia, que no supo estar a la altura del desafío de Héctor desaparecido.

Lo que sucedió con las religiosas que trabajaban en la zona fue un doloroso síntoma de esta crisis. Veinte meses después de desaparecido Héctor, el obispo Legarra convocó a las siete mujeres que desarrollaban en aquellos campos tareas pastorales a una reunión para hacer un "juicio" al trabajo realizado en los años de Héctor Gallego. Presidía el tribunal el obispo y a su lado estaba un sacerdote, sociólogo de profesión, que había vivido algunos años en Veraguas, había estudiado su realidad y había elaborado un voluminoso documento de unas 200 páginas de conclusiones. Con ese mamotreto llegó armado al tribunal.

El juicio consistió en la aceleradísima, a ratos vertiginosa e incomprensible lectura que hizo el cura sociólogo de su documento. La idea central de aquel mar de páginas era la descalificación del trabajo pastoral de las religiosas y del equipo pastoral que coordinó Héctor. El sacerdote lo calificó de "subversivo" y lo comparó con el "destructivo trabajo" que Adolfo Hitler había llevado a cabo contra los judíos. El obispo no hizo un solo comentario. A las religiosas se les prohibió tomar notas de lo que se alegaba contra ellas, mucho menos usar la grabadora.

Después de la tediosa sesión de lectura, que llenó toda una mañana, obispo y asesor pidieron a las religiosas que dieran sus respuestas a los cargos después del almuerzo. "Estábamos abrumadas -cuenta una de ellas-, veíamos con claridad que nos iban a botar a todas de la zona y del país y no queríamos irnos. No encontramos otra salida que hacerles un teatro, muy dramático, para ver si tenía algún efecto. Una de nosotras, Mariana, tenía mucha capacidad para improvisar una escena. En nombre de todas se hincaría de rodillas delante del obispo y le pediría perdón, prometiéndole que íbamos a cambiar. Pensamos que sólo con un show de este tipo nos permitirían tal vez quedarnos y seguir trabajando con la gente".

El teatro tuvo lugar en la sesión vespertina. Pero no sirvió absolutamente de nada. El obispo no reaccionó, no hizo un solo comentario, el sociólogo tampoco. "Quedamos claras que teníamos los días contados en Veraguas". Y así fue.

En l974 el equipo pastoral que trabajó con Héctor Gallego estaba disperso, disuelto, acabado. "Hoy todavía no logro entender -dice Cecilia, la última religiosa que salió de la zona-por qué nosotras las religiosas no hablamos con los campesinos responsables para explicarles a ellos lo que nos estaba pasando, para pensar en conjunto con ellos lo que podíamos hacer. No nos comunicamos. Nuestra salida los desalentó, fue como un tiro de gracia, quedaron confundidos. Sintieron que los guardias les habían quitado a Héctor y que la Iglesia, todos nosotros, les abandonábamos".

Pero la memoria persistente de Héctor no abandonó nunca a un buen grupo de aquellos campesinos y campesinas, tampoco a sus hijos y a sus hijas, que siguieron reuniéndose, siguieron reflexionando en común, siguieron rezando como él les había enseñado, siguieron construyendo la cooperativa y la comunidad. Este resto fiel conservó la capacidad de convocatoria que les dejó en herencia Héctor y cada 9 de junio de cada año ha celebrado como pueblo de Dios, fuera de las paredes del templo, a campo abierto, como aquellos años, la resurrección de su amigo y la gracia de haberle conocido.

Fue esta vitalidad, la inmensa huella que Héctor dejó en Santa Fe de Veraguas y desde esas montañas en todo Panamá, lo que hizo posible que en 1990 se reabriera judicialmente el caso Gallego. La solicitud la introdujo la Iglesia Católica, para evitar que en 1991, tras 20 años, prescribiera el caso.

Eran ya otros tiempos en Panamá. Noriega guardaba prisión tras ser juzgado por delito de narcotráfico en los Estados Unidos. La Guardia Nacional, hundida en el desprestigio, había sido disuelta y muchos de sus oficiales habían sido ya apresados y encarcelados por los invasores gringos.

Para reabrir el caso Gallego hubo que reconstruir todo el expediente iniciado en l97l, elaborado entonces tendenciosamente y estéril en sus resultados. Como desde el primer momento constaba que todos los testigos de Santa Fe hablaban de tres guardias que habían capturado a Héctor, en abril de 1991 fueron llamados a juicio y sindicados como autores materiales de la captura, y eventualmente de la muerte de Héctor Gallego, tres militares: Melbourne Walker, Eugenio Magallón y Oscar Agrazal. Al reabrir el expediente, se logró añadir otro nombre: el de Nivaldo Madriñán, segundo de Noriega en el momento de la invasión de Estados Unidos a Panamá en diciembre de l989.

Los cuatro acusados habían sido miembros del G-2 (inteligencia militar) y por lo tanto, habían trabajado siempre a las órdenes de Manuel Antonio Noriega. Madriñán era el más joven, el único con carrera militar, el de más alto rango y uno de los "monogordos" de Noriega.

En 1971, el sargento Walker era subjefe del G-2 en Santiago de Veraguas. El jefe era Magallón, que tenía el rango de subteniente. Agrazal era cabo y llevaba un año trabajando en esas dependencias. En aquella época, Madriñán era teniente y estaba en la propia jefatura del G-2. Mientras los otros tres se jubilaron en los años 80, Madriñán había sido dado de baja en 1990, después del cambio de gobierno.

El 26 de octubre de 1993, se inició el juicio en el Tribunal Superior de Penonomé, provincia de Coclé. Para esas fechas, y desde hacía dos años, Magallón estaba prófugo. El país comenzaba a acostumbrarse a ver a militares sentados en el banquillo de los acusados. El caso más sonado había sido, apenas unos meses antes, el juicio seguido en David, provincia de Chiriquí, contra diez militares acusados de haber dado muerte en 1988 al médico Hugo Spadafora. En este caso, y a pesar de pruebas y evidencias contundentes, los siete principales responsables materiales del crimen resultaron absueltos. El defensor de Noriega -acusado en el juicio como autor intelectual- fue Ramiro Fonseca, quien también actuó como defensor de Madriñán y de Walker.

El juicio en Penonomé reabrió el caso Gallego. Y sobre todo, reabrió para todos los panameños la historia de su vida, jamás olvidada por los campesinos. Decenas y decenas de campesinos y cooperativistas de Herrera, de Coclé, de Colón y sobre todo, de Veraguas y de Santa Fe, se trasladaron a Penonomé para seguir paso a paso el juicio. Estuvieron en vigilia permanente fuera del tribunal. Dentro de la sala y durante los 25 días de audiencia, 30 campesinos santafereños se turnaban cada dos días, para estar pendientes de todo lo que allí iba a ocurrir.

En vísperas del juicio, los campesinos marcharon por las calles de Penonomé, hicieron declaraciones, aparecieron en todos los medios de comunicación. La memoria de Héctor los convertía de nuevo en protagonistas. Su permanente reclamo fue: "No queremos venganza, queremos la verdad", "Queremos la verdad más que la justicia". Cómo habían sido los últimos momentos de Héctor, cuánto había sufrido, qué había dicho, dónde había quedado su cuerpo... Saber todo esto era el mayor deseo de los que lo conocieron y lo amaron, sus hermanos campesinos. Esperaban que el juicio hiciera luz sobre estos enigmas. En Salgar, Medellín, Colombia, los hermanos de Héctor -ya habían muerto su padre y su madre- compartían con ellos las mismas inquietudes. Lo que más les interesaba era saber lo que en realidad había ocurrido en la noche de aquel 9 de junio de 1971.

Desde el primer momento, los medios de comunicación dieron una amplia y permanente cobertura a todas las incidencias del juicio. Radio Veraguas lo transmitió íntegramente desde la sala de audiencias y en sus remotos campos, los santafereños vivieron 24 días con el radio prendido de la mañana a la noche.

Entre 512 personas se eligió a los ocho jurados de conciencia responsables del veredicto final: cuatro varones y cuatro mujeres, entre 22 y 45 años. Algunos estaban recién nacidos cuando Héctor moría, pero todos habían oído hablar de él. La defensa y los fiscales seleccionaron cuidadosamente a sus testigos para que inclinaran la balanza en uno o en otro sentido. Veintidós años después faltaban ante el tribunal tres testigos claves ya muertos: Omar Torrijos, que pereció en julio de 1983 en un accidente de aviación, según muchos obra de Noriega. Alvaro Vernaza, que falleció de pancreatitis en 19.. y que jamás logró sacarse de la mente a Héctor Gallego, según cuentan sus más cercanos. Y Alvaro González, presunto responsable del auto oficial, el jeep de capota blanca, que se empleó para capturar a Héctor en el rancho de Jacinto Peña, y que en 19.. se suicidó tomando veneno.

En la sala se dio lectura a las largas piezas procesales, se escucharon declaraciones de unos 40 testigos, se presentaron pruebas documentales y se reconstruyeron los hechos in situ. Presidió el tribunal la Magistrada Delia Carrizo. "Desde niña

-dijo a la prensa- yo he oído hablar en mi casa con admiración del padre Héctor".

Día a día, y al terminar a las 7 de la noche las larguísimas sesiones, los campesinos evaluaban todo lo ocurrido en la sala con el abogado Carlos Lee, que en el juicio actuó como acusador particular. Para quienes fueron los más cercanos a Héctor, el juicio debía ser también un permanente memorial de la vida y de la obra de su gran amigo.

La defensa calculó que el juicio se movería dentro de las coordenadas de un crimen local: un cura enemistado con unos terratenientes, que se vengan de él. Así, los cuatro militares acusados quedarían fuera de la jugada y saldrían libres. Carlos Lee se empeñó en complementar esa interpretación unilateral, ubicando lo ocurrido en los parámetros de un acontecimiento nacional. Un crimen de Estado ejecutado en nombre de la "seguridad nacional". Lee lo logró y esto arrojó una nueva luz sobre la sangre derramada y resultó decisivo en la sentencia.

En uno de sus alegatos en el juicio, Carlos Lee buscó darle a la vida, a la obra y a la muerte de Héctor esta dimensión mayor. "Héctor fue un colombiano con conciencia latinoamericana que se hizo panameño y por eso, él no podía morir fuera de Panamá... En Santa Fe de Veraguas él empezó a entender que la única forma de hacerse panameño era hacer la historia de los panameños... El hizo la opción de escribir la historia panameña a partir de los vencidos de esta sociedad... Se hizo un campesino más para recobrar la dignidad de todos los campesinos... Héctor nació antes de tiempo y por eso murió antes de tiempo", dijo Carlos Lee.

Oscar Agrazal, con una muy puntual implicación en los hechos, tuvo otra modalidad de juicio. Magallón no estaba. Walker y Madriñán negaron todo el tiempo y en todas sus intervenciones haber participado material o intelectualmente en el caso y afirmaron, también reiteradamente, que no sabían nada de lo que había ocurrido con Héctor Gallego después de su captura. Acudieron a diario al tribunal llevando la Biblia en la mano y sus palabras estuvieron siempre salpicadas de referencias religiosas. "Quiero manifestarles sinceramente -dijo en una ocasión Walker- que simpatizo con el dolor de la familia Gallego y de los campesinos por la desaparición de Héctor, y así como Zaqueo le prometió a Jesús regalar a los pobres la mitad de su riqueza y devolverle a las personas a quienes él les había robado cuatro veces más, si estuviera en mi poder yo le devolvería a la familia Gallego y a los santafereños a Héctor. Pero no lo puedo hacer porque yo no lo arresté. Ni capturé ni secuestré ni maté ni enterré a Héctor, ni tampoco lo tiré vivo de ningún helicóptero. Y Dios sabe que digo la verdad".

Durante la vista también se hizo pública una carta que Walker había dirigido al jesuita Fernando Guardia en junio de 1992, de contenido similar a otra que envió al Papa y en la que relata que fueron los Machos de Monte -una estructura rural de la Guardia Nacional- quienes habían capturado a Héctor y los que después lo habían matado. En esa carta, Walker afirma que Noriega le había comentado a él que era el Estado Mayor el que había decidido capturar y deportar al sacerdote "por ser comunista y porque se había metido con la familia de Torrijos".

El 2l de noviembre de 1993, tras pocas horas de deliberación, el jurado declaró culpables de la detención y posterior muerte de Héctor Gallego a Nivaldo Madriñán, Eugenio Magallón y Melbourne Walker. Los acusados no esperaban este desenlace. Estaban seguros que, al igual que en el caso Spadafora, quedarían libres por ser militares. Ya tenían preparado el champán para celebrarlo. Recibieron la sentencia con grandes llantos e ingresaron en prisión ese mismo día.

Los campesinos no recibieron el veredicto ni con aplausos ni con alegría. Querían la verdad más que la justicia. En Santa Fe, Serviliano Aguilar, uno de aquellos seis pelados a los que Héctor sacó de su mudez montuna y becó en la escuela de Atalaya y que hoy es técnico agrónomo, se lamentaba: "Para nosotros, la justicia no es que haya ni dos ni tres guardias en la cárcel. La justicia es que todos los campesinos tengan una buena vivienda, una buena producción y un buen mercado para sus productos. La justicia es que los campesinos sean tratados como seres humanos y se les respeten sus derechos. Que los campesinos sean felices. Esa es la justicia que Héctor quería, por esa justicia perdimos a Héctor y esa justicia todavía nos falta."

Quieren esa justicia. Y quieren la verdad. Pero esa verdad sigue oculta. La conoce Manuel Antonio Noriega, preso en Miami, Florida. ¿Querrá decirla? El caso está aún abierto. En su actual fase no prescribe hasta el 5 de abril del año 2011.

Nota final

Terminé este libro y lo di a leer a varios campesinos y campesinas que habían trabajado con Héctor. Los auténticos herederos de su inmenso legado. Leyeron, comentaron, quitaron, añadieron, hicieron sugerencias... Recordaron. Y al final se pusieron bravos. Bravísimos.

-¿Y por qué carajo termina usted esto con Noriega? ¿Por qué remata con ese tipo?

Estaban furiosos. No respondí. Sólo los escuché.

-Ni mencione usted a esa porquería, ése ensucia de sólo mentarlo. Y además, aunque dijera la verdad, viniendo de él, esa verdad ¿ya pa' qué? Como lo de hacerlo santo. Ta' bueno, pero... Aquí en Santa Fe de Veraguas nos preocupa que haciéndolo un santo, trepándolo en los altares, poniéndole coronita, nos lo vuelvan a secuestrar. Mejor ¡se acabó! No hay que hablar ya más de cómo lo mataron. O de cómo lo hacen santo. Porque sólo hacen santos a los muertos. Y Héctor no está muerto. Está vivo. Termine el libro así. Escriba lo que es la gran verdad, la que importa, la que nadie puede ocultar: que Héctor está vivo.

« Anterior
Capítulos
2
3
7


RECOMENDAR
Agosto 2006