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Héctor Gallego está vivo

 

Héctor Gallego llegó a Panamá, trabajó en los campos de Santa Fe de Veraguas y desapareció (1967-1971) en el filo de unos años cruciales en la historia de la Iglesia en América Latina. 

Después de terminar en 1965 en Roma el Concilio Vaticano II, que abrió puertas y ventanas de la Iglesia a brisas suaves, a temporales y hasta huracanes, los obispos latinoamericanos se congregaron en 1968 en Medellín, Colombia, para abrirle nuevos caminos pastorales al Evangelio: la opción por los pobres, la denuncia de la violencia institucionalizada y del pecado estructural, el anuncio de un Dios que quiere la liberación de los de abajo, para que ya no haya ni abajo ni arriba. 

De Colombia llegaba Héctor a Panamá, fresca aún la huella de Camilo Torres, predicador infatigable del “amor eficaz” en cátedras universitarias, púlpitos y mítines callejeros, caídos en la guerrilla en 1966.

América Latina entraba en una nueva etapa.  De manos de los militares, entrenados y sostenidos por el gobierno de Estados Unidos, que veían fracasar la fórmula desarrollista-anticomunistas de la Alianza para el Progreso, empezaba a extenderse desde 1964 y desde el Brasil por todo el continente la “doctrina de la seguridad nacional”.  Las dictaduras militares enfilaron sus tanques contra quien hablara de cambio.  También contra la Iglesia que nacía de los cambios de Medellín. 

En 1969 circulaba ya por todos los países latinoamericanos el alerta del Informe de Rockefeller: “Si la Iglesia latinoamericana cumple con los acuerdos de Medellín, están en peligro los intereses de los Estados Unidos”.  Para defender esos intereses, los uniformados criollos encarcelaron, torturaron, asesinaron.  El primer mártir entre los sacerdotes latinoamericanos fue el brasileño Henrique Pereira Neto.   Trabajaba con jóvenes y fue asesinado por el gobierno militar del Brasil en Recife en 1969.  El segundo en la lista, Héctor Gallego.  “Es hora de martirio en América Latina”, proclamaba un par de años después el obispo del Mato Grosso, Pedro Casaldáliga, cuando ya corrían por el continente torrentes de sangre cristiana. 

En 1970 se abría en Chile una nueva experiencia con el gobierno socialista de Salvador Allende.  América Latina la siguió paso a paso.  En 1971 aparecía un libro histórico, “Teología de la liberación”, del peruano Gustavo Gutiérrez. América Latina lo leyó página a página. 

Fue en aquellos años, teñidos de sangre y de sacrificios, sellados por profundas convicciones y esperanzas, años de euforia teológica y de innovaciones pastorales, que Héctor Gallego caminó por las trochas bravas de Santa Fe de Veraguas.  En apenas tres años de itinerario, aquel hombre, de apariencia insignificante, transformó un remoto rincón del campo panameño y el corazón y el cerebro de muchas de sus gentes.  Y conmovió a todo Panamá.  Un auténtico record pastoral.  Tres años: como Jesús.

Fue un pionero.  Cuando se iniciaba en el continente la pastoral del acompañamiento, ahí estaba él.  Cuando se empezaba a tejer nuevas organizaciones de base cimentándolas en el evangelio, ahí estaba él.  Cuando se inauguraba una nueva manera de ser Iglesia y de ser sacerdote, nuevos compromisos y nuevos riesgos, también estaba él.  Y a la hora de pagar el precio de estos cambios, también.  Cuando en el continente aún no había “desaparecidos”, él desapareció el primero.  Cuando empezaba a escribirse el martirologio de la Iglesia latinoamericana, entre los caídos de la primera hora, a sus 33 años, como Jesús, Héctor Gallego.  Pionero sin pretenderlo.

Hizo mucho en muy poco tiempo.  Tal vez sabía que no viviría demasiado.  Y por eso, su prisa, su paso tenaz, que dejó huellas tan hondas.  Por todo esto, su historia merece ser contada.  Por todo esto me atrevo a contarla.

María López Vigil

 
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Agosto 2006